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RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN

VALLE INCLÁN Y SU REFLEJO LITERARIO: EL ESPERPENTO

Ramón María del Valle Inclán, nació el 28 de Octubre de 1866. “Nací en el mar, -afirmaba él- mientras mi familia se trasladaba en una embarcación desde la Puebla del Caramiñal a Villanueva de Arosa”. Desde la niñez su figura empezó a esparcir un aroma de leyenda. Su genio prematuro para las letras, su agudo sentido del humor y su lirismo de raíz medieval lo hacían volar por mundos fantásticos. Era un personaje irónico en muchos aspectos.

El poeta tuvo en su juventud cierta tendencia al Dandysmo. La creación de su decadente “Marqués de Bradomín” le sirvió de ejercicio catártico. Se identificó con Bradomín –protagonista de las Sonatas –en su perfil estético, durante el tiempo que le duró la fiebre modernista. No tardó en liberarse del sofisticado influjo de nenúfares y princesas modernistas, para irse, con el pagano misticismo de su palabra viva, hacia la agridulce gloria del humanizado esperpento.

El género literario de Valle se caracteriza por la deformación sistemática de la realidad, con personajes vitriólicos, cuyas figuras estaban recargadas de rasgos grotescos y absurdos. Los “Esperpentos” eran un reflejo de su vida, del escepticismo que iba corroyendo su ideal, del pesimismo por la triste y sórdida condición humana. Lo que ocurría, vital y literariamente, se proyectaba asimismo en sus ideas políticas, y así se desplazó de la tradición aristocratizante a un radical realismo político.

La actriz Josefina Blanco –de quien estuvo enamorado el vate y con la que terminó casándose–, hace una curiosa semblanza de su marido, recordándole cuando lo conoció en el saloncillo del Teatro de la Comedia de Madrid: “Allí, junto a mí, en el hueco del balcón, se destacaba la figura escueta de un hombre sin edad. Desde mi asiento comencé a examinarlo disimuladamente de abajo arriba. Primero vi su mano exangüe, casi translúcida, casi espectral; la tenía apoyaba en el pecho. Luego la barba, negrísima, un poco en punta, como para caracterizar a Mefistófeles, en ópera. Y su boca, de labios, finos y pulidos, ligeramente movidos por un tic nervioso; una boca larga, entre abierta, anhelante, casi oculta por el mostacho fanfarrón, y tras los quevedos, los ojos tristes, llenos de melancolía, como si hubieran contemplado todos los dolores del mundo…Se parecía a Cristo Redentor y humano…”

Valle Inclán era un personaje humano fuera de serie, generoso y comprensivo, y sabía soportar con paciencia infinita largas etapas de miseria y frustración. Aunque a veces tenía momentos de flaqueza; por eso en uno de sus poemas exclama: “¡Tengo rota la vida! En el combate/ de tantos años ya mi aliento cede/ y el orgulloso pensamiento abate/ la idea de la muerte, que obsede…”

Era anti-burgués, tanto por su sentido estético como por su conducta. Políticamente se abrazó al Pueblo, del cual emergía la fuerza, la sustancia de su literatura y del que recibía el aliento vital para sobrellevar su existencia. La burguesía le sabía a hipocresía, a moho espiritual, a untuosa vulgaridad, era propia de los prejuicios e intereses de los espíritus rutinarios. En el “Ruedo Ibérico” castigó con sarcasmo tanto a la burguesía como a la llamada aristocracia de la sangre.

Tampoco estaba conforme con la realidad de la época en la que vivía, inmersa en la mediocridad y contaminada por los intereses de las clases económicamente poderosas. Y para diferenciarse de los demás, para no hundirse en la fangosa marea que dominaba todos los ambientes, hacía resaltar su perfil de artista nato y genial. Recurría al cambio llamativo de su táctica literaria para destacar entre los artistas de su tiempo. Del preciosismo estético de las cuatro Sonatas, pasó al ciclo novelesco de su “Ruedo Ibérico” demostrando lucidez histórica y social, con una visión romántica de las novelas de la guerra carlista y luego el genial desgarrón expresivo de los famosos “Esperpentos”.

La obra de Ramón del Valle-Inclán posee una gran calidad literaria. Además de las ya mencionadas, entre otras obras admirables del autor, están: “Los cruzados de la causa”, “El resplandor de la hoguera”, “Cara de Plata”, “Romance de lobos”, “Luces de bohemia”, “Divinas palabras”, “Los cuernos de don Friolera”, “Baza de espadas”, “Viva mi dueño”. Como hombre de letras, Valle además de poeta fue novelista y dramaturgo. Ninguna faceta literaria le era ajena; todo lo tocaba con su lúcida mitomanía y en todas descollaba genialmente.

El bardo intentaba crearse una personalidad fantástica, a pesar del ambiente inadecuado que lo rodeaba. Con su furor ético, su temple y enarbolando los ideales que mueven su espíritu, adapta a su estilo la forma del diálogo teatral, de la farsa, pero sin hacerle perder su valioso significado de fondo. Así lo dicen sus versos: “Por la divina primavera/ me ha venido la ventolera/ de hacer versos funambulescos/ –un purista diría grotescos– / Para las gentes respetables/ son cabriolas espantables./ Cotarelo la sien se rasca/ pensando si el diablo lo añasca./ Y se santigua con unción/ el pobre Ricardo León./ Y Cejador, como un baturro/ versallesco, me llama burro./ Y se ríe Pérez de Ayala/ con su risa entre buena y mala. /Darío me alarga en la sombra/ una mano, y a Poe me nombra…”

Valle-Inclán llamado también “El Quevedo del siglo XX” murió en 1936, en Santiago de Compostela, poco antes del estallido de la guerra civil. Su entierro fue una gran manifestación de duelo, muy sentida en toda España. Y no faltó alguien que recordó al poeta con ironía: “¡Cómo se reiría don Ramón, desde su cárdeno más allá, de lo quevedesco, goyesco y valleinclanesco del escatológico lance que puso rúbrica a su paso por este mundo!”

Este prolífico escritor dejó una obra original que ha enriquecido la Literatura Española Su nombre está vinculado, entre otros destacados componentes, a la llamada Generación del 98.