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EL PROYECTO DE LA GALERÍA PROPIA

 

 

 EL PROYECTO DE LA GALERIA PROPIA

El proyecto que más entusiasmaba a Jubert era la adquisición de un terreno en el centro de Lima con la idea de construir allí galerías comerciales. Sabía que para ello tendría que desembolsar fuertes sumas de dinero, correr toda clase de riesgos económicos y sacrificar además su tiempo y energía. Era un caro y preciado sueño, para cuya realización venía ahorrando dinero en dos Bancos desde hacía un tiempo atrás, bajo reglas de austeridad que le obligaban a prescindir de algunos gastos superfluos.
Con este anhelo repasaba a diario los anuncios de la sección de venta de casas y terrenos en los periódicos locales o visitaba agencias inmobiliarias. Pero los precios que éstos pedían por una vetusta mansión o un simple lote eran exorbitantes. Por lo que consideraba más conveniente eludir a los intermediarios y hablar directamente con el propietario para la adquisición de un inmueble.
Y, casualmente, mientras buscaba la inversión, alguien le avisó que en la avenida Emancipación había una finca deshabitada de mil metros cuadrados que estaba vendiendo un señor que -según decían - era jubilado y se había ido a vivir a otra zona residencial de Lima. Presto averiguó el paradero de este hombre y fue a verlo. Era un tipo alto, gordo con cara de gato, quien le chamulló:
-Es una casona con historia, donde ha vivido gente ilustre de la Colonia
- ¿Cuánto pide por ella? -preguntó Jubert.
-Sólo porque me caes bien -dijo el otro, con una sonrisa forzada- te la dejo en trescientos mil dólares. Y agregó-: Si te interesa, tendrás que darme setenta mil dólares en efectivo como entrada.
Jubert agrandó los ojos. El precio le parecía excesivo. Supuso que la vendía tan caro porque la finca estaba enclavada en el corazón de Lima. El problema era que sus recursos disponibles apenas llegaban a la décima parte de la cantidad pedida. ¿Dónde conseguir ese dinero, sobre todo el que necesitaba para la entrada? Tuvo una idea, y, le dijo al hombre que ya le llamaría por teléfono para hablar sobre el tema.
Volvió al piso, se vistió de terno y corbata, cogió su brilloso maletín negro y apurado se fue a hablar con el encargado del departamento de créditos de uno de los Bancos donde tenía sus ahorros. Le pidió un crédito de cincuenta mil dólares. El bancario tosió y le dijo que iba a revisar detenidamente su solicitud,
Jubert le contó un chiste para hacerle reír y luego con toda confianza le dijo que lo invitaba a almorzar a la hora que él saliera del trabajo. El empleado bancario cuyo nombre era Manel, le respondió dubitativo:
-Bueno, no sé.
-Entonces quedamos -le dijo Jubert, poniéndose de pie- a las dos de la tarde en la esquina de Plaza de Armas con jirón la Unión.
Antes de salir del Banco, le estrechó la mano con familiaridad y le recordó que a la hora convenida estaría esperándolo en aquel punto neurálgico de la Lima vieja. Dos horas, más tarde, mientras ambos aprovechaban una sabrosa comida, el bancario le dijo que por su parte había aprobado ya la solicitud.
-Sólo falta la firma del director -añadió-. Es posible que lo haga mañana.
-Tengo en mente un gran proyecto -suspiró Jubert. Y espero que todo salga bien.

Estaba dilucidando sobre a qué sector de la población destinar sus proyectadas galerías. Pensó en los comerciantes ambulantes que ansiaban establecerse en puestos propios. Pero éstos no le parecían fiables como clientes, no podrían demostrarle solvencia económica, requisito indispensable para que él asumiera el riesgo de venderles a crédito sus imaginadas tiendas. Además estos trabajadores no tenían una dirección exacta y permanente de sus centros de trabajo, ya que a menudo la policía municipal los obligaba a irse hacia otros puntos callejeros. Así, sintiéndose ya un empresario inmobiliario, preveía el inconveniente de estar perdiendo el tiempo gestionando una cartera de impagados mientras la deuda pendiente con el Banco se acumulaba en su contra.
Era preferible tener clientes con buena base de fondos propios que les sirvieran como garantía de pago. Pensó en aquellos comerciantes establecidos en tiendas que estuvieran planeando abrir otras para ampliar sus redes comerciales. También podría ofrecer sus galerías a los directores de empresas privadas que quisieran montar un negocio por cuenta propia a fin de obtener ingresos complementarios a sus sueldos. Creía que no le sería difícil encontrar clientes idóneos para su centro comercial; además él haría propaganda, pondría en el mismo terreno un letrero grande para llamar la atención del público.
Y, aunque los clientes tardasen en llegar, la sola propiedad del inmueble, a pesar de su estado ruinoso, era ya negocio porque su valor de mercado iba en alza con el paso del tiempo. Cogió su calculadora y aplicando la fórmula del valor presente en composición continua calculó que en cinco años, siempre que la tasa de inflación se mantuviera constante, el valor del inmueble sería cerca del cincuenta por ciento más del actual. Era pues una magnífica inversión; y de otro lado era menos riesgosa que la compra de vehículos usados.
Pronto recibió la llamada telefónica de su amigo bancario. Pero se le fue la sonrisa cuando le oyó decir que el director del Banco pedía un aval para aprobar la solicitud ya que el crédito era elevado. "¿De dónde saco ahora un avalista? ¿Por qué ese señor la hace larga?", gruñía Jubert, mientras el otro seguía diciéndole que su superior pedía esa garantía para minimizar riesgos en la operación financiera.
- ¡Vaya contratiempo que me causa mi banco!
Jubert refunfuñaba, mientras el otro terminó por lavarse las manos.
-Si todavía estás interesado en el crédito, anda habla con el director pero llévale todo lo que pide.
Jubert, enfadado, colgó el teléfono al empleado bancario. "Si para prestarme cincuenta mil me la ponen difícil, peor sería si les pido trescientos mil" masculló. Y, entonces, decidió que la hipoteca para la compra de la finca que tenía en mira lo solicitaría en su otro Banco donde tenía otra cuenta.

Para salvar el impase inesperado, consideró la opción de recurrir a la ayuda paterna. Por cierto, gracias a la mediación de su madre, la relación con su padre había mejorado y ambos ya se dirigían la palabra cuando la familia se reunía en casa para celebrar alguna fiesta. Justamente, en la última navidad su padre le había invitado a fumar la pipa de la paz para así olvidar las rencillas del pasado. Jubert había aceptado la comedida invitación, sólo para satisfacer a su madre la más interesada en verlos reconciliados. Aunque luego, por estimación propia, volvería a negarse al viejo afán progenitor de darle trabajo en una de sus tiendas.
Pero ahora, debido a su ambicioso proyecto, necesitaba del auxilio paterno. Fue a verle a su despacho, pero no lo encontró en ese momento. Una empleada le dijo que el señor estaba atendiendo a un cliente. Lo esperó; y mientras, se distraía con las figuras virtuales que mostraban las pantallas de los ordenadores acomodados junto a una serie de ratones inalámbricos que hacía corro a las selectas impresoras que incluían teléfono, fax y escáner. En las amplias vitrinas de la tienda se exhibían los más sofisticados equipos informáticos.
Sabía que su padre adquiría estas existencias de los fabricantes japoneses, a buen precio y a crédito, y que una vez inventariadas y abrillantadas las ponía en sus tiendas para revenderlas, al por mayor o menor, a cinco veces más del precio que le había costado. Se aprovechaba de la gran demanda que había de estos productos, ya que el mundo actual vivía la era de la revolución informática.
Era admirable el éxito comercial que obtenía el hombre contra el cual se había rebelado. Pensó que si tuviera un carácter más dócil habría aceptado el ofrecimiento de su padre. Y ahora estaría aquí, en su confortable oficina, luciendo traje caro como un pavo real y exigiendo a gritos a los empleados el fiel cumplimiento de sus órdenes. Estaría esmerándose por enriquecer aún más el imperio económico de su ascendiente. Y sería un hombre nunca tocado por las garras de la pobreza, viviría ajeno a los trajines y al sufrimiento de sus amigos, aquellos que a duras penas se ganaban el pan diario revendiendo baratijas por las calles.
Pero más grande era su orgullo, ese sentimiento que le hacía adoptar una actitud altiva y de total independencia de sus actos. Por ningún motivo aceptaba que nadie le dirigiera la vida y le señalara un destino. Y mucho menos su padre, el omnipotente señor, a quién pensaba seguir rechazando siempre porque en definitiva quería tener su propia identidad y no ser una mera fotocopia suya.
La empleada de la tienda salió a decirle que el jefe ya podía recibirle. Jubert, con gesto decidido, puso pie en el decorado despacho de su padre. "¡Mi hijo prófugo, qué milagro!", oyó el saludo irónico que éste le dirigió desde su silla giratoria. Le respondió sin pestañear que había venido a hablarle de negocios, no a pedir limosnas. Y, de manera sucinta, aunque con alusión a los puntos más importantes del tema, le explicó su proyecto del centro comercial.
Esperaba un comentario de su viejo, pero como éste no decía nada rompió el silencio glacial que había en la oficina y fue directo al grano. Le pidió que fuera su garante para un préstamo que estaba solicitando al Banco. Su padre, que le había escuchado con atención, se enderezó en la silla y con expresión marcial en el rostro le dijo que si estaba pensando en comprar terrenos para construir tiendas y venderlas luego a sus amigos, esos ambulantes venidos de la sierra, pues mejor sería que se olvidara de este negocio porque iba a fracasar.
Jubert le aseguró a su padre que la oferta de sus galerías comerciales iba a ser dirigida a gente con capacidad económica, que esto ya lo tenía planeado. Y luego, para convencerlo, se inventó cosas que él creía que le gustaría oír a su padre.
-Mi intención es convertirme en un terrateniente urbano, mediante la compra y venta de inmuebles. Quiero ser como usted, rico y poderoso para tener el mundo a mis pies...
-¡Basta! -le dijo su padre-.Te avalo para tu préstamo, a condición de que trabajes conmigo durante un tiempo, al menos hasta que aprendas a llevar alguna de mis tiendas.
A Jubert no le extrañó en absoluto que de esta situación crucial sacara partida el viejo zorro. Una hora después, y tal como lo había previsto, Jubert llegaba a un acuerdo con su padre.

Jubert volvió a analizar la operación de compra de finca y comprobó que iba a resultarle cara. Y, ante la posibilidad de que el Banco le embargase la propiedad en caso de no poder devolver el préstamo, titubeó "Lo mejor sería comprarla con personas que me ayuden a pagarla". Pensó otra vez en sus amigos, los comerciantes callejeros. "Con ellos sí podría, siempre y cuando aportasen sus cuotas lo que sumarían buena cantidad de dinero".
Y tras darle varias vueltas al asunto, decidió presentar el proyecto a sus colegas. Ante todo habló sobre el tema con su novia que se sorprendió de que él quisiera involucrar a los vendedores ambulantes en su caro designio.
-Será por el bien de todos -suspiró Jubert
-De acuerdo, cariño -le dijo Pitufa-. Y ahora mismo haré llegar los volantes de convocatoria a los compañeros.

A la hora señalada para la reunión, un centenar de comerciantes del campo ferial Las Malvinas hicieron alto a sus ventas y se agolparon en el pasillo principal del recinto. Jubert, ubicado en lugar visible, se dirigió a ellos:
-Queridos amigos. Los he convocado para explicarles un proyecto que estoy seguro les va a interesar. Se trata de adquirir entre todos nosotros una finca de mil metros cuadrados que está en venta por trescientos mil dólares. En realidad el inmueble está en ruinas pero tiene valor comercial ya que está ubicado en una céntrica avenida. Señores, quiero saber si ustedes están dispuestos a participar conmigo en la compra de esta finca
- ¿Debemos hacerlo por obligación?-preguntó un comerciante
- Creo que sí - le respondió Pitufa-. Tarde o temprano los alcaldes nos botarán de este mercado.
-Depende de los alcaldes -dijo otro comerciante-. Si fueran comprensibles como Del Castillo o Ricardo Belmont no tendríamos que preocuparnos
-Seamos realistas -volvió a intervenir Jubert-. Nuestra permanencia definitiva en este campo ferial no es segura. Y para evitar un posible desalojo y además pensando en el progreso, les propongo que compremos ese inmueble con la idea de construir allí nuestras propias tiendas comerciales. Sería una gran oportunidad para mejorar nuestros negocios y crecer como comerciantes.
El auditorio había enmudecido ante la interesante proposición del joven compañero, que continuó diciendo:
-Estoy decidido, por eso he venido adelantando gestiones a través de mi Banco. Al principio pensaba adquirir yo solo el inmueble, pero ahora considero que conviene más hacerlo en grupo para afrontar mejor los pagos. Además a causa de la crisis económica mis negocios no andan bien, al igual que los de ustedes, seguramente. La situación es difícil para todos. Pero, si nos unimos y hacemos un esfuerzo conjunto podemos conseguirlo. ¡Señores, les pido que se arriesguen a la realización de este proyecto! ¡Hagámoslo como una asociación!
- ¿De qué tamaño serán los quioscos? -intervino una vendedora de ropa.
-De concretarse la compra -prosiguió Jubert- se distribuirá el lote por partes iguales entre los trabajadores que participen en ella. Y, aproximadamente, a cada uno le correspondería unos 5 metros cuadrados de terreno para montar su puesto de trabajo, y aparte quedarían espacios para los pasillos, los baños, las cabinas telefónicas, la caseta de seguridad y otros servicios que requiere un área comercial. Señores, la adquisición de la finca sería un gran primer paso, pero el objetivo final debería ser la construcción de un mercado del cual nunca nadie podría echarnos.
- ¿Cuánto nos va a costar todo eso, señor? -preguntó un frutero timorato.
- Sería una operación financiada por el Banco con unos intereses devengados en una determinada cantidad de años. Haciendo cálculos, por el préstamo bancario se pagarían cuotas mensuales de tres mil setecientos dólares contando los intereses y en un horizonte temporal aproximado de seis años y medio. Les recalco que mi Banco está dispuesto a la concesión hipotecaria y creo que no pondrá objeciones para formalizar la compra.
-Su proyecto es bueno, pero inalcanzable -dijo una verdulera indecisa.
- ¡Todo es posible señores! Si tuviéramos ese amplio terreno en propiedad podríamos construir allí un edificio. Hagámonos solo una idea de las dimensiones que tendría por ejemplo un local de tres plantas. En ella habría unos 300 stands comerciales. Nosotros, los impulsores, que somos cerca de ciento cincuenta, ocuparíamos las plantas bajas y las de arriba serían para la gente nueva. Esos stands los venderíamos con un margen de beneficio. Estoy seguro que con una buena campaña publicitaria otros comerciantes vendrían a adquirir sus tiendas en nuestro emporio comercial. Las venderíamos al contado o a plazos, y estos ingresos nos servirían para amortiguar nuestra deuda al banco y además pagar a la compañía constructora que levantaría el edificio.
- ¿Y si falta dinero para la obra, compañero? -murmuró una vieja zapatera.
-Pediríamos una ampliación de préstamo al Banco. Para estas gestiones además de los cobros, pagos y otros trámites administrativos la asociación deberá nombrar un Consejo administrativo.
Jubert hizo un alto a su alocución para sacar una hoja impresa de su carpeta. Luego continuó:
- ¡Señores, respecto a la financiación, tengo cálculos más precisos! La inversión total sería los setenta mil dólares que se debe dar de inicial al propietario, más los doscientos treinta mil que nos prestaría el Banco, más otros doscientos cuarenta mil que según un ingeniero civil, amigo mío, ha calculado que costaría la construcción del edificio. A estos montos hay que añadirles los intereses de las operaciones. En total, unos quinientos ochenta mil, cifra que dividida entre ciento cincuenta nos daría una cantidad de tres mil novecientos dólares. En teoría éste sería el coste unitario de una galería.
- ¡Está loco! ¿De dónde vamos a sacar ese dinero? -exclamó una vendedora de baratijas con gesto desanimado.
- ¡Por favor! Al coste unitario hay que añadirle un beneficio para fijar el precio de venta destinado a la gente que no pertenece a la Asociación. Entiéndanme. Si vendiéramos los ciento cincuenta stands a cuatro mil doscientos cada uno, por ejemplo, obtendríamos unos seiscientos treinta mil dólares. Con esta cantidad fabulosa, a la que habría que restarle un diez por ciento en concepto de licencias, trámites y otras gestiones administrativas además de las provisiones para clientes impagados y otros retrasos, estaríamos financiando buena parte del costo de nuestras áreas comerciales. En teoría, sólo tendríamos que pagar unos mil dólares por cada tienda. ¡Señores, mejor proyecto para el futuro no creo que pueda existir! ¡Hagamos un esfuerzo por el bien de nuestras familias!...
Todas las miradas de aquel corro de personas estaban fijas en Jubert, todos los ánimos se habían apaciguado ante la esperanza del futuro establecimiento propio. Algunos creían ver en él a un ángel alado, joven y hermoso, un ser azul con corazón e ideas grandes, que había plegado sus alas junto a ellos para guiarlos en la tierra por el camino del progreso. Algunas ancianas derramaban lágrimas de emoción. La voz del ángel los envolvía en una especie de éxtasis, dejándoles con la dulce sensación de contemplar imaginariamente el sueño del puesto propio.
Pitufa, conmovida por las palabras de su novio, que pretendía solucionar el problema que afrontaban los ambulantes desde hacía muchos años, le miró con cariño y admiración.
Ollanta, viejo dirigente de trabajadores ambulantes, que hacía poco había recobrado su libertad tras seis años de encarcelamiento, estaba allí presente, sumido en profundas reflexiones Oía el bello canto del cisne sin atreverse a aceptar o rechazar la propuesta. Él tenía autoridad moral para opinar por su larga trayectoria como dirigente, pero no lo hacía. Seguía absorto, como si estuviera analizando una a una las palabras de aquel descendiente de familia rica hoy convertido en alabado hijo del pueblo, que, mediante la compra de un bien inmobiliario, pretendía acabar de un plumazo con la lucha por el puesto propio que desde hacía décadas venían realizando los trabajadores ambulantes. Creía que el destino era más benévolo con este pituco que seguía hablándoles a los compañeros con un lenguaje sencillo pero preciso, sin exagerar en su retórica, como si estuviera sacando sus ideas del cerebro y no del corazón. Ollanta decidió no hablar y dejar que la asamblea popular decidiera aquella propuesta.
Cuando Jubert terminó su exposición, la mayoría de los comerciantes comenzó a decir que estaban de acuerdo con él.
-La gente confía en ti, cariño -le dijo Pitufa abrazándolo.
La emotiva Olga aprovechó para echarle flores a su futuro yerno:
- ¡Hijo, usted es un hombre inteligente, culto y con apego especial hacia los pobres! ¡Reúne todas las cualidades para convertirse en líder gremial y político!
-Qué ocurrencia, doña Olga -sonrió Jubert-. Sólo quiero prosperar como comerciante junto a todos los compañeros de la asociación. Quiero que tengamos un puesto legalmente establecido y así dejar de ser vapuleados por las autoridades. Yo creo que hoy hemos hallado una salida al problema que afrontamos los ambulantes que es la falta de un puesto fijo y la informalidad. Con nuestro proyecto que también es social estoy seguro que mejorarán nuestras condiciones de trabajo y de vida. Además una propiedad, por más pequeña que sea, es un valioso activo fijo, tiene valor actual y futuro y es susceptible de convertirse en capital efectivo en cualquier momento.

Tras el acuerdo tomado los interesados empezaron a apuntar sus nombres en la lista del gremio que iba a conformarse para la compra del citado inmueble. Y pronto, muchos de ellos procedieron a romper sus alcancías, otros fueron al Banco a sacar el dinero que con esfuerzo venían ahorrando, mientras otros solicitaron préstamos a sus parientes y amigos para no desaprovechar la gran oportunidad que tenían de hacerse con un puesto propio.
Con animosidad, cada persona o familia inscrita logró reunir el dinero que pedían de entrada los directivos de la "Asociación de Comerciantes Amaru Huamaní", nombre que le habían puesto en recuerdo a un compañero asesinado hacía años por Sendero Luminoso. Los miembros de la junta eran, en su mayoría, ex-dirigentes de asociaciones de ambulantes que habían desaparecido durante el pasado desalojo y que ahora, junto a otras organizaciones de comerciantes, venían laborando en el Campo Ferial de la avenida Argentina.
Jubert, al ver que el dinero recaudado no cubría la entrada para la compra del inmueble, se encargó de completarla. Lo hizo con el visto bueno de los otros dirigentes, como un préstamo que la asociación debería devolverle en el futuro. Luego, los delegados visitaron al propietario y le entregaron el dinero que pedía como adelanto por la transferencia de la finca. A cambio del efectivo, recibieron un papel simple escrito a mano y firmado por el hombre. Y se quedaron tranquilos, pensando que además de haber dado la inicial de la compra estaban amortizando una parte del crédito hipotecario que les iba a conceder el Banco. Tras hablar con el propietario se fueron al Banco para dejar lista la operación de compra del viejo inmueble.
Al día siguiente, a la hora pactada, en la misma oficina bancaria, el notario, un señor elegante con cara de sapo, empezó a leer, ante la presencia de las partes interesadas, las cláusulas del contrato mediante el cual se procedía a la compra con financiación bancaria del inmueble situado en la avenida Emancipación número tal y tal... De pronto, cuando el notario tocaba el punto referente a la cifra indicativa al monto de la hipoteca y al tipo de interés a aplicar por el Banco durante el horizonte temporal de duración de la hipoteca, Jubert puso una objeción:
-Disculpe, no entiendo, ¿cómo es que el monto de la hipoteca sigue siendo doscientos cuarenta mil? Si nosotros ya le dimos al propietario aquí presente setenta mil dólares a cuenta de la compra de la finca.
-Perdón, joven -intervino el propietario-. En realidad no soy el propietario sino un Corredor inmobiliario y de la cantidad que me dio ayer diez mil me corresponden por la prestación de mis servicios.
"Qué pendejo", murmuró Jubert, arrugando las cejas. Tenía ganas de cogerle del cuello y estrangularle, pero se contuvo. Pensó en los sesenta mil dólares entregados y temiendo lo peor le preguntó al hombre si había ya puesto en manos del verdadero propietario el anticipo que le habían dado por la adquisición de la finca. El otro le respondió que sí. Jubert respiró aliviado y se volvió hacia Pitufa a comentarle que, por desgracia, habían caído en manos de un intermediario.
-Pero ¿de qué inmobiliaria es este fulano? -le preguntó extrañada.
- No me lo ha dicho el cabrón.
Jubert se sintió como un tonto. Sólo atinó a lanzar una mirada cruzada al Corredor antes de volverse hacia el delegado bancario.
- ¿Y por qué han subido el tipo de interés? -preguntó.
-Pues como la adquirente es una asociación, hemos considerado que el tipo de interés a aplicar debe ser más alto -dijo el bancario. Y añadió-: Por otro lado el Banco también se cobrará una comisión por apertura de préstamo equivalente al dos por ciento del capital concedido más otra cantidad por gastos de tasación y seguro.
- ¡Una especulación redonda! -Gesticuló Pitufa en voz alta-: ¡El colmo!
-Por desgracia así funcionan los negocios en todo el mundo -intervino Jubert, resignado-. Todos sacan su tajada de la torta.
El hombre de leyes, que parecía ser amigo tanto del Corredor como del delegado bancario, tras cuchichear algo con éstos volvió a intervenir:
- ¡Señores, silencio por favor! Voy a seguir con la lectura de la minuta, y cuando termine de leerla las personas interesadas me dirán si están de acuerdo con firmarla o no.
Ante el silencio reinante en la sala, el profesional retomó su lectura y, al cabo de unos minutos, sin haber sufrido otra interrupción la dio por finalizada.
Jubert pidió al notario cinco minutos de tiempo para reunirse con los miembros de su Asociación y tomar una decisión final. El hombre asintió con la cabeza. El grupo de Jubert salió al pasillo interior del Banco y se acomodó junto a una ventana que daba a la calle. Allí tocaron el tema.
-En estas condiciones yo no firmo -dijo Pitufa-. Me siento estafada.
-Yo tampoco -enfatizó el otro representante de la Asociación.
Jubert pidió calma y aconsejó a todos analizar las cosas con cabeza fría.
-El mercado inmobiliario funciona igual en todo el mundo -volvió a decir-. Los gobiernos lo saben y se hacen de la vista gorda porque este sector sustenta muchas de sus inversiones públicas. Ahora lo que interesa es decidir si firmamos o no el documento. Ya sabemos que el desembolso por la compra de la finca será mayor, por la elevada comisión del corredor y por el incremento del tipo de interés bancario. A mí me jode este sistema de operaciones que está diseñado para que tanto los Bancos como los corredores ganen dinero y, por desgracia, los adquirentes hipotecados no podemos hacer nada. Por otro lado, si volvemos a concentrarnos en la finca, veremos que está bien ubicada y, sinceramente, no creo que podamos conseguir otra más barata por esa zona.
-La gente va a protestar -dijo Pitufa
-No si somos cautos y sabemos explicarles la situación. Además yo me comprometo a cubrir el excedente causado por la comisión del corredor -dijo Jubert, antes de preguntarles-: ¿Seguimos adelante con la operación, señores?
"Bueno, pues". No muy convencidos, los miembros del grupo volvieron al despacho y, con rostros serios, estamparon sus firmas en la minuta. El notario colegiado procedió a corroborar la legalidad de la operación. Y como todo estaba en orden, incluyendo la documentación requerida por el Banco, el notario dio el visto bueno. De esta manera la Asociación obtuvo el préstamo hipotecario necesario para la adquisición de la finca prevista.
Tras ello, a iniciativa de Jubert, el grupo se dirigió al despacho de un abogado y lo contrató para que abriera un expediente de denuncia contra el Corredor cuyo apellido era Fuga, por delito de estafa. Le pidieron también al letrado que exigiera al Corredor la entrega de documentos originales con la firma del anterior propietario donde constara, por escrito que la Asociación había pagado los sesenta mil dólares correspondientes al porcentaje inicial del precio estipulado ya que no había contrato de compra-venta de inmueble.
Jubert le dijo a su abogado:
-Si el Corredor se niega a entregar los documentos requeridos, le formula otra denuncia a nombre de la asociación por apropiación ilícita de bienes.
-Sería conveniente contactar con el ex propietario de la finca para que los asociados podamos arreglar directamente con él este asunto -intervino Pitufa.
-Haré lo posible para solucionar este embrollo -dijo el profesional.
Y lo dejaron todo en manos del abogado, incluyendo el papel simple donde constaba la entrega de los setenta mil dólares por parte de la Asociación, la copia de la minuta del préstamo hipotecario, el número de identificación fiscal del Corredor y otros documentos relacionados con el tema de la compra del inmueble.
Al término de sus gestiones los dirigentes volvieron a reunirse, no para celebrar la compra del inmueble que les había dejado mal sabor de boca, sino para ver la posibilidad de contratar los servicios de jóvenes albañiles no cualificados para la demolición de la añeja construcción. Así reducirían el cuantioso gasto que estaban enfrentando. A los trabajadores de la asociación no les quedaba más remedio que aumentar al máximo sus horas de trabajo para poder juntar el dinero destinado al pago de sus deudas contraídas y sus obligaciones.

Una vez adquirido el inmueble, que tantos desvelos, zozobra y gasto económico le había acarreado, Jubert se dispuso a cumplir con aquel compromiso familiar adquirido de antemano. Empezó a desempeñar, con puntualidad y seriedad, el cargo de gerente administrativo de una tienda de su padre. Trabajaba por las mañanas sentado en un cómodo escritorio, como un gran señor y, paradójicamente, por la tarde continuaba ejerciendo su labor de comerciante ambulante.
Ya se había acostumbrado a quitarse el saco y la corbata en plena calle mientras iba camino al mercado. En la Lima de entonces era cosa normal ver a ejecutivos y jefes de oficina convertirse de la mañana a la tarde en vendedores callejeros. Muchos lo hacían, como un recurso necesario, para conseguir ingresos extras y poder afrontar sus gastos.