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EN LA TIERRA PROMETIDA

Por aquel entonces varios inviernos habían transcurrido ya y el actual recrudecía con fuerza, azotando cuantas cosas materiales destacaban bajo el cielo de Lima. En la tarde gris, una helada brisa entorpecía la movilidad de mi cuerpo. Aterido de frío me arrimé a la puerta de mi vivienda. Absorto ante el magro matiz del panorama, no supe en qué momento mi conciencia empezó a reprocharme: “Pero ¿cómo es que llegaste por aquí, Julián? ¡Claro! Como no podías comprarte un terreno en mejor zona.” “Ay”, de mi pecho escapó una queja, y, me puse a  pensar en qué distinto sería vivir en una casa grande con amplios salones, cocheras, jardines y piscina.

“¿Quisieras ser millonario, verdad? -volvió a hablarme mi conciencia-. Así podrías comprarte un lujoso Mercedes y salir de paseo con tu mujer y tus hijos. Pero es mejor que no sueñes, Julián. Sé realista. Observa tu chabola. Se parece a ti. Tú mismo la construiste para vivir allí con tu familia”. Me sentí mal; y, para evitar seguir oyendo la voz que salía de mi propio interior, me puse a recubrir con cartones el techo de mi cabaña. En realidad, mi conciencia tenía razón; esta casita se parecía a mí por su aspecto desaliñado. Sin embargo yo la apreciaba como a una verdadera joya, porque en su tibio cobijo guardaba lo más lindo que poseía en la vida: mi familia. De pronto, al sentirme solo y desamparado en aquella insondable penumbra, suspiré una congoja.

– ¡Papí! ¡Está servido tu té! ¡Mamá dice que vayas a comer porque se enfría! La voz infantil de mi hijo, que se apareció por allí jugando con su perro, rompió mi melancolía. Dejé de pensar, y de hacer lo que estaba haciendo, y me acerqué a él cogiéndole de la cabecita. “A que no me ganas, pequeño”, le desafié. Y, ambos, casi cogidos del brazo y seguidos de cerca por el chucho, entramos corriendo a casa.

Estábamos sentados a la mesa aprovechando la merienda, cuando uno de los panes que reposaban en la panera ubicada al extremo de la mesa cayó accidentalmente al suelo. Mi hijo y el fiel Halcón saltaron de sus sitios casi al mismo tiempo a fin de apoderarse del pan; el perro que era más ágil llegó primero y cogió la presa con su hocico; mientras mi Ruli, que se había quedado burlado, comenzó a jalarle las orejas al animal a fin de quitarle el pan. Y, como no lo conseguía, se puso furioso y le metió una patada al can haciéndole soltar el pan y salir hacia el corral aullando de dolor.

“Perro tonto”, protestó también mi mujer contra la actitud del guáu que criábamos en casa. Yo, en cambio, me había quedado frío en mi sitio y sin decir nada. Había tenido la impresión de que los que se habían disputado el pan caído no habían sido mi hijo y su perro sino dos hijos míos. Sin saber por qué escudriñe las caritas de mis hijos y también la de mi mujer que estaba dándole de comer al benjamín de nuestra familia. En ese instante, los desconocí a los tres. Me parecía que estos seres de mirada lánguida, enflaquecidos y mal vestidos de ningún modo podían ser aquellos que constituían la verdadera razón de mi existencia. Me sentí mal, nuevamente; me sentí culpable de que ellos no tuvieran una alimentación adecuada ni las comodidades que requiere toda familia; y ya no pude seguir consumiendo mi frugal ración de té con pan. Me puse de pie, esforzándome por ocultar mi dolor anímico, y abandoné mi humilde mesa familiar. Con paso lento y silencioso caminé hacia la puerta que daba a la calle.

– ¿Se puede saber adonde vas? –me persiguió la voz de mi mujer, con una tonada que parecía reprobar mi escapada.

–A ver si llueve –me excusé, sin mirarla a los ojos. Y añadí–: Si cae el aguacero tendré que forrar el techo de la casa para que no entre a las habitaciones. Ya vuelvo, cariño. 

Deseaba con sinceridad que alguien me diera una cachetada  que me hiciera reaccionar, que me hiciera abrir los ojos para poder ver la realidad. Y ese alguien volvió a ser mi conciencia, que me clavó su aguijón en la sien diciéndome: “¡Julián! No estés tan metido en las asambleas ni tan absorbido por los problemas de tu comunidad. Piensa que tienes hijos y que debes trabajar duro para darles una vida mejor. Tu familia es lo primero. No la descuides.” Vagaba yo sin rumbo por las negras callejuelas de mi barrio, sin sentir el frío y la garúa que ahuyentaba de las vías a mis vecinos; por momentos tropezaba con las piedras, las tuzas montubias y otros desperdicios esparcidos en el barrizal. La impureza entraba por mis zapatos y ganaba mis calcetines ocasionando un hormigueo mordaz en mis pies. “Si yo pudiera –pensé– uno de éstos días cogería a mi familia y me largaría de aquí” Mis oscuros pensamientos se desvanecieron muy pronto ante aquel griterío imprevisto:

– ¡Ya somos un pueblo legal! ¡Viva el reconocimiento!

De un momento a otro los vecinos raposos salían de sus guaridas con sus cuerpos protegidos contra el clima invernal con ponchos, chullos, casacas impermeables y otros abrigos. Todos, de cualquier modo, querían oír a don Juvenal, que andaba por la calle con un megáfono apegado a la boca; venía pregonando a los cuatro vientos:

– ¡Atención vecinos! ¡El día de hoy el gobierno ha publicado un decreto que confiere facultad a todo ciudadano ocupante o poseedor de un lote ubicado en terreno estatal para poder permanecer en él hasta que regularice definitivamente su situación! ¡Es decir, ya nadie podrá botarnos de aquí! ¡Se acabaron los desalojos en Perú Nuevo!

– ¡Viva nuestra comunidad urbana!

Los huraños, completamente motivados, acordamos reunirnos de inmediato para tomar acuerdos. Se montó una especie de plebiscito en plena calle, pero luego debido al frió que entumecía los huesos de la gente y la llovizna que empapaba las galerías familiares, la reunión se trasladó al reducto vecinal, dentro del cual tampoco se estaba bien protegido de la intemperie ya que no era más que un espacioso corralón, con paredes de esteras y la mitad del techo descubierto.

La asamblea, debido a la cantidad de propuestas surgidas a última hora se convirtió en un carraspero Congreso. En éste, los patriarcas del clan volvimos a corear el estribillo: “¡Todo el poder para el pueblo que nunca será mero instrumento ni objeto de la vieja Sociedad! ¡Al contrario, el pueblo tendrá siempre capacidad de decisión plena y autónoma!” Inopinadamente, surgió en la velada la inquietante moción de convertir Perú Nuevo en un flamante distrito. “Señores –dijo un congresista barrial– ¡En base a la ley de la libre determinación de los pueblos y, considerando el abandono en que nos tiene el municipio de San Martín de Porres al que se dice que pertenecen estas tierras sin que nadie esté seguro de ello, nuestra población desea su independencia absoluta, tanto territorial como política! ¡Nuestro pueblo tiene capacidad suficiente para crear y gobernar su propio ente municipal! ¡Este es el sueño democrático que todos proyectamos al futuro!...

"¡Bravo!" En medio de la frenética ovación de la gente que repletaba el mal techado recinto, se formaron numerosas comisiones con el objeto de tirar para adelante el proyecto. De modo voluntario, unos asumían el encargo de recopilar toda la información que fuera útil para elaborar el caro designio, otros se hacían responsables de recaudar los fondos necesarios para los gastos de gestión y pagos que pudieran hacerse a técnicos o profesionales especializados en el tema, y otros se comprometían a contactar con algunos congresistas de la nación que pudieran defender nuestro proyecto en las cámaras parlamentarias. A continuación el Congreso dispuso la renovación de la instancia ejecutiva de nuestra comunidad. Y en este punto, como era de esperarse, se armó una fogosa controversia entre los jefes antiguos y los nuevos que pretendían ocupar los cargos vacantes.

-¡Señor Condori usted quiere perpetuarse en el mando! –Le espetaron al más añejo de nuestros líderes– ¡Ya nos hemos cansado de pedirle que convoque a elecciones! ¡Han pasado diez años y sigue siendo el presidente!

– ¡Mentira! ¡No son diez años sino nueve! –Se defendió el asediado–.Lo que pasa es que ustedes son jóvenes y desconocen el titánico trabajo de nuestra junta directiva comunal ¡No pretendan desprestigiarme ante la asamblea atacándome directamente con ese argumento!

– ¡Caballeros, por favor! –Intervine en defensa de nuestro arrugado líder–. El señor Condori es uno de los fundadores de Perú Nuevo y se merece más respeto y consideración. Él nos ha demostrado siempre honradez y entrega total a su cargo.

Pero aquel que lideraba el grupo de rebeldes vino a destruir de un solo porrazo la reputación y el historial directivo de nuestro viejo patricio al decirle: "¡Usted es un traficante de lotes y ya no tiene autoridad moral como dirigente!"

Don Juvenal se exasperó y se fue encima de su vil acusador. Y sucedió lo que nadie se había imaginado que llegara a suceder nunca. La provechosa plenaria se transfiguró en una tarima de boxeo, donde por todos lados llovían puñetazos, cabezazos y otros golpes bajos. Y quizás la gresca patriotera hubiera dejado un saldo lamentable de heridos, si las esposas de los púgiles no los hubieran detenido a tiempo. Ellas se encargaron de jalonear a un lado a sus alterados maridos y de remacharlos con dureza:

- ¡Huachafos! ¡Pelean igualito que esos brutos de las cámaras parlamentarias! ¡No respetan al pueblo! ¡Fomentan el divisionismo!...”

– ¡Cuestión de orden, caballeros!...

Una voz enronquecida de mujer se alzó de pronto en la sala. Era Flor de María, que se dirigía a todos los vecinos con ceño adusto–: “¡En nombre de todas las madres y mujeres de Perú Nuevo, que hasta hoy hemos seguido en silencio el desenvolvimiento de nuestros hombres protestamos enérgicamente y exigimos que los culpables de esta bronca vergonzosa sean castigados de modo ejemplar para que nunca más vuelva a suceder una cosa semejante en una reunión de pobladores!”

Me había quedado boquiabierto, oyendo a mi mujer que nos hablaba con el ímpetu de una autoridad fiscal; de pronto traté de redescubrir en ella a la dulce muchachita que un día lloró en mis brazos diciéndome que estaba embarazada y temía el castigo de su padre. Yo no podía creer que mi tierna y mimosa mujer estuviera allí, en medio de la asamblea, hablándonos con tanta firmeza que parecía ser la presidenta de la comunidad.

– ¡Pedimos! –decía Flor de María–, que se disuelvan todas las juntas directivas que existan o hubieran existido hasta la fecha y que se nombre de inmediato un comité electoral que se encargue de organizar un nuevo y limpio proceso de elecciones. Mucha gente no entiende que el espíritu de una organización autogestionaria nace de la participación unida y decidida de todos sus integrantes. La lucha que queda por hacer en esta tierra no la hagamos contra nosotros mismos buscando un pasajero cargo de dirigente sino contra las fuerzas de una sociedad que prácticamente nos ha condenado al destierro. Ya hemos sufrido bastante y en carne propia las consecuencias de vivir sumidos en la más completa necesidad. Aquí todos estamos marcados por el estigma de la pobreza, la llevamos metida en el alma, en el corazón, en la mirada. Muchos de nosotros hemos visto morir a nuestros hijos con el dolor del corazón y ese dolor no podrá borrarse jamás, nos acompañará siempre a donde vayamos. Esos niños de nuestro pueblo que un día murieron son nuestros pequeños mártires que han dado la vida para que nosotros reaccionemos, para que nos demos cuenta que tenemos que luchar, luchar unidos y con todas nuestras fuerzas para implantar en nuestra comunidad los servicios básicos, para construir un centro proveedor de alimentos, un centro de atención médica, un centro de educación y otros tantos centros de los que carecemos y que nos hace sentirnos tristes y abandonados. ¡Vecinos! ¡Ha llegado la hora de redoblar la lucha por nosotros mismos! ¡Se acabaron las penas y las discusiones! ¡Ha llegado la hora también de exigirle cuentas a aquellos que viven con las nalgas pegadas a las bancas del Congreso! ¡Ha llegado la hora de que el mundo sepa que nuestro pueblo se llama Perú Nuevo!

Un toque inacabable de palmas reventaron en la sala, premiando la intervención de mi mujer, a la que yo seguía observando con rostro demudado. Y sólo cambió la expresión de mi rostro cuando sentí la palmada que me dio en el hombro una vecina mía, precisamente antes de decirme: “Que esposa más guapa tienes, vecino”.

Extacto de mi novela "Ciudad de Invierno"