- Para mi hermano "Rulo" (in memorian)
- MIRANDO LA SAGRADA FAMILIA
- ANA FRANK EN EL RECUERDO
- INGENIERIA ADMINISTRATIVA EN EL PERU
- A un año de la masacre de Bagua
- LA POLICIA DETIENE A CUATRO PERSONAS POR EL CRIMEN DE FREDDY SALVADOR MEDINA VILLEGAS
- FALLO CONCURSO DE POESÍA BREVE HARAWIKU
- VIERNES LITERARIOS EN LIMA
- LATINO: ARTÍCULO SOBRE NOVELA DE JORGE VARAS
- PRÓLOGO DE WINSTON ORRILLO A LA NOVELA "LOS MIGRANTES: ÉXODO Y DESAFÍO"
novelas
LA PEQUEÑA COMERCIANTE
novelasPITUFA
Por algún punto del impresionante mare mágnum de gente, vehículos y quioscos que inundaban las calles anexas al Mercado Mayorista de Lima, emergió la recortada figura de una niña de diez años. Llevaba en la espalda un enorme saco de verduras, cuyo peso le hacía caminar con dificultad. De cuando en cuando, la pequeña estibadora detenía su andar un instante para enderezar su tierno espinazo y pedir permiso a quienes obstaculizaban su avance por aquella larga vereda limeña. Luego retomaba su marcha, con el rostro entero bañado en sudor y desplegando un gran esfuerzo físico.
LA OFRENDA DE LOS ENAMORADOS
novelasLA OFRENDA DE LOS ENAMORADOS
El señor oyó mis súplicas y el milagro esperado se produjo justo el día de San Valentín. Yo estaba parado junto al mostrador de la jugüería, sorbiendo un surtido de frutas, mientras pensaba en lo feliz que sería mi vida junto a la misma que de pronto se acercó a mí para decirme que le gustaría que saliéramos como amigos.
POSADA Y AMOR PARA UN SOÑADOR
novelasPOSADA Y AMOR PARA UN SOÑADOR
Me sentía contento en la casa de mis tíos, por la grata compañía y además porque ellos estaban siempre dispuestos a brindarme su apoyo. A decir verdad yo nunca les pedía dinero prestado. Prefería no importunarlos con este tipo de solicitudes que sé que causan rechazo o indiferencia en muchas personas. Me las arreglaba de algún modo para evitar que las pocas monedas que me sobraban del viaje se me esfumaran de las manos; llegué al extremo de reducir a cero los gastos en mi nuevo género de vida. Mientras tanto, trataba de hacer que mi presencia en aquella casa fuese lo más agradable posible. Desde el primer día me afané en ayudar a mis tíos con la limpieza, las compras en el mercado y otras ocupaciones domésticas. De manera servicial y activa pretendía justificar el gasto que les ocasionaba la pensión familiar que ellos buenamente me brindaban y que consistía en la total disponibilidad de una habitación, el disfrute a cualquier hora de los servicios de agua y luz y el derecho a todas las comidas diarias.
EL MIGRANTE
novelasEL MIGRANTE
Permanecí largo rato sin atreverme a dar un sólo paso. Hasta tal punto aturdía el espectáculo que se mostraba nítido a mis ojos. Oleajes de gente fluía en todas direcciones: algunos corrían apurados quizás por llegar pronto al trabajo, otros se empujaban junto a las puertas de los microbuses ya en plena marcha, mientras otros, cuyo aspecto me era más familiar, pasaban por la calzada empujando sus carretas repletas de sacos, cajas y un sin fin de paquetes de todos los tamaños.
Era la primera vez que yo pisaba la capital del país y, desde luego, recién bajado del ómnibus interprovincial, a mi peculiar modo, estaba realmente sorprendido. "Lima parece una provincia grande", me dijo el Cajamarquino, circunstancial compañero de viaje, con quien había intercambiado algunas palabras durante el trayecto. Su mujer, una joven blanca que caminaba junto a él, le dijo entusiasmada: "Mira, querido, los paisanos que hay en esta ciudad. Es como si estuviera en mi pueblo"
"¡Choclos casero!", se detuvo ante nosotros una señora de rostro demacrado en cuya espalda encorvada dormía su bebé atado en pañales. "¡Emoliente!", chillaba otro vendedor junto a su carretilla blanca y humeante. La mujer del Cajamarquino tuvo hambre y se compró un choclo, y luego ella y su marido se plantaron delante del carretillero. Yo me acerqué también a éste y, a fin de contra restar el frío recogido en mi cuerpo durante la pasada noche, le pedí un vaso de emoliente caliente. "¡Lustrada de zapatos caballeros!", se nos acercó un canillita de ojos suplicantes. Pero ninguno de los que estábamos allí, charlando y sorbiendo nuestras bebidas, le solicitó sus servicios.
"¡Eh, Julián! ¿Dónde dices que vive tu tío?", me preguntó el Cajamarquino, con una voz que se volvía confusa a causa del ruido callejero. "¡Por la avenida Perú!", le grité, para que pudiera oírme. En eso, un loco y un borracho vinieron a interrumpirnos. El primero nos hacía ademanes ininteligibles, mientras el otro bailoteaba pidiéndonos con la mano que le diéramos dinero. Por fin, harto ya de ellos, les dimos la espalda y nos centramos en lo que nos preocupaba.
- ¿Qué ómnibus me lleva a la avenida Perú? -, le pregunté al emolientero, que ni corto ni perezoso me respondió:
-Camina hasta la avenida Abancay y allí coge la línea setenta que va por Zarumilla...
-Gracias, compadre.
El Cajamarquino obtuvo también de éste la información requerida para que él y su mujer pudieran llegar al distrito de El Agustino. Tras pagarle al vendedor nuestra consumición, echamos a caminar con dirección al centro de Lima. De la radio de un vendedor ambulante, se oía: "Sentado en mi burrito vengo del norte a la capital. También traigo a mi chola que si la dejo me va a engañar". La carcajada que soltó el Cajamarquino, por la cancioncita que parecía aludir a su presente, me hizo gracia. Pasos adelante, visualizamos una ancha calle de la que provenía una alocada mezcla de cláxones de vehículos, sirenas de patrulleros y ambulancias, chirridos de carretas al ser arrastradas sobre el pavimento, pitazos interminables de policías, zumbidos de motocicletas, gritos histéricos de gente que se peleaba, voces, campanadas y otros sonidos inexplicables. Era como si la humanidad entera estuviera allí concentrada.
"Es la avenida Abancay", nos avisó alguien que estaba acomodando en la plataforma de su triciclo apetitosas tajaditas de papaya. Seguimos adelante, buscando pasadizos en aquel gigantesco mercado que se extendía hacia ambos lados de la calzada. "Aquí podría ganarme la vida", pensé a la vista de numerosos mercaderes que nos ofrecían con avidez comida preparada, zapatos, ropa, bolsas, maletines, fruta, verduras, casetes de música, espejos, peines, agujas, en fin, una variedad de artículos capaces de satisfacer mil necesidades humanas.
Nos detuvimos ante una serie de artefactos domésticos que relucían bajo una tela atada a dos postes de madera. "¿Son nuevos?", preguntó el Cajamarquino fisgón al encargado del negocio. "No, paisano, son de segunda. Pero están como nuevos. Pordiocito.", le respondió el comerciante. El Cajamarquino desistió de examinar uno de los artefactos en venta al ser increpado por su mujer. "Si tienes plata, carajo -le dijo ella- ya me llevarás a un buen hotel." Al retomar nuestro camino pasamos por detrás de alguien que orinaba en la acera a su entero gusto y sin mínimo respeto a los transeúntes.
De pronto un tropel de jóvenes, con apariencia de estudiantes universitarios, invadió la vía. Se oían arengas, pifias contra el gobierno, gritos y lamentos histéricos, que se mezclaban con otros ruidos parecidos a pisadas de botas, patadas contra carrocerías de vehículos y golpes contra puertas y ventanas de casas. En eso, una bomba lacrimógena lanzada por algún policía estalló cerca de nosotros. Tuvimos que huir del lugar afectados por una incontenible picazón en los ojos.
"Esta ciudad es movida", le dije al Cajamarquino que se quedó mirándome con sorpresa. Cuadras arriba, varios comensales -algunos bien vestidos y con cara de ejecutivos- apuraban suculentos caldos de gallina, sin dejar de morder la presa y el ají y la ración de pan duro que les había servido su casera.
"Así se nutre el pueblo", dijo la mujer del Cajamarquino. "Lo malo es que esta cocinera lava sus platos y cucharas con el agua sucia de ese balde. ¡Vean!" Alrededor de un cubo, con desperdicios de comida expuesta al aire libre, cientos de moscas hacían su banquete. Mientras, una niña, posiblemente la hija de la expendedora de comida callejera, se entretenía junto al asqueroso recipiente llevándose a la boca un pedazo de camote pelado igualmente repleto de moscas.
Lima nos mostraba su ambiente sofocante y variopinto. Sorprendían los atractivos de la gran metrópoli sudamericana: vendedores ambulantes, locos, prostitutas, rateros y un tráfico que sobresaturaba el centro de la ciudad. "¡Pícatelas mazamorrero!", era el consejo que recibía de su pandilla un veloz morenito que escondía entre sus manos la cartera sustraída a un turista poco avisado. "Les hacemos el amor papacitos, por veinte soles", se nos acercaron insinuantes varias boquitas pintadas. Tuvimos que rechazarlas, sonrojados por la presencia de una mujer en nuestro grupo. "¡Dólares, compro y vendo!", nos acosaban de pronto frenéticos cambistas de moneda extranjera que sólo porque les mirábamos pensaban que veníamos a intercambiar divisas. A pocos pasos de allí, un gordo conductor cuyo vehículo había sido chocado por otro que venía detrás, le increpaba a un policía de tránsito: "¡El colmo! ¿Es que no hay un alcalde o un policía capaz de poner orden en esta ciudad?". El otro, pííí, parecía que no le oía, pues estaba intentando encauzar el desplazamiento de peatones, vehículos, motocicletas, carretas, triciclos y otros vehículos rodantes que continuamente se estacionaban, a lo largo de la fluida avenida, en doble fila, delante de los semáforos, o por detrás de los paraderos de autobús.
Al no hallar una sola vereda transitable, echamos a caminar por la calzada vehicular. En un cartel, plantado entre una ruma de escombros, leí: "Multiobras. Remodelación del Casco Urbano de Lima." A la altura del Parque Universitario decidimos hacer rompe fila. "Ha sido un placer", dije tendiendo mi mano amistosa al Cajamarquino que no dejaba de buscar con la mirada algún microbús con rumbo a El Agustino. Me despedí también de su mujer, que no paraba de maldecir a un transeúnte que al pasar la había empujado ligeramente. "Espero volver a verlos. ¡Chao!" Con el brazo en alto, en señal de adiós, retrocedí en la acera hasta que los perdí de vista.
Tras cruzar la ancha avenida Abancay cogí un ómnibus de la línea 70 cuyo interior se llenó en seguida con una ruidosa multitud de pasajeros y pequeños vendedores de cigarrillos, revistas y golosinas. Me costaba respirar entre la gente que además de apretujarme y pisotear desconsideradamente mi maleta inundaba el angosto pasillo con sus jadeantes alientos, el olor de sus carnes sudorosas y otras exhalaciones corporales.
Pensé en bajarme del ómnibus para evitar la asfixia que me producía aquel tumulto de pasajeros. Pero, como no podía mover el cuerpo un solo centímetro, tuve que aguantarme; me encontraba igual que una sardina apretada con otras dentro de una cerrada lata. Y en esta incómoda posición continué mi viaje en el sobrecargado carricoche, hasta el momento en que éste dejó la avenida Zarumilla y empezó a circular por la pista auxiliar que fluye por debajo del Puente La Trompeta
Al visualizar el punto donde según mis cálculos debía bajarme cogí mi equipaje y, revolviéndome con furia dentro el pasillo, a costa de empujones y discusiones verbales con quienes obstaculizaban mis movimientos, me abrí paso hasta la puerta trasera y de un salto felino abandoné aquel horrible ómnibus interdistrital.
De nuevo en tierra firme, me puse a buscar con afán la casa de mi tío. Pensaba encontrarla pronto, pero al cabo de media hora aún seguía buscándola por las quebradas calles de aquel poblado perteneciente al distrito de San Martín de Porres. Por fin, un niño que jugaba a la pelota en la calle Pedregal me la indicó con su inquieto dedo. La casa de mi tío estaba ubicada junto a una bodega cuya fachada hacía esquina con la polvorienta calle Mártir Olaya. Toqué el timbre exterior con cierta timidez. Una voz desabrida salió del fondo de la casa y, enseguida, un hombrecito rechoncho y de ojos vivaces salió a mi encuentro. "Éste debe ser mi tío", pensé.
-Buenos días. ¿El señor Américo Vásquez?
-Soy yo. ¿Y usted quién es?
Por toda respuesta, le alcancé mi carta de presentación. El hombre la abrió de un solo rasgón y, sin dejar de observarme con curiosidad, empezó a leerla. De súbito, él me reconoció.
- ¡Sobrino! ¡Cómo has crecido! ¡Entra, estás en tu casa! Oye, ¿cómo está tu papá?
-Muy bien -le dije-. Y el resto de mi familia también.
-Ahora sale tu tía. ¡Julia!.
Su voz ronca llenaba la sala a la cual él me hizo entrar. De pronto una mujercita de pelo canoso vino hacia mí con efusivas muestras de cariño. Pasado el saludo familiar, mis tíos me hicieron un montón de preguntas, a las que yo respondí con puntuales detalles. Les expliqué luego que mis padres habían respetado mi decisión de venirme a Lima donde yo pensaba labrarme un buen futuro.
-La vida es dura en esta ciudad -me advirtió mi tío-.Ya lo verás tú mismo. Ayer hubo disturbios en el Paseo Colón. Los periódicos dicen que hay varios muertos y heridos graves. La gente está protestando contra el régimen del general Morales Bermúdez.
-No me interesa la política -le dije-. Yo sólo quiero trabajar y ahorrar dinero para más adelante establecer mi propia empresa.
-Te ayudaremos, muchacho -me aseguró mi tío-. Tú eres el hijo de mi hermano.
LA CAJA COMUNAL
novelasLA CAJA COMUNAL
La unión de los chalanes partía del hondo sentir que dichas tierras eran nuestras de un modo natural y justo. Creíamos que la tierra pertenece a quien la trabaja y vive en ella, aunque esta suposición contrastara con la realidad. En Perú Nuevo ningún vecino poseía el título de propiedad de su lote, pero esto no impedía que cada cual se sintiera propietario del retículo que habitaba. A nivel social, los vecinos vivíamos unidos como un gran todo, buscando sobrevivir con lo poco que teníamos, tratando de ser felices a nuestro modo, deseándonos la prosperidad en todos los aspectos de nuestras vidas.
TERRORISMO EN LA METRÓPOLI
novelasTERRORISMO EN LA METRÓPOLI
Era una noche fresca y con estrellas en el firmamento. Los vecinos estábamos sentados en sillas y banquetas a la puerta de nuestras casas, charlando acerca del progreso de nuestro emporio y de la bonanza familiar. Algunos pampeanos animaban sus cuentos y ocurrencias con tragos de cerveza o chicha de jora. Otros alegraban la verbena vecinal ensayando pasos de baile al son de sus templadas guitarras. Mientras, los jovencitos que despertaban al amor iban por detrás de las chiquillas que cruzaban la calle moviendo el cuerpo con coquetería. De pronto, una vibración estruendosa hizo volar por los aires el tocadiscos del vecino Ciro Huallpa cuya melodía romántica había estado deleitándonos.
LOS ANGELES DE PERU NUEVO
novelasLOS ANGELES DE PERU NUEVO
Las mujeres de nuestro pueblo de ningún modo eran las representantes del llamado “sexo débil” como decían algunos eruditos personajes de la vieja sociedad . Eran mujeres, lógicamente, pero ni su sexo ni su alma y mucho menos su corazón eran frágiles, al contrario eran seres extremadamente fuertes.
LOS HÉROES DEL ARRABAL
novelasLOS HEROES DEL ARRABAL
Vivíamos a salto de mata en aquel descampado, donde proliferaban gallinazos, culebras, lagartijas y una colonia de parásitos que se movían entre la inmundicia acumulada allí durante años. Y a causa de vivir en un ambiente poblado de bichos, al que sumaba la falta de higiene de las familias debido a la escasez de agua en los hogares, en nuestra piel aparecían manchas azules, granos de sarna y otras erupciones purulentas cuyos insoportables escozores nos inducía a rascarnos el cuerpo con las uñas a veces hasta sangrar. Y como en el arrabal tampoco existían botiquines ni farmacias, los aparceros quedábamos a merced de estas enfermedades cutáneas.
La situación se veía agravada por la falta de servicios higiénicos en nuestras viviendas. Los vecinos, para salvar el apuro del momento, depositábamos nuestras heces en bacines y recipientes de todo tipo que luego llevábamos a enterrar al Cagadero Comunal. Pero este servicio público, erigido en una zona de arena viciada, pronto sería clausurado a pedido de los vecinos que no podíamos soportar más la pestilencia que llenaba nuestras narices cuando andábamos por la calle. La letrina comunal fue considerada "incapaz de cubrir la caca del pueblo" y se la reemplazó por una serie de silos ubicados a cien metros de distancia uno de otro en la extensa área poblada.
Aunque surgió el inconveniente de las caminatas, las largas colas de espera, las discusiones verbales cuando alguien se demoraba dentro el servicio un tiempo mayor del considerado necesario por otros que aguardaban su turno con impaciencia. Esto motivó que muchas familias volvieran a la vieja costumbre de recoger sus excrementos en bacines para ir a enterrarlos luego, sobre todo de noche y sin que nadie se enterase, en el clausurado montículo vecinal o en todo caso ir a desparramarlos entre las piedras para que se lo comieran los gatos monteses que andaban buscando detritos por las inmediaciones.
Los servicios higiénicos de nuestra comunidad no eran más que desaliñados habitáculos hechos de esteras dobladas por el lomo y atadas por sus bordes al marco de achacosas puertas de lata; la mitad de su techo estaba descubierto y la otra mitad tapada por retazos de plástico; su piso era de tierra aplanada con pedazos de madera pelada en la parte principal donde los ocupantes asentaban los pies antes de bajarse la ropa íntima y ponerse en cuclillas para dejar caer sus necesidades en aquel hueco pestilente que destacaba bajo sus cuerpos en posición de defecación. Y como en los baños comunales tampoco había grifos de agua y mucho menos desagüe, la pestilencia proveniente de la caca pública amontonada en los Silos vencía a las partículas del aire, el polvo y la luz y se olía en cien metros a la redonda.
La suciedad que inundaba los Silos se pegaba más en los niños que solían amontonarse por allí jugando a la pega o a las escondidas, exponiéndose así a contraer aún más enfermedades de las que por desgracia venían ya sufriendo sus frágiles cuerpos. También la gente adulta que con apremio del cuerpo ocupábamos los retretes, donde tampoco había luz ni ventilación, corríamos el riesgo de contraer otras enfermedades epidérmicas. Por tanto, los baños comunales a pesar del importante servicio que nos prestaban, se habían convertido a focos infecciosos que se sumaban a los otros tantos que proliferaban en la zona.
UN SANTO PATRON EN LA BARRIADA
novelasUN SANTO PATRON EN LA BARRIADA
“Bienaventurados los que sufren, porque de ellos será el reino de los cielos”. Era la tonada del joven reverendo Otoniel, desde que pisó por vez primera la tierra peruvina. Los niños más que al rostro le miraban su breviario, preguntándose quizás si éste contendría dulces o monedas. Las mujeres y los ancianos, por su parte, concientes de lo importante que era la presencia de un sacerdote a fin de estatuir el orden espiritual entre la gente le sonreían con simpatía. Los varones, en cambio, le observábamos de reojo; desconfiábamos de su sotana más que de sus buenas intenciones. “Gracioso el frailecito –dijo con tono burlón un salchipapero–. A ver si tiene agallas, y no huye de aquí mañana mismo.”
