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EL TUMI SAGRADO

EL TUMI SAGRADO

Un día de Noviembre, del año 1532, mientras se celebraba una fiesta religiosa en la emplanada central de Cajamarca, capital regional inca, un rumor escalofriante recorrió la plaza. “¡Los barbados!”. La actividad concentrada en el Templo Mayor, donde se encontraba el Monarca Atahualpa con sus súbditos, se rompió con aquel rumor que aterrorizaba a todo el mundo. Uno de los primeros en salir del Santuario fue precisamente el jerarca inca, que luego abandonó la ciudad y se dirigió al campamento de Pultumarca para reunirse con sus generales y tomar acuerdos urgentes contra la invasión de aquella gente foránea que pretendía conquistar el Perú

El capitán Pizarro, al mando de un centenar de hombres, conocidos como los barbados de allende los mares, había irrumpido en la zona norte del Perú e impuesto su voluntad. Los invasores arrasaban ciudades nativas, avasallaban a los jefes de tribus para obligar a sus súbditos a respetarlos, se apoderaban de los ornamentos de los templos religiosos y tomaban con frenesí los cuerpos de las mujeres. Y, en las siguientes semanas, buena parte del Imperio fue expoliado por aquellos barbados que se movilizaban velozmente y con sus armas desprendían fuego envolviendo en pánico a los indios. Sin rivales que combatir, aquella gente extraña cogía todo lo que tenía valor y podía ser movilizado, ante la vista de los ciudadanos que no se atrevían  a enfrentarse a  los sitiadores por temor a perder la vida.

Durante el saqueo, la comunidad religiosa dedicada al culto del Dios Inti, que ocupaba la parte baja de la ciudad, permanecía oculta en la casa de Condori Sinchi, un quipucamayoc aún en formación religiosa. En completa genuflexión murmuraban plegarias para así desterrar el miedo de sus corazones y devolver la paz a sus espíritus. Eran conscientes de que las dádivas del Dios Sol, les llegarían más rápida y con mayor caudal si las pedían todos a una sola vez. De pronto, un aldabonazo en la puerta quebró la misa india y puso en ascuas a los congregados. La segunda vez que llamaron, el dueño de casa se incorporó y con gesto nervioso fue a ver quién era. El temor a que vinieran los barbados a detenerlos descomponía a la indiada local.

Pero ese temor se amenguó al ver el rostro desencajado de Ayar Huallpa, un indio con prerrogativas, que trabajaba en la Casa Imperial y gozaba de la confianza del Soberano

– ¡Se han llevado el Tumi Sagrado! –dijo el recién llegado– ¡Mala suerte caerá sobre nosotros!

Los indios empezaron a lamentarse, se golpeaban el pecho y exhalaban quejidos de dolor, como si les estuvieran castigando.

– ¡Silencio! –Impuso su voz el Amauta Huayna, sumo sacerdote del Sol– ¡El lamento es inútil! Reflexionemos. ¿Qué pueden hacer los barbados con el Tumi Sagrado?

Era cierto, sólo los indios sabían del significado religioso del Tumi de Cuatro Brazos, el dorado cuchillo ceremonial procedente de la casa de Manco Cápac, fundador del Tahuantinsuyu. Los barbados que la habían robado de la casa de Atahualpa –donde había permanecido a resguardo como parte del tesoro del monarca– lo valorarían más por su caudal material y lo que pudieran obtener de él.

El Amauta, tras una prolongada reflexión, dijo:

–Habrá que comprar el Tumi a los invasores. A cualquier precio, aunque sea triplicando su valor en oro.

Ayar Huallpa dijo que él ya lo había intentado, ante el mismo Pizarro ofreciéndole por él una gran suma, pero el jefe de los barbados no quiso oír su oferta ni sus súplicas y luego enojado lo había apartado a un lado de un empujón.  

Los indios empezaron a reprochar a Ayar Huallpa por no haberse mostrado más firme ante ese Pizarro.

El Amauta Huayna meneó con la mano su nívea barba y volvió a intervenir.

–Si los barbados la trasladan esta noche, entonces debemos seguirla.

Se oyeron expresiones de impotencia y temor. ¿Cómo iban ellos a seguir a aquellos salvajes ¿Y si los hombres que se atrevieran a hacerlo cayeran apresados y fuesen asesinados por los barbados? El sabio inca oyó con paciencia la discusión de los congregados y, en un instante, la zanjó dictaminando que esta vez correspondía a los viejos –gente poco útil a los demás  a quienes la propia muerte poco podía arrebatar–, prepararse para seguir al Sagrado Símbolo. Y añadió con seriedad que un niño debía acompañar a los ancianos para que atestiguara ante las futuras generaciones todo cuanto viese en la travesía.

El silencio se instaló en la sala. Todos se miraban sobrecogidos por el temor de que alguno de sus pequeños fuese el elegido para adentrarse en los peligros de aquella noche. Pero Condori Sinchi no lo pensó dos veces.

–Voy en busca de Condorito, mi hijo de siete años –dijo con efusión.

Y tras animar a los viajeros a que cogieran lo que necesitaran coger de su humilde casa abandonó la reunión.

Hacia la medianoche, el padre arrancó de su cama al elegido y sin inmutarse ante los sollozos de la madre del niño, salió con éste a la calle.

Condorito andaba, somnoliento y asustado, entre su padre y el sabio Huayna. Su pequeño corazón palpitaba de miedo y no podía entender por qué lo habían sacado de su lecho a aquellas horas. La noche era inmensa y parecía peligrosa. Pero él se sentía protegido por la gente mayor que iba a su lado. De pronto, picado por la curiosidad, se asió a la mano de Condori Sinchi y le preguntó:

–Papá ¿adónde vamos?

El padre se volvió y gruñó al niño ordenándole que se callara. Pero el Amauta Huayna a su vez reprochó a Condori Sinchi diciéndole que era lógico que un niño preguntase. Y dirigiéndose a Condorito, le acarició tiernamente el cabello y empezó a contarle la historia de un pueblo aguerrido, fundado por un hombre sabio y fuerte emergido del Lago Titicaca, que un día en agradecimiento a los actos milagrosos del Taita Inti, construyó un Templo, tan grande como la actual Coricancha y un ornamento ceremonial: el Tumi, de cuatro brazos, que simbolizaban los cuatro rincones del mundo pertenecientes al Tahuantinsuyu Los incas hicieron también un Altar, en donde colocaron este Símbolo que atestiguaban su eterna fe vigilante.

Durante muchos años, los incas, tal como lo predijo Manco Cápac, vivieron en paz en el Valle Sagrado del Cuzco, gobernados por monarcas de las dinastías inca, entre  ellos Pachacútec organizador del Imperio, sabio y creyente que mandó construir en la ciudadela de Macchu Picchu el Templo más grande dedicado al Padre Sol. El Tumi Sagrado se guardó allí, dentro el Templo y era vigilado de día y de noche por la guardia imperial.

Pero un día, durante la guerra civil causada por los sucesores de la corona imperial, las huestes de Atahualpa que estaba enfrentado con su hermano Huáscar tomaron el Cuzco e irrumpieron en la ciudadela de Macchu Picchu.  El Tumi Dorado, por orden de Atahualpa fue desprendido del Santuario del Señor y transportado al Templo Mayor de Cajamarca. Ante este sacrilegio, varios integrantes de la comunidad creyente cuzqueña, "entre ellos yo" gesticuló el anciano, "ordenados por El Willaq Uma, sumo sacerdote del Sol, iniciamos una etapa de peregrinaje y permanencia en Cajamarca con la intención de poder recuperarlo. Pero este objetivo se ha complicado ahora con la llegada de los barbados que han sitiado la ciudad apoderándose de los ornamentos religiosos de mayor valor, entre ellos el Tumi Sagrado."

El Amauta le dijo a Condorito que así como el Cuzco había sido saqueado por las tropas de Atahualpa, hoy Cajamarca había sido saqueada por los blancos barbados.

En un instante el niño preguntó:

–¿Y el Taita Inti por qué no nos ayuda?

El anciano, sorprendido, se volvió hacia el niño y le dijo que él mismo se había hecho esta pregunta tantas veces, pero como no sabía responderse, a menudo golpeaba su pecho con infinita vergüenza.

El Amauta le dijo a Condorito que no le hiciera más preguntas porque ellas sobrepasaban el límite de su capacidad para responderlas. Le dijo que mejor esperase, que algún día el Dios Inti le contestaría en su propio corazón.

La aurora del nuevo día motivó a los ancianos a orar. Condorito miraba con curiosidad a sus viejos acompañantes que parecían haberse desprendido de sus propios fardos funerarios.

Tras la oración, todos prosiguieron, hasta la última etapa de su viaje.

Al día siguiente por la mañana, los ancianos y el niño llegaron a Los Guambos hermosa villa erigida entre montañas andinas. Aguardaron, con paciencia, a que los indios esclavos de los barbados cargaran con el producto de su pillaje en tierra inca. Y cuando estos se llevaban el último paquete, justo donde se encontraba el Tumi, hacia una carreta que preparaba su viaje, a otro lugar, los ancianos se desesperaron. De pronto, ellos vieron con pavor, cuando un esclavo que se inclinaba para levantar un pesado bulto apartó de un puntapié la caja donde se encontraba el Sagrado Símbolo que cayó del carro y se hundió en el fango. Los ancianos gritaron todos a la vez compungidos. Luego, vieron cuando otro esclavo, obligado por el látigo del capataz barbado, recogió el Tumi  empaquetado y se lo llevó en hombros. Los arrugados incas, con el corazón en la boca, siguieron de cerca al que transportaba el Bendito Tumi.

–Tú serás el último inca –dijo el Amauta Hayna al pequeño Condorito– que haya contemplado lo que era nuestra más sagrada posesión. Serás el testigo de cuanto los barbados nos han quitado y robado.

El niño apenas comprendió las palabras del sabio, aunque sí entendió perfectamente que se había cometido un acto injusto. Por lo que montó en cólera y, zafándose de la mano del Amauta, se precipitó sobre el hombre que llevaba en sus hombros el Tumi Sagrado. El esclavo perdió el equilibrio y cayó al suelo junto con Condorito. Los ancianos, mientras tanto,, se lamentaban de que el Sagrado Tumi estuviera otra vez hundida en el barro. El esclavo se reincorporó y antes de acomodar nuevamente el paquete en sus brazos, propinó una patada al niño dejándole tendido en el suelo retorciéndose de dolor.

Momentos después, y sin que nadie pudiera evitarlo, El Tumi fue embarcado en una carreta que, junto con el resto de la caravana, enrumbó con dirección oeste, hacia los pueblos costeños por donde esperaban los navíos que zarpaban hacia España. Una vez más El Tumi Sagrado emigraba a través del tiempo. Los ancianos cesaron de mirar hacia el Sur y se acordaron de Condorito que yacía en el suelo, gimiendo a causa del dolor de un brazo magullado. Auxiliaron al pequeño, avergonzados por haber dejado que él solo, con su débil fuerza, intentara recuperar el Tumi de Manco Cápac. El Amauta Huayna le consoló con estas palabras:

–Agüanta tu dolor y acéptalo como un fortalecimiento de tu cuerpo y de tu mente. Sólo así podrás obtener energía creadora.

Condorito se sintió recuperado y lleno de fe. Las palabras del Amauta le llenaban de orgullo y a la vez le hacían olvidarse de su dolor. Y él no volvió a quejarse durante las largas horas que trascurrieron hasta volver a su bohío.

*

Varias décadas después del saqueo a Cajamarca por los barbados, y tras sucesivas etapas de gobierno en el Perú, desde el gobernador Francisco Pizarro, los virreyes Blasco Nuñez de Vela, Andrés Hurtado de Mendoza  y Francisco de Toledo, el poder se había concentrado en el Marqués Luis de Velasco, noveno virrey enviado por los reyes de España y que manejaba con mano firme los intereses de la corona española.

Los once ancianos que antaño siguieron al Tumi de Cajamarca al pueblo de Los Guambos, habían fallecido ya, a excepción de Condorito, a quién la muerte le perdonaba aún y su nombre era honrado entre los indios. Le llamaban El Amauta Mayor, por su sabiduría religiosa y su larga experiencia en la vida. La gente venía a visitarle para que le contara lo que ellos consideraban una milagrosa hazaña por haber visto el Sagrado Símbolo de Manco Cápac. A sus oyentes el anciano solía decirles:

–El pueblo inca no tiene por qué desesperarse. El éxodo del Sagrado Ornamento no ha terminado aún. El Tumi  del Hijo del Sol volverá al Cuzco.

A sus ochenta y dos años, Condorito se había convertido en un hombre reverenciado por sus semejantes, que lo consideraban un ser especial, designado por el Dios Padre Inti, y  de quien se podía aprender mucho, sobre todo a enriquecer el lado espiritual.

Los incas cuzqueños que residían en Cajamarca, solían reunirse el 24 de junio en las veredas de la Plaza Mayor, para conmemorar su más grande fecha religiosa en honor al divino Taita Inti. En este día, los incas, con vestimentas típicas cantaban con gran emoción y danzaban con las manos enlazadas formando una cadena humana que con un solo aliento y único retumbar del corazón se dirigía al Dios Inti cuya morada sobrepasaba las más altas montañas. En una formidable réplica de la fiesta central cuzqueña, los incas reunidos en grupos, celebraban ritos y  alabanzas y entre comida y bebida se contaban historias antiguas y festejaban sus ocurrencias con algarabía. Y todo ello, ante la mirada extrañada de los guardias españoles que los miraban de soslayo sin atreverse a destruir esta rica tradición del pueblo conquistado.

Dos días después del Inti Raimy, al filo de la tarde, un chasqui llegó al lugar donde la comunidad creyente cuzqueña  residente en Cajamarca celebraba un ritual de acción de gracias al Taita Inti trayendo una misiva dirigida a Condorito, el jefe de los ahí congregados. Era el escrito, en lengua quechua, de un tal Amaru Canchis, un indio orfebre de oficio que trabajaba para el tesorero del Virrey, y tenía algo importante que decirle. A continuación, con palabras emotivas que demostraban su fé en el Taita Inti, le revelaba que el Tumi Sagrado de Manco Cápac nunca había salido del Perú, que en 1532, poco después de la toma de Cajamarca, el capitán Pizarro, estando en Piura, hizo una revisión de las riquezas que se enviaban a España y, al descubrir aquel hermoso objeto de alta orfebrería enchapado en oro, quedó fascinado y lo reservó a título personal. Más tarde la colgó como una reliquia ornamental en una pared de su gabinete, dentro el palacio que se mandó construir en Lima. Ahí ha permanecido desde entonces el Tumi Sagrado. Pizarro fue asesinado por Almagro el Mozo y los sucesivos virreyes enviados de España se han limitado a admirar la belleza del refulgente Tumi y no lo han  movido de su sitio, respetando así la propiedad del primer gobernante que tuvo el Perú. Se puede decir entonces que el Tumi Sagrado de los Incas forma parte del mobiliario del Palacio Virreynal y que la única persona que puede moverlo del lugar que actualmente ocupa es el virrey. Por los demás el Tumi Sagrado de nuestros antepasados está intacto, no ha sufrido ningún daño…

Todas las miradas permanecían fijas en Condorito, que estaba leyendo su carta, sentado junto al altar que habían improvisado aquel día en dicho lugar para venerar al Taita Inti por la abundancia obtenida en la última cosecha y la buena suerte en la vida de sus fieles creyentes. Al fondo, junto al altar, destacaba una réplica del Sagrado Tumi, propiedad del primer soberano descendiente del Sol, que lo utilizaba para hacer ofrendas a su divino padre a fin de obtener de Él la fertilidad y el progreso en la tierra comunal. De pronto el anciano sonrió, y, por su rictus y forma de mirar su faz adquirió la apariencia de un iluminado.

–Ya sé porqué el Taita me ha alargado la vida –suspiró Condorito– Tengo una misión importante que cumplir. He visto el principio y estoy designado a ver el final.

– ¿Qué va a hacer, señor? –le preguntó en voz baja un integrante de la comunidad inca.

–Debo ir a Lima. Lo que no he podido hacer en muchos años pienso hacerlo en un día.

Sus oyentes pensaban que estaba delirando. ¿Cómo un anciano enclenque de 82 años iba a poder recuperar el Tumi Sagrado de manos del Virrey, el soberano más poderoso de la tierra? Uno de ellos se atrevió a preguntar:

– ¿Cómo podrá usted  soportar un viaje tan largo?

– Un hombre debe sacar fuerzas de donde sea cuando tiene que llevar a cabo un designio sagrado –dijo Condorito. Y, entre otras cosas, añadió–: Necesito a un hombre joven para que me acompañe en el viaje y me ayude con mi cometido.

Los hombres se pusieron a buscar al más adecuado para acompañar al viejo en su viaje, y finalmente eligieron a Ayar Uchu, un hombre de veinte años, alto y fornido, herrero de oficio a quien todos conocían desde niño.

–Ten todo listo, salimos por la mañana  –le dijo Condorito antes de abandonar la reunión.

Condorito empleó una carreta tirada por dos mulas para el largo viaje. Durante cinco días subió y bajó por montañas sinuosas. A la mañana del sexto día llegó a Lima, quedándose impresionado en la contemplación de la capital del virreynato. Era una ciudad hermosa, con calles empedradas y limpias donde destacaban casonas lujosas con portales, rejas y balcones adornados con atractivos grabados arquitectónicos; por doquier fluía gente de todo tipo y condición social. Algunas mujeres bien vestidas llevaban guantes y paraguas para protegerse del sol, otras en cambio, con trajes más sencillos, iban y venían con las caras tapadas como si tuvieran vergüenza de mostrarse al mundo, otros se movilizaban en regias carrozas tiradas por caballos que azuzaban indios esclavos. Los soldados del virrey, con su típico traje militar, botas, sombrero y espada al cinto, vigilaba el orden en una ciudad poblada de extranjeros, con la excepción de algunos vendedores ambulantes que pasaban ofreciendo turrones, mazamorra y golosinas caseras. La gente de piel blanca y porte gallardo que cruzaba las calles apurando a sus esclavos indios que transportaban carga en hombros y brazos parecían ser los dueños de las numerosas tiendas que se veían en la llamada Ciudad de los Reyes. 

“El poder está concentrado aquí, es tan claro como el agua. Los incas nunca lo hubiéramos imaginado”. Sintiéndose un extraño en su propia tierra, el anciano apoyado en el brazo de su asistente caminó con dirección al lugar donde le esperaban sus amigos los incas creyentes.

En la Plaza de Armas la gente se aglomeró para ver un pomposo espectáculo. Entre sonidos de trompetas se apareció  una legión de soldados y casi enseguida  al palco de la casa imperial, se asomó el Virrey junto a sus asistentes. Era el cambio de la guardia del virrey que cada tarde se celebraba como si fuera un acontecimiento. A la puerta de Palacio terminó el desfile uniformado entre el aplauso de los que habían presenciado el acto.

El anciano Condorito, que había visto del desfile desde un lado de la plaza, se empinó en su sitio entre la gente que le tapaba la visión y gritó exaltado:

– ¡Ladrones extranjeros! ¡Algún día se les acabará su poder ¡El Taita Inti volverá a enviar a Manco Cápac a nuestra tierra y hará justicia para sus hermanos! ¡Nunca podrán arrebatarnos lo que es nuestro por designio divino!

Condorito se reunió más tarde con la comunidad inca creyente en una casita humilde próxima al río Rímac La noticia de su llegada había corrido como el viento y muchos habían venido a demostrarle su admiración y respeto. Algunos le consideraban el descendiente directo de Manco Cápac que había venido a redimirlos de sus sufrimientos.

– ¡Sabio Amauta! ¡Bendito sea su nombre! – gritaba la indiada mientras le abrazaba y besaba.

Pero el anciano correspondió a los expresivos saludos con humildad:

–No me tomen por un Viracocha. No puedo hacer milagros. Solo les pido que no pierdan la esperanza…

Condorito tomó asiento entre los indios creyentes y debatió con ellos el modo de recuperar el Sagrado Símbolo. En medio de la asamblea, el jefe de la comunidad india pidió la palabra para presentar a Amaru Canchis, el orífice que trabajaba para el tesorero del Virrey y que había hecho venir de tan lejos al anciano porque tenía algo importante que decirle.

Canchis, un hombre joven, dijo a la asamblea que el tesorero imperial, a quien él había hecho favores, en compensación y por habérselo pedido, había concertado una entrevista al Amauta Condorito con el propio Virrey para la mañana siguiente, en la sala imperial de recepciones.

Condorito sorprendido quiso desistir de ir a la  entrevista con el Virrey, no por miedo sino por considerarse la persona inadecuada. Pero Canchis le animó y convenció de que debía ir. Condorito aceptó entre las muestras de satisfacción de los indios religiosos.

A la entrevista con el Virrey del Perú, Condorito asistió acompañado por Ayar Uchu, su joven asistente. Tras larga espera, el gobernante, ricamente vestido, se apareció en lo alto de su decorado palacio. Los visitantes, de acuerdo a la imposición protocolar, se inclinaron ante él. Condorito, por medio de un intérprete que hablaba quechua se presentó a Luis de Velasco y tras hacerle entrega de un presente le expuso el motivo de su visita. El Marqués, con rostro serio, le pidió que le explicara todo cuanto respecta a ese Tumi que le pedía y lo que se proponía hacer con él.

Condorito implorante le dijo que éste era el único de los sagrados símbolos que su pueblo poseía y permanecía todavía en la tierra. Le comentó que la Ciudad Sagrada de los Incas había sido devastada, sus muros arrasados y el tempo destruido. Todo lo que los incas habían amado, poseído y honrado había sido pasto de la destrucción. Pero solo un objeto, el Tumi, había perdurado a través del tiempo a pesar de andar errante por diversos lugares.

–El Tumi de Manco Cápac es el último resto de nuestras sagradas posesiones –gesticuló el anciano- ¡Le pido que nos lo devuelva!

El excelso virrey frunció el ceño. Sin decir nada observaba al anciano tullido. ¿Estaría pensando en ordenar aprehenderle y azotarle por su atrevimiento?

Condorito, ante la actitud pasiva del omnipotente señor, decidió advertirle:

– ¡Señor, ese Tumi es Sagrado! Si no nos lo entrega, una maldición caerá sobre usted, le atacará una enfermedad, se acabará su gobierno, su ciudad será arrasada por fuerzas malignas. ¡Ahora está a tiempo de salvar la vida y la de su imperio. Entréguenos el Tumi!

Los espectadores estaban boquiabiertos. ¿Cómo este anciano se atrevía a hablar así al poderoso Marqués? Luis de Velasco, que se había movido en su sitio sin dejar de mirar al anciano, parecía cavilar. De pronto, el soberano, que tenía una amante y servidores nativos que creían en supersticiones, pronósticos y brujerías, dijo secamente:

– Bueno, dejaré que ese Tumi sea descolgado del lugar donde lo puso Pizarro y se envié de vuelta al Cuzco.

Condorito temblaba de emoción mientras el intérprete le traducía las palabras del Virrey. Iba a decirle gracias señor en voz alta, pero se cortó cuando éste le dijo:

–Todavía no cantes victoria, vejete. No quiero que el Tumi de Pizarro os pertenezca a vosotros, gente ignorante, ni que os sea restituido como uno de los ornamentos de vuestra falsa religión. El Sol no es un dios sino un astro, ¡vosotros no lo entendéis, porque sois una tira de paganos!

El virrey, volviéndose hacia uno de sus hombres, que era cura, le ordenó que cuando trasladara el Tumi a la iglesia que su esposa, la virreyna, había fundado en el Cuzco, lo colocaran como adorno bajo el ara.

–Para que el mundo vea que nuestra fe católica está por encima de la vuestra, que veneráis a dioses inexistentes, para que todos vean como la verdad se impone al error –sentenció el astuto Virrey mirando al anciano y antes de poner fin a la sesión.

Condorito estaba apenado. Una vez más había fracasado en sus intentos por recuperar el Sagrado Símbolo de los incas. Sintiéndose mal abandonó el palacio virreynal.

La comunidad india de Lima al saber la decisión del Virrey se sintió disgustada con el falso profeta. Condorito se disculpó ante ellos por lo sucedido. Luego se dirigió a un cerro, a las afueras de la ciudad, y en un instante de desesperación le pidió al Taita Inti que lo recogiera de una vez. Estaba contrito y además cansado. Se quedó dormido, y, de pronto soñaba que se encontraba labrando el campo, de noche, entre sus congéneres amenazados por el látigo de los capataces españoles. Todos sus paisanos parecían extenuados, sin ideas y sin dignidad, dentro un magro paisaje. “¿Cómo podemos vivir así?” dijo reflexivo. “Trabajamos como esclavos, arrastrando una ominosa cadena, sin hogar digno y sin esperanza futura. Para nosotros debe encenderse una luz, que nos muestre el camino a seguir. Alguien debe guiarnos, verter sobre el sendero una luz para nuestro pueblo.”

De pronto, en su sueño, Condorito vio asomar en el horizonte una luz, y la emoción lo embargó. Su cuerpo recobró agilidad y se escapó de los que vigilaban a la triste multitud esclavizada y echó a correr en persecución de aquella luz que luego notó era producida por el  resplandor del Sagrado Tumi que andaba suspendido en el aire. “¡Miren a la luz!” Se dirigió a los suyos a fin de animarlos. Todos se quedaron mirando la luz que iluminaba la tierra. Condorito elevó una plegaria al Dios Inti que mora en las alturas, y luego al volver la mirada, comprobó con alegría que sus hermanos habían dejado de ser esclavos, ahora eran libres, vivían en una tierra amplia y fértil. Condorito elevó las manos al cielo en son de agradecimiento al Taita Inti. Luego volvió  izar la mirada, y, entre las crestas de una colina notó el resplandor proveniente de una ciudadela majestuosa, con atractivos muros y una casa gigantesca construida de piedra tallada. “Es el Templo del Macchu Picchu”, gesticuló Condorito emocionado. Y al ver que la Lámpara se situaba dentro el Lugar Sagrado, añadió exultante: “¡El Tumi ha regresado a casa! Alguien la ha redimido de sus peregrinaciones. Y yo debo verla con mis propios ojos, soy el viejo testigo. Una vez más debo comprobar que el Tumi  reposa en la casa del Dios Inti” Condorito penetró en el Santuario para contemplar el Tumi. Era grande, hermoso, resplandeciente. Él estaba deslumbrado, pegó un grito en su sueño y se despertó.

Condorito  elevó su oración al Dios Inti, tras su increíble sueño. Luego, cuando bajaba del cerro se le apareció Canchis, el orífice, quien le dijo que le estaba buscando porque tenía que darle un mensaje importante, pero antes debía acompañarle a su taller. Condorito, intrigado acompañó a Canchis hasta la casa taller donde éste vivía y efectuaba sus trabajos. El anfitrión le invitó algo de comer y luego, mientras Condorito observaba las primorosas obras hechas por el orfebre, le dijo:

–El Tumi Sagrado no ha partido aún. Está entre nosotros

– ¿Qué dices, joven? –se extrañó el anciano.

Canchis le obsequió una sonrisa resplandeciente:

– Está en mi taller.

El orfebre destapó una caja y extrajo un refulgente Tumi de cuatro brazos y mitra semicircular dorada

El rostro de Condorito se contrajo y su corazón retumbó de inmensa alegría. Canchis le comentó que desde hace cinco años venía trabajado como orfebre en Palacio, y en todo ese tiempo nada de valor entraba o salía de la Tesorería virreynal sin serle previamente enviado para que lo pesara y valorase. Y como él sabía que el Sagrado Tumi iba a ser sacado de Palacio, lo había pedido, por un día, para cumplir con su tarea.

– Tengo autorización para hacer duplicados de los objetos preciosos del tesoro virreinal. Y le digo una cosa: el Tumi que se ha enviado a esa iglesia católica cuzqueña es una réplica del Sagrado Tumi. El original es éste, mírelo bien.

Los labios de Condorito temblaban, sin atreverse a decir nada. Lo comprendió perfectamente. Entonces, suspiró:

– Taita Inti, señor de los cuatro rincones del mundo, ahora moriré tranquilo. Hemos encontrado el Tumi de tu hijo Manco Cápac. Nuestra búsqueda no ha sido en vano. Oh padre Sol, dame tu bendición y dime qué debo hacer ahora.

–Debe llevarla a su destino –le dijo Canchis

El orfebre convenció al anciano de que debía cumplir con su divino designio.

Condorito había recobrado la tranquilidad, aunque de sus ojos reverberaba una luz extraña. Dijo:

–Después de ochenta años, hemos conseguido liberar el Sagrado Tumi del poder de aquellos que tienen las manos manchadas con la sangre de nuestros hermanos. Este hecho es muy significativo.

Condorito suspiró y añadió:

–Ya sé donde pueda hallarse a resguardo el Sagrado Tumi. Bajo la tierra que pisamos. Nuestro Sagrado Símbolo no tiene un hogar seguro. Si lo devuelvo al Templo del Macchu Picchu, al ver que es de oro, los avariciosos barbados volverían a apoderarse de él. Mientras se imponga el gobierno de la fuerza, sólo bajo tierra el Tumi Sagrado se mantendrá alejado de todo mal.

Canchis estaba aturdido, no entendía al anciano. ¿Haber sufrido tanto por el Tumi para terminar enterrándolo?

–Tengamos fé en que el Tumi que estamos a punto de enterrar se levantará algún día para derramar su luz sobre el Pueblo inca –dijo el anciano. Y añadió con resolución–: Ahora dame esa caja donde pueda guardar este tesoro.

Canchis resignado, atendió la solicitud del anciano. Luego, éste se persignó y elevó una reverente oración a lo alto. Canchis imitó a Condorito con gesto grave. Y, luego, antes de cerrar la caja, ambos escribieron en una hoja sus nombres: Condorito Sinchi y Amaru Canchis y la fecha, el 26 de junio de 1607, durante el gobierno del Marqués Luis de Velasco. Así ellos daban fé, a cualquiera que pudiese un día desenterrarla, de que era el verdadero Tumi Sagrado de los incas.

El anciano Condorito, que andaba solo ya que su asistente se había fugado con una chica, con paso lento y movimientos pesados, trasportó su hermético equipaje hasta una carreta que iba a salir con destino al Cuzco. Luego se despidió de Canchis al que bendijo y agradeció por toda la eternidad.

El octogenario y su paquete llegaron al Cuzco dos  dias despues al atardecer sin despertar la curiosidad de la gente a pesar de su apariencia sacerdotal. Se hospedó en un Tambo y al día siguiente, de mañana, a paso lento pero seguro, el anciano escaló las montañas que conducen al Macchu Picchu. Y, en la ladera de una cumbre, alejada y despoblada, tras orar y pedirle perdón al Taita Inti por lo que iba a hacer, abrió una zanja y allí, en la que consideraba tierra sagrada, enterró el Tumi de Manco Cápac.

Más tarde, mientras bajaba lentamente por la montaña, Condorito invadido de un temblor extraño pensaba: “Soy el único testigo. Nadie en la tierra excepto yo conoce el secreto lugar donde yace el Tumi Sagrado de los incas. Pero algún día, estoy seguro, alguien lo desenterrará. Y todo será diferente. El Tumi Sagrado ya no será leyenda sino realidad. Y, entonces, vendrán mejores tiempos para nuestro pueblo esclavizado. La luz fulgente del Tumi Sagrado brillará en los andes y despertará el alma de los indios. El pueblo unido luchará por la libertad, entre el rumor que moverá las montañas de nuestra Mama Pacha. Por los cuatro suyos aparecerán guerreros armados dispuestos a expulsar al bárbaro español y recobrar lo que les pertenece. Volverán a ser fértiles los valles del Moche, Urubamba, Paramonga, Vilcanota, a ser orlados los Templos del Sol y la Luna, a recobrar su prestancia los muros del Chan Chan, las fortalezas de Sacsahuamán y Pachacámac, más visibles los signos del Nazca, y hasta las piedras del Titikala. Todo se iluminará ante la luz emergente del Tumi Sagrado, instrumento de nuestros ancestros, legado como blasón y estandarte a los ejércitos que vendrán a reconquistar la ansiada libertad. Y una vez conseguida ésta ya no habrá más esclavitud. Y el Perú volverá a ser el núcleo central de una vasta y rica región que será ejemplo a seguir por otros pueblos o regiones que existan más allá de los mares…”

El anciano estaba exultante con su previsión del futuro. Levantaba los brazos al cielo y hablaba en voz alta, como un predicador solitario en medio el desierto. Tras el regocijo una paz infinita envolvió su alma. Siguió andando y murmurando cosas, en medio de la noche, hasta desaparecer por un estrecho sendero con dirección al Cuzco.