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GUSTAVE FLAUBERT

LOS “BOVARY” DE GUSTAVE FLAUBERT

 

Gustave Flaubert nació en Ruán (Francia) en 1821. Su padre, Achile Cléophas, era médico, y su madre, Anne Justine, estaba ligada a viejas familias del pueblo normando. Estudió en el colegio Real de Ruán, y mientras cursaba estudios, tras haber leído varios textos literarios, descubrió el fantástico mundo de la literatura. Redactó un folleto literario “Colibrí”, donde pincela temas de su interés que le servirán más adelante para sus novelas. Hacia 1839 marchó a Paris y se matriculó en Derecho, carrera que abandonó para dedicarse a la literatura.

En 1857 publicó “Madame Bovary”, novela histórica que le causó un serio conflicto con los “moralistas” de su época que criticaron furibundamente su obra y desembocó en una demanda judicial contra él por “inmoralidad” al abordar el tema del adulterio. Flaubert se limitó a describir, con artístico pulso, los actos de sus protagonistas. Acusarlo de “inmoral” por ello, sería como acusar de “suicida” a Shakespeare por dramatizar el suicidio de Julieta, o acusar de incestuoso a García Márquez, por novelar la unión incestuosa de Amaranta Ursula con su hermano Aureliano. En realidad, era una burda interpretación que hacían a su obra aquellos que vivían apegados a dogmas religiosos con los que el escritor difería por la mediocridad en que vivían. Con esta novela, alcanzaría la celebridad ya que ella significa una pedrada a la vida burguesa de la sociedad francesa del siglo XIX.

La novela empieza con la descripción pictórica de Carlos Bovary, cuando era novato colegial en Ruán, y apenas podía pronunciar correctamente su nombre lo que ocasionaba la risa de toda la clase. Sus esfuerzos por aplicarse en los estudios le mantuvieron en un nivel medio de aprendizaje, lo que indujo a su empeñosa madre, ya que su padre es un pasota convenido, a sacarle del colegio, al tercer año, para que estudiase medicina. Y aún sin terminar la carrera, el desvelado y desatinado joven, siguiendo las indicaciones de su influyente madre, empezó a ejercer de médico en Tostes. Y pronto, también por consejo materno, se une en nupcias con una viuda supuestamente adinerada, Eloísa Dubuc, vieja absorbente e hipocondríaca, de quien, se convierte en una especie de lazarillo.

Pero su suerte cambia cuando conoce a Emma, joven bella y sensual, la hija de un paciente suyo, de la que se enamora perdidamente. Carlos se hace el desentendido cuando su esposa, celosa, le encara sus frecuentes visitas a la granja de la familia Rouault. Y, tras un altercado conyugal, se produce el desenlace. Eloísa, que acusaba ya enfermedades y además estaba afectada por la pérdida de sus bienes hipotecados, fallece de manera repentina. El viudo, lamenta la pérdida de su esposa, pero recobra pronto el ánimo al calor de sus visitas a la joven de modales refinados, con la que por fin, al finalizar su año de luto, se une en feliz matrimonio.

El tiempo se encargó de lo demás. Emma, que era instruida y había leído las grandes obras de la literatura universal, empieza a sentir tedio por todo lo que le rodea. Soñaba con ser una Lady, amada por un apuesto caballero y admirada por todos. Había pasado gran parte de su juventud encerrada en un convento y ahora quería vivir, a plenitud, la vida. Lamenta que su laborioso esposo, no piense ni sienta como ella, idealista dama, que aspira a una vida plena al lado un hombre guapo, ingenioso, atrevido, que la amara con pasión desbordante y la tratara como a una princesa, que la removiera con su energía  y le demostrara que la vida no es rutinaria cuando se tiene grandes esperanzas, deseos de voluptuosidad y aventuras, que la existencia tiene sentido cuando se practica el amor refinado, se cultiva el arte en sus diversas manifestaciones, cuando el corazón retumba de felicidad ante el ser amado que le proporciona excitante placer, que la contagia con fantásticos delirios y le enseña a entonar cantos sublimes al alma y a bailar con destreza en un salón decorado mientras cosecha aplausos.

Es de imaginar a Emma, junto a la ventana de su casa, luciendo su vestido azul ceñido al cuerpo, guantes de seda y sombrero con florcitas azules, en la plenitud de su belleza, a pesar de las mansillas del matrimonio y las desilusiones, que espera, con la dulce fisonomía de una Gioconda aunque con sofocante palpitación interior, ser amada por un varón de corazón fuerte y generoso, que la colmase de ternura y voluptuosidad a la vez, que derramara sobre ella su inagotable amor y le hiciera despegar de la tierra, la llevase a un mundo de ensueño, pleno de lujo y placeres excitantes, quería vivir y sentir como una María Estuardo, tenerlo todo a disposición para gozar sin límites, ser feliz con sus ocurrencias e imaginaciones manifestadas al latido de su corazón.

Ella soñaba y se preguntaba: “¿por qué me habría casado?”. Su alma quijotesca la impulsa a repeler las sanchopancescas ocurrencias de su marido, con el cual, y a pesar de sus abismales diferencias, tiene una hija. Emma piensa que su marido es un hombre de actitudes vulgares, carente de sueños e ideales, aunque desde otra óptica, se diría que Carlos es un hombre “normal”, trabaja de médico, es buen padre, quiere a su familia y por lo demás adora a su mujer. Pero este amor no satisface a Emma, una mujer apasionada, capaz de darlo todo en un instante, por encima de los convencionalismos y el qué dirá de la gente.

Su vida, caída en la monotonía, experimenta un giro determinante, poco después de que el marqués de Audervilliers, aspirante a Diputado, diera una fiesta en su mansión, un bonito castillo que Emma había soñado tener, con uniformada servidumbre y brillantes carros en los portales. Conoce a León Dupuis, joven apuesto, que trabaja de escribiente en un despacho de Yonville, y que corresponde a sus furtivas miradas. La relación sentimental se rompe cuando su amor platónico, por cosas del trabajo, se marcha del pueblo, sumiéndola en la nostalgia. Aunque pronto saldrá de este estado y volverá a sentirse dichosa al lado de Rodolfo Boulanger, un capitán de navío, que se convierte en su nuevo amante.

Pero es con León, con quien, tras reencontrarse en una función de teatro, en Rúan, da rienda suelta a sus ímpetus de mujer apasionada, con él experimenta el goce de una segunda juventud. El joven, a quien ella llamaba con cariño: “mi niño” le declarará su amor, que mantenía en reserva por timidez y Emma sentirá la fiebre de la felicidad. La pareja se amaba a hurtadillas, los jueves, en la habitación de un hotel, el Bolonia, perdido entre los bulevares de la ciudad.

Emma, figura central de la novela, es una mujer desconcertante. Escapa a su frustración de sentirse nula o invalorada y procrea proyectos fantásticos, al abrigo de sus sueños románticos. Deja a un lado su moderación y busca ser amada, con  pasión y desinterés, por algún caballero, tierno y varonil, que deteste la mediocridad y sueñe como ella. Y lo consigue, en cierto modo, con Rodolfo y con León. Deja de condolerse de sí misma, de lamentar su decepción matrimonial, y disfruta con sus amantes, aunque no tiene el valor de una Anna Karenina o una Diana de Gales para separarse del marido y así evitar el adulterio que corrompe su vida.

Su amorío con León es descubierto por un avieso tendero, que a cambio de mantener la boca cerrada le pide dinero. Ella cede al chantaje y firma cheques, sin presagiar el peligro de la bancarrota económica que al poco tiempo irrumpe en su hogar y la envuelve en la desesperación. Pide dinero prestado a León pero él aduce que no tiene. Ante el desaire, la arruinada busca a su ex-amante Rodolfo, que le responde lo mismo. Y, en su alocado afán por buscar salidas a su situación, llega al extremo de desear evadirse de este mundo.

Ella, que por amor había llegado al paroxismo, ante la triste verdad de haber amado con pasión y no quedarle más que su corazón y alma rotas, se desquicia y no quiere ya nada, desama a sus amantes, casi con violencia, y al final destruye el propio amor que alimentaba su vida, acaba con sus ilusiones, sucumbe ante la ansiedad que desgarra sus propios contradicciones Ingiere ácido arsénico, para acabar así con su sufrimiento causado por todas las bajezas, traiciones y codicias que la torturaban. Presa de horribles convulsiones, aunque riéndose de placer, mientras oía su canción preferida, entonada por un saltimbanqui ciego, fallece en su domicilio a mediana edad.

El abatido Carlos, apenas tuvo lucidez par consentir que Homais, el boticario amigo de la familia, ocultara el envenenamiento de Emma, con la versión de que ella, por equivocación, había añadido ácido arsénico en vez de otro ingrediente a la comida que estaba preparando, aunque sí ordenó con resolución que enterrasen a su mujer con el vestido y los zapatos de su boda y además, pidió con inevitables lágrimas que le entregasen un mechón de los cabellos de Emma para estrecharlo en su pecho por el resto de su vida.

El dolor de Carlos Bovary por la pérdida de su esposa, era indescriptible. La recordaba a cada instante, en el huerto de Tostes, entre risas y mohines graciosos sentada en el banco junto al seto casero, o en Rúan, por las calles, cuando iba a su lado, cuando asistían al teatro. La amaba tanto todavía que a cambio de poder acariciarla otra vez, se lo perdonaría todo: sus desatinos, su terca irascibilidad, sus desplantes e infidelidades. Carlos era un hombre noble, incapaz de guardar rencor a nadie. Y lo demuestra cuando de manera fortuita se topa con Rodolfo Boulanger; le dice: “No le odio, no” y añade convencido: “La culpa es de la fatalidad”. Así, de modo sutil, desliga de toda culpabilidad al hombre que contribuyó a que su mujer le fuera infiel.

Carlos se hunde en la nostalgia y siente que le es imposible vivir sin Emma. Y al poco tiempo, cuando era más evidente su abatimiento, mientras hablaba con su hija Berta, el corazón roto por la pena le traiciona y fallece de manera imprevista. En las gélidas manos del extinto viudo, se halló atenazado un mechón del cabello de Emma.

Berta, la única hija de los Bovary, no hereda de ellos  más que los ingratos recuerdos, la ruina y el infortunio. La huérfana  pasa de mano en mano, de la casa de la abuela a la del tío Rouault, y luego a la de otra tía suya, una mujer carente de medios económicos que finalmente la envía a trabajar a una fábrica de hilados. Un hado fatal en el destino de la pobre chica, como si ella, a la vez de aprender a ganarse la vida con el sudor de su frente, tuviera que pagar o borrar las culpas y los errores de los seres que la engendraron y a los que a pesar de todo quería con fidelidad.

 

El naturalismo romántico de Flaubert, expresado en las ansias de la renombrada Emma que al paso de las horas se recuerda que aún le falta vivir y presiente que el amor le llegará en cualquier momento, bajo la forma de un refinado conde, un alto y guapo militar, o un bello actor de teatro, se asemeja, en determinados pasajes, al realismo romántico de Victor Hugo, expresado en el deseo de Jean Van Jean, que con dolor se remide de su pecado  y sospecha que el perdón de Dios le llegará bajo la forma de algo grande, un ser angélico que se manifestará en la dulce Cossette a quien adoptará como hija, y se convertirá en la razón de su vida. Ambos le cantan al amor, uno con natural sublimidad, el otro con rimbombantes metáforas, reproducen en sus novelas la realidad social, las costumbres decimonónicas de la sociedad francesa.

Flaubert escribe con prosa corta y amena, del que fluye un recatado estilo. Y crea, con extraordinaria precisión, una nueva forma o modo de novelar historias extraídas de la vida real, es un genio literario. Vargas Llosa, uno de sus seguidores, escribió un ensayo titulado “La orgía perpetua” donde hace un análisis detallado de “Madame Bovary”. Esta obra que entre 1851 y 1856 se publicó por entregas en La Reveu de Paris, ha merecido además adaptaciones cinematográficas.

Otras de las obras conocidas de Gustave Flaubert son: “Memorias de un loco” (1838); “Noviembre. Fragmentos de un estilo cualquiera” (1842); “La Tentación de San Antonio” (1857); “Salambó” (publicada en 1862); “La educación sentimental” (1869); 3 relatos cortos: “Un corazón sencillo”, “La leyenda de San Julián el hospitalario” y “Herodías”; “Bouvard y Pécuchet” (editada de forma póstuma en 1882).

El notable escritor, que en su época había obtenido un amplio reconocimiento del mundo literario, falleció a causa de una hemorragia cerebral, en su retiro normando de Croisset, el 18 de mayo de 1880. Emile Zola, Alfonso Daudet, Guy de Maupassant y otros literatos de prestigio recogieron el legado narrativo del maestro que, por su rico valor, marca un hito en la historia de la literatura universal.

 

Jorge Varas

Barcelona, 24 de Marzo del 2013