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ASPIRANTE A CONGRESISTA

ASPIRANTE A CONGRESISTA

Un trienio pasó volando, y Amaru concluyó, sin pena ni gloria, su gestión de regidor municipal. Sobre su futuro: con lo aprendido en los últimos años podría  ganarse la vida como asesor de trabajadores ambulantes en cualquier lugar. Un asesor por lo general realiza su trabajo en oficina, donde se puede estar siempre con la ropa limpia y el cuerpo perfumado, a resguardo de los abrazantes rayos del sol y las impurezas del ambiente callejero. Le gustaba más esta ocupación que la de vendedor ambulante; la prefería, no por vanidad u orgullo, ni por el qué dirá la gente, sino porque se consideraba capacitado para ello.

Con esta idea, preparó su automóvil –adquirido cuando era regidor– para acortar y suavizar sus desplazamientos hacia las sedes gremiales de trabajadores ambulantes. A los interesados les ofrecía sus servicios profesionales a cambio de unos honorarios respetables. Y, como tenía fama de artífice de la Ordenanza 002, promulgada en favor del comercio ambulante en su etapa de autoridad municipal, los líderes de ambulantes lo buscaban para que los orientase en la realización de algún proyecto de tipo económico o social que pudiera ser viable para sus gremios.

La Federación de Trabajadores Ambulantes de San Martín de Porres le invitó a su local de la Avenida Zarumilla para que disertara sobre sus experiencias como regidor municipal. Aceptó encantado y preparó su discurso. Lo escribió en un papel, adornándolo con palabras extraídas del diccionario; aunque, el día señalado, durante su disertación, le falló la memoria y sólo pudo chapurrear algunas frases floridas de su texto, lo que no impidió el aplauso de los integrantes de esta entidad cuya junta directiva le confirió sin más preámbulos la administración del Fondo Municipal de Asistencia al Trabajador Ambulante (FOMA) que funcionaba en ese distrito desde meses atrás.

Su trabajo de asesor le dejaba tiempo para realizar otras diligencias, como las de seguir las indicaciones de su maestro político que ya le había expresado su firme intención de conformar un partido político independiente de la Izquierda Unida, aunque este proyecto de “Frejolito” lo confundía sobremanera. “¿Cómo es eso de una Izquierda Socialista? –le preguntó–. ¿En qué se diferencia de la Izquierda Unida?”. Barrantes le explicó que la diferencia estribaba en que ésta aún mantenía en su ideología la línea marxista-leninista mientras que la otra había superado ya el mito de la revolución armada con baños de sangre y apostaba por un cambio social a través de la vía pacífica y democrática. El pueblo no era tonto, y sabía que el uso de la violencia para cambiar la estructura política del Estado llevaría a sus hijos a una muerte irremediable. “El pueblo repudia a Sendero Luminoso –añadió el doctor–. Los maoístas, lejos de la verdad histórica revolucionaria, hacen puro terrorismo.”

Sugestionado por los razonamientos de “Frejolito”, pensaba que su línea ideológica no era la correcta. Se consideraba marxista-leninista pero jamás empuñaría un arma para hacer la revolución. Tampoco avalaba el desangre y la muerte de sus contemporáneos. Y, como decía el doctor, era evidente que el pueblo –incluyendo a sus compañeros ambulantes– sólo podría mejorar sus condiciones de vida yendo por el camino de una transformación no violenta de la sociedad, a través del debate parlamentario, obteniendo resultados favorables en los eventos electorales, ocupando cargos relevantes en el Gobierno.

El doctor recalcaba que la convergencia de fuerzas democráticas era la alternativa más viable para triunfar en las urnas y una vez asumido el poder del Estado se trabajaría para revolucionar su estructura económica de acuerdo a las exigencias del pueblo. Por lo que se debía trabajar desde ya para ampliar la base política de la convergencia socialista integrando en ella a los trabajadores de todos los sectores públicos y privados, los campesinos, los obreros y por supuesto los vendedores ambulantes.

Mientras apuraba el quinto vaso de cervez, decidió cambiar de ideología política para zanjar este tema que le ocasionaba tensión nerviosa. Había intentado relajarse pensando en Ñusta que estaría preocupada por su tardanza. ¿Y su niña?, su vivo retrato, estaría durmiendo como una princesa. Se le antojó fumar y pidió permiso al doctor. Caminó hasta el mostrador del bar, donde permaneció unos minutos, pensativo. Cuando volvió a la mesa, con un cigarrillo entre los dedos,  le dijo a su acompañante: “De acuerdo, señor. Trabajemos por la Izquierda Socialista.”

Para sus fines políticos creó una “Coordinadora de Vendedores Ambulantes” y se dio a la tarea de atraer gente para a través de ella embarcarla en su partido. Con frecuencia, para animar a los compañeros, estuvieran afiliados o no a sindicatos de ambulantes, los transportaba en su automóvil hasta el local –ubicado en un oscuro callejón del jirón Azángaro– donde se reunían los socialistas  y tras hacerlos participar en los acuerdos, más con votos que con voz, se los llevaba de vuelta a casa mientras les repetía que su Coordinadora era una organización más poderosa que la  Federación de Trabajadores Ambulantes de Lima y representaba la base más amplia de la Izquierda Socialista que era la mejor alternativa política para gobernar el país.

A veces le acompañaba en sus correrías la pequeña Intia que por timidez no respondía al saludo de las personas que su padre iba recogiendo en el trayecto; se limitaba a dirigirles penetrantes miradas desde su asiento, como si estuviera analizando las palabras que ellos intercambiaban. Amaru sonriente se ufanaba ante sus camaradas que su niña poseía una inteligencia prodigiosa capaz de resolver en un tris un problema de matemáticas. “Es una niña superdotada –recalcaba–. Estoy orgulloso de mi hija.”

Con el afán de ampliar su cédula partidista, Amaru llegó al mercadillo donde trabajaba Olga, su vecina y amiga, que venía afrontando una mala racha; había estado internada en el hospital a causa de una enfermedad y –según comentaban sus compañeros– al volver a su puesto de verduras había sufrido maltratos verbales contra su persona por parte de dirigentes de la Central de Ambulantes que se habían convertido en los señores de la guerra de aquella zona.

Al verla venir por el pasillo, a paso lento, con las manos apretadas a la cintura y un rictus de dolor en el rostro, quiso animarla con una ocurrencia: “¡Compañera combatiente, ya no se acuerda de su gente!” Ella le sonrió y extendió la mano para saludarle: “¿Qué es de su hermosa vida, compañero?”. Y le preguntó si después de haber sido regidor pensaba postular al Parlamento. Amaru le guiñó un ojo, dándole a entender su respuesta.

Olga comentó que, tras arduos debates verbales con la banda opositora de su gremio, los comerciantes de su cuadra habían conseguido establecer allí, cerca al núcleo enemigo, una base sólida de la Federación de Trabajadores Ambulantes. Esto le había costado además duros enfrentamientos con dirigentes de la Central de Ambulantes a los que había exigido que dejaran de presionar y chantajear a los pequeños comerciantes que reconocieran que ellos tenían capacidad para elegir  el gremio al que desearan afiliarse.

–Por culpa de esos malos dirigentes –agregó Olga– los ambulantes no respetan los límites de sus áreas de trabajo, ni pagan el tributo correspondiente al municipio, lo que está fomentando el divisionismo y la enemistad entre ellos.  Por eso, en las reuniones les digo a los asociados que no permitan que gente contraria a nuestras ideas venga a romper los lazos de unidad ni a dispersar nuestros intereses comunes, que debemos estar siempre juntos para luchar por conservar los puestos de trabajo.

–La admiro como dirigente –gesticuló Amaru–. Me gustaría tenerla de mi lado. Hablando de Roma, vengo a invitarla a una reunión de camaradería para integrar fuerzas en una gran Coordinadora de Vendedores Ambulantes que impulse mi candidatura a una plaza de diputado. Sé que es difícil, pero no imposible de conseguirlo Por lo demás, mi partido está elaborando un programa de gobierno muy claro basado en  la convergencia de todas las fuerzas sociales.

–Comprendo que necesita  gente para su Coordinadora –le reiteró Olga–, yo no puedo comprometerme con nadie porque aún estoy enferma. Pero cuente con mi voto en las elecciones, lo prefiero a usted como diputado por el sector de los trabajadores ambulantes antes que a ese Salas que no representa a nadie y a ese Flores de Plaza Dos de Mayo que el otro día vino a la asamblea de la asociación, repartió entre la gente calendarios con su foto sonriente y se mandó un discurso en una lengua extraña que nadie le entendió nada.

– Gracias, compañera. Y es una lástima que no ande bien de salud.

–Siento no poder apoyarlo. Pero sé de una persona que podría participar con usted. Es un joven vendedor de ollas que está estudiando en la universidad. Se llama Oscar Chumbe. Llegó por acá hace unos meses y está empadronado en la asociación. Se le ve un chico inteligente, capaz de hacer grandes cosas. Venga, voy a presentárselo.

Los provectos amigos, marcando el mismo paso y, sin dejar de hablar de cosas que se remontaban a años atrás, se acercaron a un joven alto, moreno y melenudo que estaba desmontado los palos mellizos y la carpa correspondiente al toldo de su quiosco. Tenía el rostro sudoroso y los ojos cansados, aunque avivó la mirada para saludar amablemente a quien, con gesto cariñoso, le respondió el saludo.

Olga se lo presentó, formalmente. Amaru le ofreció su mejor sonrisa, intentando caerle simpático. Y, para hacerse una idea del grado de conocimientos generales que tenía, le lanzó una pregunta directa respecto a la situación política del país y luego otra acerca de la problemática del comercio ambulante. El joven le respondió con claridad, demostrando coherencia y concisión en sus respuestas.

–Compañero usted podría convertirse en el líder que andamos buscando –dijo Amaru lanzándole una sonrisa irónica–. Sería un privilegio tenerlo en nuestras filas. Lo invito a una reunión con importantes dirigentes de comerciantes ambulantes de Lima. Si acepta mi invitación, ahora mismo con el permiso de su presidenta doña Olga le reconozco como delegado de esta base gremial. Vamos, anímese a participar con nosotros.

El joven ollero sonrió ante el halago aunque comentó que no creía tener el don persuasivo de la palabra ni la experiencia necesaria para organizar y dirigir a miles de personas con intereses comunes. Aunque reconocía que estos prejuicios suyos no le invalidaban para manifestar abiertamente, en una reunión pública o privada, las ideas que surgían de su cerebro y los sentimientos que brotaban de su corazón.

Amaru le aseguró que la experiencia devenía con la práctica, lo más importante era decidirse a ser el guía de un pueblo dispuesto a sacudirse del letargo y salir adelante. El joven, al parecer tocado en su orgullo, le dijo que, sólo para demostrarse a sí mismo que no era una sombra que cruzaba el mundo a hurtadillas, aceptaba el cargo. Amaru anotó rápidamente en un papelito en blanco la dirección del local donde más tarde iban a encontrarse los compañeros y se la dio a quien, en seguida, se disculpó por no poder atenderle más ya que se iba a sus clases de arte y filosofía en la universidad.

Amaru y Olga aplaudieron la decisión del joven comerciante cuyos movimientos todavía seguían con muestras de beneplácito en sus rostros. Le vieron retornar a su desmontado quiosco, recoger su tablero comercial, su chaqueta con logotipos vaqueros y su carpeta de textos universitarios y luego desaparecer del mercadillo empujando su pesada carreta. “Hemos fichado al futuro dirigente de las fuerzas unidas de ambulantes”, dijo Amaru con satisfacción. “Que así sea, compañero” suspiró Olga.

En la reunión de invitados a participar en su fantasmagórica Coordinadora, Amaru aprovechó la presencia del referido aspirante a líder gremial y político y lo llamó al estrado para que hiciera uso de la palabra. El joven, que tenía el pelo revuelto y las barbas crecidas, subió al escenario ensayando pasitos de rock. Saludó al público con alegres movimientos de manos y dejó escapar una sonora carcajada. En seguida abrió un cuaderno de hojas arrugadas y empezó a leer una especie de tratado de filosofía, que no tenía nada que ver con la realidad de los trabajadores ambulantes y que más bien  incitaba al bostezo y al sueño a los asistentes.

Amaru, que había pasado de la sorpresa al enfrascado aburrimiento, pensaba que debía tener paciencia y no interrumpir a quien tampoco se expresaba mal. Lo esperó, haciéndose el tonto, hasta el final de su lectura. Entonces corrió hacia él, le cogió la mano derecha y se la puso en alto como si fuese un triunfante boxeador. Y cuando vio que todos tenían puesta su atención en ellos pidió al triunfador, con palabras altisonantes, que disertara sobre el tema del comercio ambulante.

El estudiante con traza de hippie, que no dejaba de sonreír y dar pasitos de baile, definió el comercio ambulante como un pintoresco cuadro social y humano retocado con agudos matices económicos y políticos que significaban realismo y creatividad dentro el marco de la actual sociedad y entre otras cosas alabó a los verdaderos artífices de esta original expresión de la gente del pueblo agrupada en históricas asociaciones de trabajadores ambulantes. “¡Bravo!”; exclamó Amaru, e incitó al resto de sus compañeros a que aplaudieran al inteligente expositor.

Con ademanes de maestro de ceremonias, Amaru preguntó al auditorio si estaba de acuerdo en nombrar presidente de la Coordinadora de Ambulantes al erudito compañero que tenía a su lado. El respetable público, que no pasaba de siete personas conchabadas, dijo sí y aplaudió al unísono. Amaru recogió la aprobación de los que apoyaban su iniciativa y, con muestras de júbilo, procedió a investir al muchacho con el regio cargo de máximo dirigente de la entidad.

Con el paso de los días, Amaru comprobó, sin embargo, que su organización no conseguía captar el interés de la gente del sector. Quizás era errónea su táctica de acaramelar a los vendedores ambulantes con la promesa de la solución a todos sus problemas, porque este dulce trance se desvanecía pronto con la dura realidad. Prueba de ello era que en ocho meses de gestión como empeñoso promotor sólo había conseguido afiliar a su Coordinadora a quince pequeños comerciantes de todo Lima metropolitana. Llegó a sentirse avergonzado por el fracaso, aún así decidió informar al doctor Barrantes del estado de salud de su Coordinadora.

El garbanzado político le sonrío con sarcasmo: “Eso te pasa por confiar en alguien que no habla como político sino como intelectual. Nomás faltaría que los políticos habláramos como intelectuales”. Una crítica directa que recibía de su jefe político por culpa del poco carismático estudiante que dirigía su Coordinadora.

Preocupado, Amaru aconsejó a su lugarteniente que hilvanara argumentos más convincentes para lograr atraer a los ambulantes sobre todo a los líderes de las organizaciones recalcitrantes a la política municipal. Le instó a que se moviera como ardilla por todo Lima para conseguir con suma urgencia afiliados para su Coordinadora. Pero, Oscar Chumbe perdió la paciencia

– ¡No depende de mí! –respondió– ¡mucha gente dice que detrás de esta pantalla llamada Coordinadora se mueve un ex-regidor del comercio ambulante de Lima al que consideran el mayor traidor de la historia del movimiento de vendedores ambulantes! ¿Es usted acaso?

– ¡Escucha compadre! –reaccionó Amaru con aspereza–, ¡en vez de hacer caso a las críticas de la oposición debes concentrarse en pulir el tema de tus discursos y corregir tus defectos como orador! ¡Ante el público debes expresarte con tono convincente para que todos vean que estás seguro de lo que dices! ¡Y debes  ir siempre al grano y no irte por las ramas ni empezar un discurso deseando amor, paz y libertad a los vendedores ambulantes que mayormente son gente venida del campo y no entienden de filosofías hippies! ¡Ellos pueden creer que están perdiendo el tiempo con tanto palabreo inútil!

– ¡No soy un pelele! –el joven plantó cara a quién lo criticaba–, ¡puse todo mi interés y mis mejores intenciones para hacer crecer su Coordinadora, a pesar que desde un principio le advertí que me falta preparación como orador y trayectoria como dirigente! ¡Pero esto no importa! ¡Ya no creo en su Coordinadora que en vez de unir a los comerciantes ambulantes los desune o dispersa de sus bases y además le quita gente a la Federación de Ambulantes de Lima, lo que considero injusto!

Amaru sentía rabia y a la vez temor; creía ver en las facciones del rebelde a Sandokan dispuesto a luchar contra la fiera. Aún así le replicó:

- ¡La Federación de Ambulantes tiene su línea puramente gremial! ¡Mi Coordinadora más que gremial tiene línea política! ¿Acaso no lo sabes?

– ¡Basta!  –el interpelado descargó su mal humor– ¡de un grupito de gente parcializada y adepta a una persona que vive ansiosa de ocupar un cargo en el Congreso nunca va a surgir el gran proyecto de una Izquierda Socialista porque no tiene el cimiento necesario que lo constituyen las bases integradas de trabajadores ambulantes, de obreros, de comunidades campesinas, de estudiantes y de todos los trabajadores del pueblo! ¡Usted, veterano dirigente debería dejar de manipular a quienes no comparten sus ideas políticas! ¡Se acabó, en este momento renunció al cargo de presidente de su Coordinadora!

El vendedor de ollas dejó de sermonearle y dándole la espalda se marchó del lugar.

Amaru tuvo que aceptar la dimisión de su airado compañero. Pero no esperaba que la marcha de éste propiciara el desbande de la gente de su Coordinadora. Al ver que se quedaba solo, con sus locas ideas, le atacó la preocupación, aunque no se resignó al fracaso. Para salir del trance, diseñó una nueva estrategia de captación de votos de vendedores ambulantes. Y, para llevarla a la práctica, con el apoyo de un conocido suyo, tomó en préstamo temporal un quiosco ubicado en el jirón Miro Quezada y se convirtió en dependiente de una surtida librería callejera que en realidad era la tapadera de su núcleo de operaciones políticas.

Por las tardes, el político disfrazado de librero ambulante, ponía candado a su quiosco y se dirigía a cumplir con su rol de visitas a los colegas que laboraban por las inmediaciones del Mercado Central. A todos les hablaba, con aires de profeta, del alcance de su fantástica Coordinadora así como del formidable proyecto de la Izquierda Socialista. Pero sus palabras mesiánicas caían en saco roto. Los trabajadores ambulantes no creían en él, ni en sus proyectos gremiales ni políticos. Se daban cuenta de su interés personalista y desistían de secundarle en su empresa. Con esta lamentable situación y una mala perspectiva de votos a su favor, Amaru afrontó el día de las elecciones.

En los escrutinios presidenciales del año de 1,990 la tienda política de Amaru, la Izquierda Socialista sólo obtuvo el 5% de la votación general en todo el país, por detrás de Izquierda Unida, de la Alianza Popular Revolucionaria Americana, del Frente Democrático y de Cambio Noventa un improvisado movimiento político que se infló con los votos de los ciudadanos que no querían saber nada de los políticos tradicionales y, en segunda vuelta electoral contra el Frente Democrático liderado por el escritor Vargas Llosa, resultó vencedor y encumbró a Alberto Fujimori al poder político del país. Amaru aceptó su derrota con gran pesar. Durante unos días estuvo deprimido y sin ganas de hacer nada. Pero su responsabilidad de padre de familia le obligó a retomar su labor de asesor de trabajadores ambulantes.

Por entonces, la recesión económica y la inflación, los grandes males heredados de la década de los 80, se agudizaban en el país. El nuevo gobierno, en su intento por reorganizar la economía, había vuelto a abrir las puertas al capital exterior, a reactivar el pago de la deuda externa, y estaba aplicando políticas neoliberales basadas en el desarrollo de la propiedad privada y en la reducción del gasto público. Pero hasta ese año, 1991, el resultado no era el esperado por Fujimori, y la inflación desbocada seguía deteriorando la economía nacional, situación agravada por la violencia terrorista, el caos social, el temor y la desesperanza. Corrían tiempos difíciles para la población. El famoso “fujishock” o alza desmedida del costo de vida lanzado por el gobierno había hundido en la pobreza extrema a millones de ciudadanos. Mucha gente desesperada hacía cola en la puerta de los municipios con la esperanza de recibir un kilo de arroz o de azúcar, otros encorajinados salían a la calle a protestar contra el Gobierno, mientras otros miles de peruanos, alistaban sus maletas para emigrar hacia Estados Unidos o algún país de Europa. Era difícil vivir en el Perú, cuya economía estaba prácticamente en la ruina. Los productos básicos de la canasta familiar ya no estaban al alcance de la gente que centraba su preocupación en asegurarse la subsistencia. La tasa de desempleo crecía en todos sus niveles; la falta de ingresos para cubrir las necesidades vitales desesperaba a las familias obligándolas a lanzarse a la calle en busca de comida. Muchos jóvenes de las clases medias empobrecidas, acosados por la necesidad se orientaban hacia la delincuencia, la prostitución, la comercialización de drogas y hacia otros vicios y males engendrados por una sociedad envilecida por sus gobernantes.

La crisis económica repercutía también en el estamento que conformaban los trabajadores ambulantes cuyas asociaciones desistían de contratar los servicios de profesionales ante la caída de sus fondos dinerarios. Al elegante asesor Amaru Huamaní no le quedaba más remedio que buscarse otro tipo de trabajo para mantener a su familia. Pero los días volaban y, por desgracia, no encontraba nada.

A punto de caer en la desesperación, decidió volver a la venta ambulante de zapatos. Así, extrajo del Banco todo el dinero que le quedaba en su cuenta bancaria y se dirigió a su antiguo centro abastecedor de mercadería. Pero al llegar al lugar donde se erigía “Los Portales” se llevó una sorpresa desagradable: sólo había un terreno con un cartel que anunciaba la próxima construcción de stands comerciales. Alguien le comentó que el hostal había sido demolido por orden del propietario para  construir allí un  edificio con galerías para vender o alquilar en dólares.

Indagó sobre el paradero de los mayoristas de zapatos, pero nadie en aquella calle sabía nada de ellos, por lo que decidió volver a casa. En el trayecto, al pasar por una vereda repleta de vendedores ambulantes, alguien empezó a gritarle: “Traidor” “Vende patria” y luego otros insultos y silbidos desagradables contra su persona se oyeron a lo largo de la calle. Sentía temor de ser agredido por aquellos que le guardaban rencor quizás por haber sido afectados por el reordenamiento de quioscos que realizó en su pasada gestión municipal. La turba de gente le cerraba el paso amenazándole con los puños. Asustado echó a correr en zig zag por el centro de la calle logrando esquivarlos y huir por las callejas tangentes al Mercado Central de Lima. Tapándose la cara avergonzada con las manos cruzó jirones en los que creía ver gente dispuesta a agredirle, hasta conseguir  meterse en su ratonera de  La Virreina.

Empezó a usar pelucas, gorros, gafas, ponchos y otras prendas para que nadie lo reconociera por la calle mientras realizaba sus diligencias. Aunque su afán de pasar desapercibido ante sus enemigos no arreglaba su prolongada situación de desempleado que hacía agua sus ahorros. Para amortiguar la caída, solicitó un préstamo a su Banco pero los responsables de la entidad se lo denegaron porque no les presentaba nómina ni les ofrecía garantía de poder devolver el dinero. Fastidiado, maldijo a los bancarios y al dinero a pesar que éste le era necesario para los gastos caseros sobre todo para atender las solicitudes de su hija que había cumplido once años y no paraba de pedirle ropa, zapatos, libros, propinas. Amaru la quería con locura e intentaba complacerla en todo.

Se vio obligado a vender su automóvil –que a pesar de serle útil le ocasionaba gastos de gasolina y reparación mecánica que ya no podía afrontar– y con lo recaudado en la transferencia adquirió víveres para el consumo de su familia. En casa disfrutaba jugando con su hija, ratos dulces, hasta verla salir hacia la escuela vestida de uniforme escolar, portando libros, su lonchera y acompañada siempre por su madre. Era una preciosidad cuya ternura volvía a sentir luego cuando llegaba a casa; recibía sus besos y abrazos mientras con su vocecita inocente le decía “papi te quiero”. Su hija le daba fuerzas para seguir bregando en la vida.

Dispuesto a terminar con su condición de parado, empezó a rondar los quioscos de los vendedores ambulantes de la avenida Grau, luciendo un largo poncho gris, sombrero de alas de cuervo ajustado a la cabeza y enormes gafas oscuras cubriéndole el rostro. Con este disfraz de tunante captaba la atención de los comerciantes que al verle merodear por entre las paraditas lo llamaban para preguntarle qué cosas vendía o qué compraba. Pronto, su figura se hizo familiar en aquella zona comercial. Todos le conocían como “el huesero solitario” de los zapatos de remate.

Cuando los comerciantes comenzaban a recoger sus mercaderías Amaru se acercaba a regatearles el precio de los zapatos. Y, con su innato poder de persuasión, lograba convencerlos para que le vendieran a bajo precio los cueros en fase de liquidación. Recolectaba la mercadería en sacos de polietileno, lo que le facilitaba el traslado hasta su casa, donde, con tranquilidad, aplicaba una mano de barniz a los cueros descoloridos, pegaba los tacos rajados, o sacudía el polvo acumulado en la superficie de los zapatos para mantenerlos en buen estado de conservación.

Por la mañana salía de casa llevando en manos dos talegos llenos de zapatos. Se trasladaba en ómnibus a algún concurrido mercado limeño y allí, en cualquier rincón o ángulo de vereda desocupado, montaba su tenderete. Pronto, con su vozarrón de rematista ambulante, llamaba la atención del público. Y, a pesar de la crisis económica que afectaba las canastas familiares, conseguía revender varias decenas de calzados a un precio unitario doblemente superior al de compra. Y, tal como antaño, gracias al recurso de la venta ambulante, obtenía el dinero necesario para dar sustento a su familia.