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EL GUARDIAN DE LA NOCHE

EL GUARDIÁN DE LA NOCHE

 

– ¡Silencio! ¡Joder! ¡Dejen dormir!

Los gritos de un vecino del quinto piso, dirigidos a otros vecinos que discutían produciendo un ruido intermitente, en medio de la noche, remecieron aquel viejo edificio de la calle Tamarit, en Barcelona, y despertaron a otros vecinos que sobresaltados se asomaron por las ventanas para sumarse a las protestas del afectado.

– ¡Hagan el favor de callarse de una vez!

– ¡Llamen a la policía!

La calma volvió a reinar en el ambiente vecinal, solo por unos minutos. El griterío desaforado de los vecinos del cuarto, una pareja conflictiva, compuesta por un rumano y una china,  volvió a caldear el ambiente.

Alguien empezó a pegar de martillazos contra la pared del tragaluz interior del edificio. Era el mismo vecino del quinto que agudizaba su enfado y protesta contra los que rompían el descanso y la tranquilidad nocturna.

De pronto se armó un alboroto infernal. Se oyeron rugidos humanos, portazos de ascensor, ruido de gente que se llamaba entre sí o corría por la escalera. Algunos vecinos, vestidos con camisones de dormir, subieron a la quinta planta con la intención de amonestar al que pegaba martillazos, pero no lo encontraron en su piso. Alguien comentó que lo había visto bajar a galope hacia la puerta de salida del edificio. Otros vecinos, se agolparon en la puerta de la pareja que seguía discutiendo entre una mezcla de palabras chinas, rumanas y otras en lenguas desconocidas.

Ante la insistencia vecinal, un gigante de rostro fiero abrió la puerta y, masticando sandeces en un castellano entrecortado, mientras blandía en la mano un cuchillo de cocina, preguntó a los amotinados: “¿Qué coño pasar aquí?”. Nadie se atrevió a responderle, algunas mujeres retrocedieron asustadas, salvo Samuel, el vecino colombiano del quinto, que reapareció enfurecido encarando al gigantón:

– ¡Tú y tu mujer están metiendo ruido y no dejan dormir!

– ¡A ti que coño importarte!

El gigantón se acercó a Samuel y de un navajazo cruzado le destrozó el camisón de dormir rasgándole al mismo tiempo la piel del  brazo derecho. “¡Lo va a matar! ¡Llamen a la policía!”. Se oyeron gritos desesperados. Pero Samuel reaccionó al instante. Sacó del bolsillo su pequeño martillo, con el que había estado golpeando la pared, y lo estrelló en la frente de su agresor, que trastabilló y cayó al suelo de rodillas retorciéndose de dolor. De esta situación se aprovecharon los otros vecinos varones para desarmar al vecino atacante.

– ¡Este hombre está herido! ¡Llamen a una ambulancia! –dijo un vecino al notar el brazo ensangrentado de Samuel.

– ¡El otro vecino también lo está! –dijo alguien al ver el hilo de sangre que caía de la frente del rumano. La mujer de éste pidió ayuda a los vecinos para empujarlo al interior de su piso donde pensaba curarlo. “¡No debemos ayudar a un delincuente!” Los vecinos se pusieron a discutir entre ellos y, en un instante de confusión, Samuel aprovechó para desaparecer del lugar.

Había cubierto su brazo herido con retazos del camisón de dormir y mientras lo presionaba con la otra mano para  evitar que la sangre manara de él y cayera al suelo, avanzó, dando pasos cortos, escalera arriba, hasta llegar a su vivienda, de la cual pronto volvió a salir, en la misma postura y con un pequeño botiquín de primeros auxilios sobresaliendo del bolsillo del albornoz que acababa de ponerse. Subió escalera arriba, hasta franquear la puerta de metal que comunicaba con el terrado, donde tenía montada su covacha

La policía llegó al edificio y solo aceptó la versión de la mujer del rumano sobre lo sucedido. En una ambulancia se llevaron al herido al hospital. Los agentes empezaron a buscar al supuesto agresor, pero no lo encontraban por ninguna parte. Dos de ellos, decididos a capturarlo, forzaron la cerradura de la puerta del nombrado y penetraron en su vivienda. Pero tampoco lo encontraron allí. Un vecino de la tercera segunda les dijo que había visto a Samuel bajar por la escalera, tenía un brazo ensangrentado y lo más probable era que estuviera en el hospital.

Pero, contraria a la versión del vecino, Samuel se hallaba en un lugar secreto. Ningún vecino podía acceder al terrado, ya que no tenían llave de la puerta, salvo él y la portera. Aquí reposaba en sus momentos críticos, se resarcía de sus depresiones, o se curaba de algún malestar físico. Era la prolongación de su vivienda  y los propietarios del edificio como nunca venían, lo ignoraban.  En su “gallinero de Babel” destacaban su hamaca plegable, una mesita donde reposaba su pequeña  radio portátil una botella de vino y el cenicero. Allí se estaba a las mil maravillas, sobre todo en verano cuando se necesitaba aire fresco para mitigar el agobiante calor. Pero ahora, más que pensar en delicias, le urgía curarse. Con el brazo disponible abrió el botiquín, del que extrajo gasas y alcohol. Empapó la gasa en alcohol y con ésta frotó la sanguinolenta raya que tenía en el brazo. Se mordió la lengua para no aullar de dolor. En seguida, cogió la botella de vino y se zampó un buen trago del fino licor. Pronto sonrió al ver que su casera curación obtenía el efecto esperado. El sangrado de la herida abierta se contuvo, y así pudo vendar mejor el miembro herido. Decidió tranquilizar el cuerpo bebiéndose otros tragos de vino, y luego se recostó en su hamaca, hasta quedarse dormido.

La claridad matinal lo despertó. Había descansado a medias, aunque se encontraba mejor. Recogió de su camastro el botiquín manuable y, con la apariencia de un vigilante  que ha pasado la noche a la intemperie, bajó del terrado y se metió en su vivienda. Se bañó, comió y descansó lo debido. Y, por la tarde volvió a salir, más repuesto físicamente  y animado. Los vecinos al verlo le saludaban con respeto y admiración. Su osadía ante el gigante rumano parecía haberlo dignificado, Una vecina le comentó que la policía había estado buscándole la noche anterior. “Ya pasó todo, señora”, le respondió.” Olvidemos el asunto” Y con una hasta luego continuó su camino.

 

Dos noches después, un sonido, como el de una fuerte ventosidad, salió de un compartimiento y al estrellarse contra las cornisas del edificio se convirtió en eco. Alguien soltó una carcajada y luego otra persona protestó contra el sonoro pedo vecinal. El silencio volvió a instalarse en el edificio, pero solo por un instante. De pronto se oían voces y portazos en la puerta del entresuelo, donde en seguida se armó una fiesta, con música de radio a todo volumen y risotadas de los fiesteros.

Samuel rechifló “¡Cállense carajo!” y pegó siete martillazos contra la pared del tragaluz. Pero como nadie le hacía caso, bajó por la escalera y picó el timbre de la puerta de aquel piso que retumbaba con el estridente ruido interior. Más como nadie atendía su insistente llamado, decidió tomar otras medidas. Refunfuñando subió a su piso y llamó a la policía. Una voz de mujer, le atendió.

– ¡Por favor! – repitió Samuel, indignado–. ¡En este edificio hay gente haciendo un ruido de mil demonios! ¡Son las dos de la mañana y los vecinos no podemos dormir! ¡Vengan de inmediato!

–Dos agentes van para allá. Llegarán en unos quince minutos. Esté atento para que les abra la puerta.

Samuel respiró, aliviado. La policía acallaría a esa gentuza del entresuelo que no cesaba de hacer ruido. Era gente desconsiderada, sin ningún respeto hacia los demás. Y luego, para estar atento a la llegada de los gendarmes, se plantó en la puerta del edificio. Era verano, y por la calle circulaban transeúntes en ropa corta, Se quedó mirando las piernas de una mujer que parecían crecer conforme se acercaban a él. Las piernas eran de una rubia despampanante que destilaba un perfume exótico y que tras saludarle picó el timbre del ático primera.

Samuel arrugó la frente y se plantó ante la chica, en una actitud de portero de discoteca.

–No puede entrar al edificio, señorita –dijo–. La policía vendrá ahora y hará una inspección. Se llevará detenida a todos los que hacen  ruido.

–Es el cumpleaños de mi amigo –reclamó la chica de cuerpo de Afrodita–: Vengo a saludarlo.

–Usted misma –repuso Samuel- Solo se lo advierto. Ah! Por allá viene el coche patrulla.

Samuel levantó los brazos y llamó a los ocupantes del vehículo policial: “¡Aquí agentes!” Pero como el coche seguía calle abajo, abandonó su ubicación y echó a correr en busca de los gendarmes. La chica, al ver libre la entrada al edificio, se coló en él. En esos momentos, algunos vecinos que cuchicheaban con las narices asomadas a sus balcones, verían con sorpresa al vecino del quinto correr calle abajo con los brazos  extendidos llamando a gritos de los ocupantes del coche patrulla.

Samuel, a todo correr, alcanzó al vehículo policial, y jadeante les dijo  a los agentes que él los había llamado por teléfono y bien podían seguirle hasta la dirección que iba a indicarles. El policía, que estaba junto a la ventana derecha le miró extrañado:

–Hacemos ronda en cumplimiento de nuestro servicio. No buscamos ninguna dirección

– Agentes, en nuestro vecindario hay gente metiendo ruido y no dejan dormir a nadie –les advirtió Samuel, con el rostro sorprendido pegado al marco de la ventana abierta del vehículo.

–No es de nuestra competencia. Llame por teléfono a la centralita de la policía. Le enviarán unos agentes.

– ¡Ya lo hice! Los estaba esperando a ustedes, justamente –dijo Samuel  con gesto impaciente y removiendo los codos que tenía apoyados en el borde de la puerta del vehículo.

–Pues, siga esperando. Llegarán de un momento a otro. Por favor retire los brazos del vehículo que se pondrá en marcha

Samuel no entendía la actitud de los uniformados que se marchaban sin atender su solicitud, la de un ciudadano común en apuros. Pensaba que él, siempre al día en el pago de sus impuestos, se merecía mejor consideración de parte de los representantes de la ley.  “¡Custodios, hijos de puta!”, dijo para sí, con gesto agrio.

Resignado volvió al edificio donde vivía. Al acercarse a la puerta, oyó el estridente ruido que salía del entresuelo. Miró arriba, de un recuadro de luz se proyectaban al exterior siluetas de seres que más bien parecían animales por el modo en que chillaban. “¡Hijos de Satanás!” El grito de Samuel se perdió en el espacio callejero. Volvió a entrar en el edificio, renegando de todo lo que sucedía en su interior. El humo de tabaco que de pronto inundó sus pulmones le hizo toser. Soltó una palabrota, que nadie oyó. Y luego otra más soez al ver una bolsa con excrementos en un rincón del ascensor. El olor era pestilente y no podía resistirlo. Salió del ascensor pegando un portazo, y luego maldiciendo a sus vecinos subió a pie por las escaleras.

Estaba harto de los ruidos y las guarrerías de los vecinos. Al pasar por la puerta del entresuelo, de donde salía la bulla infernal, la pateó con furia un par de veces. No sabía cómo desahogar su rabia. Pensó en incendiar el edificio a ver si las llamas hacían callar de una vez a esos alborotadores. Intentó calmarse y dormir pero era imposible. El ruido seguía molestándole. Por fin, como no era hombre de estar aguantando tonterías, cogió de entre sus provisiones una lata de conserva de pescado sin utilizar y sacando el cuerpo lo más que pudo por la ventana que da al tragaluz interior, la lanzó contra la ventana del entresuelo. De pronto, un chirrido agudo, producido por la caída de cristales rotos, mezclado con un grito de mujer adolorida, remeció las paredes del edificio.

Otros vecinos, abrieron las ventanas interiores de sus pisos y protestaron por aquel estridente jaleo. Una sombra de mujer, sacó el cuello por la ventana de cristales rotos, y con voz de borracha chilló:

– ¡El cabrón que haya lanzado ese proyectil lo va a pagar! ¡Lo voy a denunciar a la policía! ¡No solo ha roto mi ventana  sino que ha herido a mi amiga!

– ¡No sabemos quién ha sido! ¡No hay culpable! – se oían voces por doquier.

Los vecinos, sorprendidos, se miraban entre ellos, sin poder explicarse lo sucedido.

Samuel lo oída todo, sin decir nada. Su proyectil había estropeado la fiesta de los del entresuelo y sentía satisfacción. Pronto oyó la sirena de una ambulancia que probablemente venía a recoger a la herida. Después cesaron las voces de los vecinos, se apagaron todas las luces vecinales y un silencio absoluto se instaló en el edificio.

Samuel sonreía en su cama. Y, al dormirse, satisfecho, soñó que San Pedro le entregaba una llave  parecida a la que empleaba a diario para entrar en el edificio donde vivía.

 

La noche siguiente, sábado, hacia las tres de la madrugada, se oyeron gritos humanos y luego un golpe fuerte y seco, como de algo  pesado que habría caído de una altura indescifrable. Samuel despertó sobresaltado, se asomó a la ventana de su habitación y miró por el tragaluz interior para ver que había ocurrido. Arriba, junto a la ventana del ático primera notó una oscura silueta de mujer mirando hacia el exterior. “¿Se le habrá caído algo?” Sus ojos saltones recorrieron con avidez las paredes interiores del edificio hasta quedarse clavados en un bulto extraño que había en el patio de la portería, Extrañado se volvió, empuñó una linterna y su lupa auxiliar que siempre tenía a mano, y hundió la mirada en la planta baja. Para su sorpresa, entre la penumbra producida por la luces caseras que se habían encendido al oír los ruidos, descubrió un cuerpo humano tirado de bruces en el patio comunitario.

– ¡Hay alguien en el patio! –Gritó Samuel–: ¡Parece que ha caído del ático!

– ¿Quién  será?

– No lo sé, vecinos. Habrá que ayudarle

Samuel, en bata y pantuflas, cogió las llaves que le había encargado la portera para las emergencias, y bajó corriendo por las escaleras ya que el ascensor estaba ocupado. Resoplando, y seguido por un par de vecinos que salieron del ascensor, abrió de prisa la puerta de la portería cruzó la sala que comunicaba con el patio y se topó con el cuerpo de un hombre, joven y grueso, completamente ensangrentado. Al alumbrarlo con su linterna lo reconoció en seguida. Era Efraín el vecino que vivía en el ático primera. El pobre estaba inmóvil y no respiraba. Otros vecinos llegaron corriendo y se situaron junto al cadáver.

 – ¡Llamen a la policía!–se oían voces temerosas.

Samuel, extrañado, levantó la mirada, hacia el ático, y esta vez no vio a nadie mirando a través de la ventana. Aquella sombra vista con anterioridad había desaparecido. Sería alguna amiga suya, que habría venido a visitarle. Pero ¿donde estaba? Se suponía que ella debía estar abajo auxiliando al amigo caído.

–La policía viene en  camino –advirtió alguien.

Samuel, atendiendo a un presentimiento, pidió permiso a los vecinos que se agolpaban en la portería, y avanzó hacia la escalera. El ascensor seguía ocupado, por lo que aligeró las piernas y a la carrera remontó los ocho pisos que lo separaban del ático.

– ¡Oiga señorita! ¡Abra la puerta! ¡Sé que está ahí dentro!

 Tocó la puerta con vehemencia, pero no obtuvo respuesta. Entonces, al recordar que la portera guardaba copia de todas las llaves del vecindario en el armario de la portería, presto volvió a bajar y luego a subir por las escaleras. Sudoroso y con el corazón retumbando abrió la puerta del ático primera. Antes de entrar en el piso del difunto, tomó sus precauciones, para no dejar huellas. Se enfundó en las manos unos guantes de goma y en los pies descalzos unas bolsas transparentes. En la sala reinaba el desorden, El mobiliario estaba completamente revuelto como si allí hubiera habido una pelea. En el suelo, restos de carne, arroz, papillas pisoteadas, y botellas vacías de licor y latas de cerveza. Un fuerte olor a rancio, mezclado con una fragancia que poco a poco se iba diluyendo le hizo cavilar. Miró hacia la ventana que da al tragaluz y se sorprendió de que estuvieran cerradas. Aquella fragancia la había percibido en alguna parte. No recordaba dónde. Pero ahora tampoco estaba para recordar nada. Reaccionó, debía darse prisa, la policía vendría en cualquier instante.

Con su lupa inspeccionó centímetro a centímetro el sofá que daba a la ventana del tragaluz por donde habría sido arrojado el cuerpo de Efraín. Lo movió con suavidad y, entonces, debajo, junto a las patas del sofá  halló  un pequeño pendiente de mujer, que examinó con su lupa. Había un grabado en la joya difícil de descifrar. Lo guardó en su bolsillo, para chequearlo después. Era una prueba valiosa de que su dueña tenía que ver con el crimen.

Al oír voces y pasos de gente que se acercaba por la escalera, se volvió y a toda prisa recogió sus zapatos y abandonó el ático. Subió las escaleras, sobrepasó el sobre ático y se trepó al terrado, donde tenía su guarida. Ahí esperó a que la policía concluyera con sus pesquisas.

Mientras revisaba el arete encontrado en el piso de Efraín, con la ayuda de su linterna verde y su lupa, descubrió con sorpresa un minúsculo grabado en joya: “Solo la muerte nos separará. Tuya. M.M.”

"¿Quién sería esa tal M.M.?” Le dio mil vueltas a esas iniciales sin obtener respuesta. Más tarde, mientras bajaba las escaleras, notó que la puerta de entrada al ático primera había sido precintada por la policía. Aunque no vio a nadie en las inmediaciones, salvo un vecino mirón que le comentó que la policía se había marchado llevándose algunas cosas del difunto.

-Esperemos que la poli resuelva pronto el caso- Respondió secamente y avanzó hacia su piso.

Ya en su casa respiró profundo intentando retomar la tranquilidad rota por los últimos acontecimientos. Luego, mientras se duchaba en el cuarto de baño, recordó la fragancia fugaz percibida en el lugar del crimen. “¡de la rubia!”, pegó un grito. Sí era la misma que destilaba del cuerpo de la rubia piernas largas que una semana antes vio en  la puerta del edificio mientras esperaba la llegada de la policía para acallar a los fiesteros del entresuelo. ¿Sería de ella el pendiente? Salió prestó de la bañera y volvió a revisar con detenimiento el arete que, junto con la mujer rubia, era pieza clave para el esclarecimiento del crimen. Varias preguntas asaltaron su cerebro: ¿Habían matado a Efraín antes de tirarlo por la ventana?  ¿Había sido una mujer en complicidad con otras personas? La silueta que notó desde su ventana, cuando ocurrieron los hechos, así lo denotaba. ¿Era un crimen pasional? Quizás…

Samuel no era un investigador profesional, pero estaba convencido de que en el crimen de Enfrían había participado una mujer. Pero ¿quién?. Probablemente alguna amante, amiga o conocida del extinto. Las causas no se sabían a ciencia cierta. Luego, mientras con afán detectivesco intentaba descifrar el minúsculo nombre grabado en el cuerpo del arete, de su memoria, como un resplandor, afloró un nombre “¿Maite?”, Arrugó el entrecejo y recordó aquella vez que se cruzó con Efraín en las escaleras del vecindario, iba acompañado de una mujer a la que llamaba Maite. Era alta, morena, de rasgos sudamericanos. “Entonces hay dos tías involucradas en el crimen.” Suspiró pensativamente.

De pronto se oían gritos en el vecindario. Terminó de alistarse y salió a ver lo qué sucedía. Bajó por la escalera al ático, donde varios curiosos se agolpaban mirando hacia la puerta precintada del difunto que ahora estaba resguardada por un policía. “¿Maite?”. El corazón le dio un vuelco al reconocer a aquella mujer morena, novia o amiga de Efraín, que, acompañada de dos chicos adolescentes, llorosa y exasperada, gritaba: “¡Queremos Justicia! ¡Esa mujer lo ha matado!”.

Sin esperar a que ella se calmara intentó hablarle, pero la mujer,  irritada, no le hizo caso. Luego, al oír que la llamaban bajó corriendo por las escaleras, seguida por los dos muchachos.

Samuel corrió por detrás llamándola: “señora Maite”. Al oír su nombre la mujer se detuvo. Hizo un ademán a los muchachos que estaban con ella indicándoles que siguieran adelante.

– ¿Quién es usted? – Preguntó extrañada.

– Samuel Iguarán –le dijo, jadeante–, vecino y amigo de Efraín.

–Efraín Pincay era mi marido ¿Qué quiere usted de mí?

–Quiero hablarle de él. Pero no aquí, hay mucha gente y ruido en la escalera. ¿Le parece que busquemos un lugar más reservado?

La mujer, que ya se había calmado, observó un instante a Samuel, y asintió. “Sólo cinco minutos. Mis hijos me están esperando”.

Ambos salieron del edificio y caminaron hacia un parque de la avenida Mistral. Samuel le iba diciendo en voz baja:

 –La muerte de Efraín no fue accidental. Se lo cargaron por algún motivo. Dígame ¿quién es esa fulana que dice usted que ha matado a Efraín?

Samuel notó que al formularle la pregunta, el rostro de la mujer ya de por sí mustio adquiría un tono grave. Ella no respondió siguó caminando a su lado con mirada compungida. Y, por fin, cuando estaban ya sentados en la banca de un parque, la mujer se llevó las manos al rostro y explotó en llanto.

– ¡Esa malvada ha matado al padre de mis hijos!

– ¿De qué mujer habla? ¿Y por qué está tan segura de que ella es la asesina?

Maite apartó las manos de su rostro bañado en lágrimas y se quedó mirando a Samuel con ojos vidriosos.

–Tengo en mi poder una carta que la delata. He pensado en dársela a la policía, pero tengo miedo. Prorrumpió en un llanto lastimero, aunque siguió hablando:

–Si la policía me detiene, ¿qué será de mis pobres hijos? Ellos ya sufren con la muerte de su padre y no quiero que encima se queden sin madre. No puedo hacerlo, tengo miedo.

– ¿La policía vino a buscarla a su casa? ¿Cómo se enteró de lo sucedido?

– Lo supimos por una llamada telefónica. Alguien le avisó a mi hijo mayor que su padre había sufrido un accidente dentro de casa. Fue esta mañana. Vinimos corriendo, pero ya no lo encontramos. Se lo habían llevado. Los vecinos del edificio nos contaron que mi marido se había caído desde el ático al patio interior de la finca y que por desgracia había fallecido. Yo no entiendo cómo pudo  haber ocurrido. No, la policía no sabe mi dirección. Efraín y yo vivíamos en pisos diferentes porque estábamos medio separados. A veces venía a verme o yo iba a verle a su piso. Todavía nos queríamos, ¿sabe?  ¡Pobre Efraín! Ojalá su muerte no quede impune.

–Señora – Para empezar, debemos reunir todo tipo de datos, documentos, detalles que sean importantes. Recurriremos a la policía cuando tengamos pruebas. Y usted no tenga miedo, yo la acompañaré. Y ahora ¿podría mostrarme la carta de la que me ha hablado?

Se quedó mirándole, como si reflexionara sobre si debía confiar o no en aquel que de pronto la había abordado para hablarle de su extinto marido. Le parecía un buen hombre, además estaba interesado en que se hiciera justica. Y entonces ella decidió confiar en la honestidad de Samuel.

–De acuerdo –dijo– Se la daré después del entierro de Efraín, que será mañana a mediodía.

–Bueno. Entonces no vemos mañana. Señora Maite, déme su dirección, su teléfono. –le dijo insistente Samuel

–Lo siento –dijo ella, tajante- No puedo dárselos. Me voy, hasta luego.

–Bueno, hasta mañana.

 

Con lo que sabía de aquel crimen Samuel podía ir a la policía y comunicarlo. Pero desistió ya que carecía de prueba documental alguna. Además consideró que era mejor dejar que la policía hiciera su trabajo. Luego, se fue a ver a un amigo suyo, joyero, para que le echara un vistazo a la prenda.

–Es fantasía, lo habrá comprado en alguna parada ambulante  –dijo el joyero– Aunque el tipo del grabado, me impresiona. Es una letra gótica, delineada a la perfección.

– ¿Conoces algún amigo delineante?

El joyero le dio la dirección de un delineante, ubicado en el barrio De Gracia, al otro lado de la ciudad.

Samuel fue en busca del delineante. Cogió la línea 3 el Metro y se bajó en le paradero de Fontana. Mientras salía del túnel ferroviario, con su mano derecha metida en el bolsillo del pantalón, acariciaba la prenda, testigo mudo de un crimen que él deseaba resolver, para que se hiciera justicia y Efraín pudiera descansar en su tumba. Llegó al despacho del delineante, un tipo locuaz, que examinó con detenimiento el grabado y dedujo, por el fondo y la forma del delineado que ésta no había sido grabada en España, sino en otro país.

–Tal vez en Sudamérica– dijo el hombre–. He visto prendas parecidas a ésta provenientes de uno de esos países.

–Es probable– suspiró Samuel– Gracias de todos modos.

Algo útil había sacado de esta visita. En las líneas grabadas, percibió un indicio que le movía a creer que había sido un crimen pasional. El trágico final de una romántica historia de amor iniciada tal vez en Ecuador, de donde era oriundo su extinto vecino, que en vida le contara que había venido a España ante las magras perspectivas que le ofrecía su país. Había elegido Barcelona como lugar de residencia porque en ésta veía una amplitud de posibilidades para progresar. Había llegado al vecindario cinco años atrás, y desde entonces llevaba una vida tranquila y casi solitaria. De vez en cuando había recibido la visita de sus paisanos, con los que armaba alguna jarana que nunca pasaba de las diez de la noche. Había sido un tipo meticuloso, que se guardaba de los excesos y respetaba el descanso de los demás vecinos. Tampoco nunca había exagerado en sus charlas con las viejas cotorras que siempre hay en los vecindarios.

Mientras andaba por una callejuela del barrio de San Antonio, Samuel recordó una escena, durante el cumpleaños de Efraín al que había sido invitado por su amable vecino. En la reunión, además de tres muchachos, amigos del anfitrión, había una mujer  que de continuo se pegaba a Efraín y le besaba con melosidad. Él correspondía a los besuqueos de la mujer a la que cariñosamente llamaba Marta. Samuel cerró los ojos haciendo un esfuerzo para recordar mejor las facciones de aquella mujer. Era de mediana edad, tenía el pelo lacio y el rostro moreno. Probablemente era ecuatoriana, por sus rasgos y modo de hablar. No llevaba collar en el cuello, ni sortijas en los dedos, ni pulseras en las muñecas. ¡Pero si llevaba aretes! ¡Y eran como uno de los que tenía en la mano! Samuel abrió los ojos estupefacto. “Iguales a éste, en forma de flor, con borde plateado y cuerpo cremoso.” En aquella ocasión los aretes habían resaltado el rostro sonriente y los labios insinuantes de la chica. ¿Pero quién era ella en realidad? Si no era la tal Maite, ni la rubia de las piernas enormes, ¿Sería otra novia de Efraín? En el vecindario no se le conocía por mujeriego, aunque tal vez lo fuera, ¡quién sabe! Ahora había otro interrogante, ¿la tal Marta había estado en el lugar del crimen? ¿Correspondía a ella la silueta de mujer que vio aquella noche? Pero, ¿por qué no bajó al patio a ayudarle? En vez de auxiliar a su amado, huyó de prisa por algún motivo. Esta actitud la convertía en sospechosa, igual que la rubia de piernas largas, mientras que Maite, la esposa, estaba casi descartada.

Suspiró con dificultad, en realidad eran tres las mujeres que había visto con antelación y que estaban relacionadas con el hombre asesinado. ¿No habría sido todo producto de un macabro triángulo de amor?

 

Samuel, el voluntarioso Sherlok Holmes, tenía tiempo de sobra para reflexionar sobre cualquier asunto que copara su atención. Estaba en el paro y lo que percibía de la entidad pública apenas le alcanzaba para cubrir sus gastos básicos. Para los gastos extras debía hacer alguna faena. Por lo demás, era célibe, solterón empedernido. Su desconfianza en todo y en todos lo había recluido en la soledad. No tenía pareja ni amaba a ninguna mujer. Y sólo a las quinientas, cuando algún dinero sobrante reconfortaba su ánimo, se hundía en las Ramblas buscando putas de su gusto que satisficieran sus necesidades. Aunque en los últimos tiempos, debido a sus escasos ingresos económicos, no podía darse ese gusto y para remediarlo se masturbaba en solitario viendo alguna película porno.

Samuel no madrugaba ya que no tenía la responsabilidad de marcar tarjeta en ninguna empresa. Se levantaba de la cama sobre las nueve de la mañana y tras asearse desayunaba. Luego salía de casa y se hundía en las viejas calles de la ciudad buscando un empleo. Por entonces, la situación económica era desastrosa en España. La crisis causada por el estallido de la burbuja inmobiliaria y la especulación financiera de los grupos de poder económico, se había agudizado con los brutales recortes  y medidas anticrisis aplicadas por el gobierno de Mariano Rajoy. El pueblo recibía duro castigo y nadie podía hacer nada salvo protestar en la calle. Mucha gente, con la esperanza aniquilada por el embate de la crisis, sentía  nervios y angustia por no saber que sucedería mañana, si tendrían o no recursos para sobrevivir.

España sufría un retroceso económico en el tiempo. Era un país donde ya no había trabajo fijo, ni techo seguro, ni ayudas básicas, las familias a duras penas llegaban a fin de mes. El paro, el hambre y la incertidumbre, mellaban la salud mental de muchas personas. Y en un pueblo convaleciente y necesitado se mostraban estancadas la producción, el consumo y la cultura, no se construía casi nada, ni florecían las artes, se perdía todo, hasta la dignidad moral y el respeto a los valores humanos alcanzados.

Samuel, al día con las noticias, no entendía por qué el gobierno, en su afán de afrontar la crisis que había destruido las arcas del Estado, sacrificaba a las familias imponiéndoles mayor presión fiscal y desmedidos recortes sociales, por qué prefería reflotar a las empresas que manejaban el dinero, a bancos usureros que lucraban con el dolor ajeno y crecían a costa de hundir en la miseria a familias enteras.”El gobierno debería buscar salidas más positivas.”, pensaba. Desde el estallido de la crisis, cuatro años atrás, se habían perdido más de un millón de puestos de trabajo –entre ellos el de Samuel–y en la actualidad había cinco millones de ciudadanos desocupados –incluyéndose también a Samuel –lo que hacía difícil que él, residente colombiano en Barcelona, que se movía entre el umbral de la pobreza y la marginación social, tuviese posibilidades de conseguir pronto un empleo.

A pesar de su crítica situación económica, Samuel estaba decidido a resolver el crimen del vecino del ático primera.

 

Samuel reanudó sus andanzas de investigador anónimo y asistió al velatorio de Efraín, oficiado en una sala del Tanatorio de Sancho Dávila. La gente repletaba la pequeña sala y llegaba a ocupar los pasillos. Tras la misa de cuerpo presente oficiada por un cura, el cónsul de Ecuador, dio un discurso resaltando las cualidades del difunto como padre, esposo y amigo y el compromiso de su Consulado de prestar apoyo a la familia que había decidido no repatriar los restos  de Efraín a su país de origen sino enterrarlos en esta ciudad. Luego, hacia las 12 del día, el ataúd fue sacado de la sala e introducido en una carroza adornada con flores, que a mínima velocidad y seguido de una caravana de vehículos, enrumbó al cementerio de Montjuick.

 La multitud compungida, copó los pasillos que dejaban entre sí dos largos pabellones enjalbegados. Y luego, el ataúd con los restos de Efraín fue introducido en un nicho compartido con otros dos fallecidos anteriormente. El entierro se realizó entre gritos, llantos y otras muestras de pesar de los familiares, amigos y vecinos del extinto que habían venido a darle el último adiós.

Samuel estaba parado con los brazos cruzados por detrás de la apesadumbrada muchedumbre. Estaba sumido en sus reflexiones cuando al volver la mirada hacia una mujer que hablaba en voz baja con un hombre corpulento, se quedó estupefacto. Era la misma que había visto la noche de la celebración del cumpleaños de Efraín. Era la otra novia del difunto, la de los aretes. ¡Ella también estaba involucrada en el asesinato!

La mujer, al percibir la mirada fija de Samuel, giró el cuerpo y junto a su acompañante empezó a alejase del lugar. Samuel, que había extraído del bolsillo de su chaqueta el arete, la siguió por detrás con mirada firme y paso decidido.  De pronto decidió hablarle:

– ¡Señorita Marta, espere! ¡Tengo algo suyo!

La mujer a pesar de haber oído su nombre no le hizo caso, al contrario, echó a correr como si fueran a atacarle. Su acompañante en cambio, un hombretón caradura, se fue contra Samuel. Le dijo: “¿Que quieres carajo?” y le empujó con fuerza haciéndole caer sobre una vereda del camposanto. Samuel se incorporó de prisa y envalentonado le gritó: ¡Todavía tienen sangre para venir a ver el entierro de su víctima! ¡Asesinos!

 Los gritos atrajeron la atención de la familia del difunto. Entre varios acorralaron al hombre de rostro fiero y tras propinarle una paliza lo inmovilizaron. Mientras Samuel, acompañado de dos hombres jóvenes –los hermanos de Efraín– perseguía a la mujer señalándole con su dedo acusador: “¡Asesina!”. Los otros dos, más ágiles  que Samuel, alcanzaron a la mujer y empezaron a golpearla sin miramientos. La viuda de Efraín llegó también y desahogó su rabia abofeteando a la mujer y luego tirándola de los pelos con furia.

–Señores, permítanme –dijo Samuel acercándose a la mujer llorosa y adolorida que desde el suelo imploraba piedad a sus castigadores.

–Este arete es suyo, ¿verdad? –le preguntó Samuel

El rostro de la mujer se descompuso por completo. Uno de sus captores, iracundo, sacó del bolsillo una navaja y la puso en el cuello de la mujer

– ¡Confiesa!–le dijo con gesto acerado–. ¡O te corto las orejas y nunca más podrás usar aretes!

–¡Un momento, traigan al hombre que me agredió!.

A pedido de Samuel, el hombretón caradura fue traído a empujones por sus captores y obligado a sentarse  junto a la acusada. En aquel ventilado pasillo del cementerio de Montjuick ambos fueron sometidos a un somero juicio popular. A esa hora, una de la tarde, salvo la gente que había venido al entierro de Efraín, nadie más transitaba por aquel pabellón mortuorio, lo cual contribuyó a que el interrogatorio se realizara sin interrupciones:

Samuel conminó a  la alicaída mujer a que dijera la verdad:

 –Sabemos que usted estuvo en el apartamento de Efraín la noche que lo mataron. Esta prenda –Samuel volvió a mostrarle el arete– es una prueba de ello. Dígame ¿es suyo, verdad?

La mujer empezó a chillar negando con la cabeza.

– ¡Es tuyo, desgraciada! ¡Ahora lo niegas! ¡Son las que te regaló mi marido al que mataste! ¡Están tus iniciales Marta Mercado!

La viuda de Efraín, segada por la rabia, le quitó el arete a Samuel y  a la fuerza lo incrustó en un orificio de la oreja de su inmovilizada rival que no cesaba de aullar de dolor. “¡Víbora! ¡Ahora te lo voy a demostrar!” gritó Maite y tras extraer de su cartera una fotografía donde aparecía la amante de Efraín luciendo idénticos aretes, se la mostró a ésta, que, desenmascarada,  no pudo más y  explotó:

– ¡Sí, es mi arete! ¡Jódete! ¡Él me lo regaló! ¡Me quería más que a ti!

– ¿Por qué lo mató? – le preguntó Samuel con voz tajante.

La mujer volvió a quebrarse en llanto sin responder a la pregunta.

La viuda volvió a lanzarse sobre la acusada y a cachetearla con furia. Mientras Samuel se dirigió al otro acusado que lo oía todo en silencio,

–Tú eres el ejecutor ¿verdad? Arrojaste al vacío a Efraín desde la ventana de su piso –le dijo–. ¿Te lo ordenó ella, tu amante?

El hombretón se puso pálido. Lo negó todo con gesto trémulo y dijo que tenía derecho a un abogado. En respuesta recibió una lluvia de golpes que lo dejaron grogui.

Samuel, haciendo el papel de fiscal, se volvió hacia la mujer, que ahora tenía el rostro reventado a causa de los golpes, y le reiteró la pregunta:

¿Por qué mató a Efraín? ¿Cuál fue el motivo verdadero que tuvo usted para deshacerse de él?

– ¡Habla maldita!  –La viuda de Efraín– volvió a perder los nervios  y tras desenvolver un papel escrito se la mostró a la acusada. ¡Es tu carta! ¡La voy a leer para que todos se enteren!

–Permítame que lo haga yo – le dijo Samuel

La viuda  aceptó y le entregó la carta a Samuel que empezó a leer:

“Querido Efraín. Te escribo estas líneas con el dolor de mi corazón por tu decisión de que lo nuestro se acabe. Me sacas de golpe de tu vida como si fuera algo inservible. Yo, que te amé con toda mi alma. Yo, que te di mi virginidad, mis sueños de juventud, mis mejores años. Yo que supe hacerte más feliz que tu esposa Maite, que fui tu fiel Penélope, te esperé todo el tiempo que quisiste y acepté su decisión de no divorciarte de tu mujer para casarte conmigo. Y hoy me lo pagas así, con vil traición. Ahora entiendo que para ti nunca dejé de ser la otra, tu escondida amante, la que no puedes besar y acariciar delante de todo el mundo por conveniencia o vergüenza. Dime ¿alguna vez me amaste de verdad? Ahora lo dudo. Fui una tonta al creer en tus palabras. He soportado en silencio mi pena, el saber que me dejas por una mujer más joven que yo. ¿Te olvidas, cabrón que yo también lo fui? Con dieciocho años me metí contigo sin pedirte nada a cambio. Fui la flor que tú marchitaste y ahora arrojas a la basura para quedar libre y encamarte con otra. ¡Te odio Efraín!, y espero que mi odio no te alcance porque te haría daño. Por último, quiero que te quede claro que jamás aceptaré que me dejes, como jamás borraré de mi mente aquella frase que en una vez, en nuestro lecho de rosas, te lo dije y tú sonreíste tomándolo a bien: Serás mío o de nadie ¿Lo recuerdas? Hasta luego Efraín. Espero que volvamos a vernos pronto. Marta.”

La viuda de Efraín volvió a amonestar a la acusada:

– ¡Aquí le adviertes a Efraín que lo vas a matar si descubres que te es infiel! ¡Le dices serás mío o de nadie! ¡zorra!, ¿que te pasó, viste que te ponía los cuernos con otra y por eso lo mataste?

La mujer, herida quizás en sus sentimientos, reaccionó hecha una fiera:

– ¡Tú no tienes derecho a hablarme así! ¡Él ya no te quería! ¡Me quería a mí! ¡Yo era el amor de su vida! ¡Y yo también lo quería! ¡Éramos muy felices, como nadie se puede imaginar! ¡Y sí, lo maté!, ¡con la ayuda de mi hermano! –señaló con la mirada al tipo caradura–: ¡lo golpeamos y lo tiramos por la ventana! ¡Lo maté sí, pero por amor! ¡Díos mío, perdóname! ¡No podía soportar que esa rubia ramera me lo arrebate!

-¿De qué rubia habla? -preguntó Samuel haciéndose el tonto, si como si no supiera que una mujer rubia estuviera relacionada en el asesinato.

-¡De la que encontré cenando con Efraín aquella noche! ¡A ésa le advertí que iba a matarla si volvía a aparecerse por ahí! ¡La maldita se enfrentó a mí, me empujó y me hizo caer al suelo¡ ¡Pero yo llamé por teléfono a mi hermano que vino pronto y entre los dos la sacamos a patadas del piso de Efraín! !

Samuel lo entendió todo: la fragancia de la mujer rubia, el arete que probablemente se desprendió de Marta al caer al suelo, el asesinato de Efraín a manos de los dos  hermanos.

-¡Tú lo planeaste todo! ¡Te voy a matar desgraciada! 

La viuda de Efraín, fuera de sí, con una piedra en la mano se acercó a la asesina de su marido con la intención de volver a golpearla. Pero esta vez alguien se lo impidió.

– ¡Es suficiente, señores! La policía se encargará de lo demás.

Un joven alto y atlético, vestido deportivamente, que había surgido de entre los curiosos, mientras mostraba su placa de policía a Samuel y a la descontrolada viuda de Efraín, advirtió enfático que un coche patrulla venía en camino para llevarse a los detenidos

Varias personas exaltadas empezaron a insultar a la mujer: “¡Hija de puta! ¡Criminal” “¡Te vamos a matar”!

Uno de los hermanos de Efraín que blandía en la mano una filuda navaja  intentó clavar su arma en el cuerpo de la acusada, pero el custodio actuando con rapidez sacó su pistola y lanzó un disparo al aire que retumbó en la montaña atemorizando a todo el mundo.

–¡Tranquilos! –gritó el gendarme– ¡A nadie conviene que la sangre llegue al río!

De pronto, entre ensordecedores ruidos de sirena, se aparecieron dos coches patrullas y una ambulancia. Los acusados, con moretazos y otros signos de golpe en el cuerpo, fueron atendidos por parte de de la ambulancia y luego introducidos en uno de los coches patrulla. El joven agente que estuvo infiltrado entre los familiares del asesinado se acercó a Samuel, acompañado de su superior, un viejo de traje gris y oscuras gafas, y le agradeció por su participación en el caso.

 –Sabíamos que usted indagaba sobre el caso y le dejamos actuar –le dijo el hombre de las gafas que tenía grado de inspector – Le damos las gracias por todo.

–Han intervenido a tiempo -les dijo Samuel- Un poco más y la familia de Efraín hubiera linchado a esos dos. Y añadió suspirando-: Bueno, ahora mi vecino podrá descansar en paz

–Quédese tranquilo. Los asesinos del señor Efraín irán a la cárcel y pagarán su delito.

Los policías se despidieron de Samuel con un apretón de manos  y luego de intercambiar palabras con algunas personas subieron a sus vehículos y abandonaron el camposanto.

Samuel, a su vez, se despidió de la viuda de Efraín, que ya se había tranquilizado, y de otros familiares del recién enterrado. Luego abandonó el cementerio, volviendo sus pasos, hacia el Eixample barcelonés. Bajó por una ladera de Montjuick, cruzó la transitada avenida Paralelo y en pocos minutos llegó al añejo bloque donde se ubicaba su vivienda. Mientras subía por las escaleras, sus ojos detectivescos iban revisando las manijas de las puertas, los cristales de las ventanas, las bombillas de los pasillos, nada escapaba a su ojo perspicaz. Inspeccionó además los buzones de correspondencia y la puerta de entrada al ascensor, hasta comprobar que todo estaba en orden. Entonces, tranquilizado, subió a su piso.

Horas más tarde, cuando la noche envolvía con su oscuro manto la ciudad condal, Samuel asomó el rostro por algún punto de aquel elevado terrado, cual vigilante Quasimodo, para verificar que reinara la paz en el edificio donde vivía.