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EL VALIDADOR DE TELEFONICA

Aquella mañana otoñal, Janel llegó a su puesto de trabajo con un cuarto de hora de retraso. Su coordinador, un hombre cuyo apego a las normas lo hacían rígido y estricto, al verlo llegar abandonó su asiento –distante unos metros del suyo– y se acercó a llamarle la atención por su tardanza. Janel le respondió que se había retrasado por que el Metro, su medio de transporte cotidiano, se había plantado quince minutos en la estación de Urquinaona. Pero el otro, con gesto agrio le dijo que tanto igual le daba saber o no el motivo de su retraso

-Tu tarjeta la debes marcar a más tardar a las 9 en punto de la mañana -añadió-. Y en todo caso levantánte más temprano y sal de casa con tiempo suficiente como para hacer el trasbordo al autobús en caso de que el Metro se estropee. ¿Has entendido?

Janel no se atrevía a replicar a quien le infundía una especie de miedo y respeto, un hombre que creía tener siempre la razón en todo. Era preferible no hacerle enfadar más de lo que ya parecía estarlo.

-Sí señor Ollé- le dijo con gesto sumiso y se dirigió a su puesto para empezar la faena del día. Tras limpiar el polvo de su mesa con un pedazo de papel higiénico, sacó de su cajón el material de trabajo: el bolígrafo, la pequeña calculadora, la grapadora, y algunas de esas gomas de pollo que le servían para sujetar los legajos que de continuo inundaban su escritorio. Acomodado ya en su silla, encendió el ordenador y anotó su contraseña en el casillero de inicio de sesión.

Mientras aguardaba que los iconos del programa se aparecieran en la pantalla, se puso a ordenar los contratos validados el día anterior. Con éstos hizo un manojo y, tras ajustarlos entre sí con una goma de pollo, los puso en una caja de cartón ubicada junto a sus pies. En realidad, la caja estaba llena de contratos, pero aún así le sirvíó para sacarse de la mesa un poco de papeles. De otra caja de cartón, puesta al lado de la anterior, extrajo un grueso atado de impresos, y procedió a separar los contratos aún pendientes de validar de los módulos de variación y de las hojas de anulación, formando así varios montones de papeles que se sumaban a los otros que desde ya reposaban en su mesa en condición de “contratos devueltos al vendedor”. Estos aún no habían sido validados, debido a que estaban mal cumplimentados: les faltaba un epígrafe, una causal de descuento, los datos bancarios, o tenían error en el importe.

Como los contratos por validar contenían errores, decidió hacerlos llegar a los operadores para que ellos mismos procedieran a enmendar sus faltas. Se puso de pie, cogió el manojo de papeles y, a paso ligero, avanzó por el pasillo de la Plataforma. En el camino se cruzaba con operadoras que parecían hormigas llevando papeles de un lado a otro. Llegó al puesto de una supervisora de grupo de ventas, que al verlo arrugó la nariz y le dijo: “¿Tú otra vez? ¡No me jodas! ¿Acaso los de mi grupo son los únicos que cometen errores?”. Le contestó que lo sentía de veras pero no podía consolidar los contratos generados por su gente que carecían de anotaciones importantes como el título y la denominación del anuncio o les faltaba adjuntar la hoja de catalán o la autorización de uso de causal número 61.

La mujer, con un gesto de enfado, le dijo que los dejara en su mesa, que ella misma los revisaría más tarde, porque en estos momentos estaba ocupada. Janel así lo hizo y, sin dejar de sentir una especie de despecho, dio media vuelta hacia su puesto de trabajo.

Pero allí ya lo esperaba otra supervisora, para pedirle que reasignara de inmediato los numerosos impresos que tenía en las manos y que correspondían a listados de clientes que debían ser gestionados por su oficina comercial. Janel lanzó un uf! de agobio y pidió disculpas a la solicitante porque no iba a poder cumplir con su encargo. En realidad él solo no se daba abasto para llevar al día el Departamento de Validación de la empresa ya que además de esta responsabilidad debía cumplir con otras tareas que le habían encomendado sus jefes.

–Y encima tener que traspasar de un teleoperador a otro con sus respectivos precedentes económicos las extensas listas de clientes para reasignarlas a su grupo es demasiado para mí. ¡Esta faena deberían darla a otra persona!

En eso, uno de los jefes de la central de teleoperadores que había oído la queja de Janel se acercó para decirle con voz áspera que la empresa desde el inicio de la campaña había designado a un sólo validador para toda la Plataforma, por la sencilla razón de que este año no se iba a trabajar más con los contratos a papel. Es decir que en teoría los trabajadores telefónicos no debían generar ningún contrato a papel, y que si en realidad los había era porque ellos los habían tocado por puro accidente. Y añadió que, en cuanto a la reasignación de clientes a vendedores, el personal de formación designado para ello en las campañas anteriores, ahora estaban ocupados haciendo sus cursillos para la gente que entraría a trabajar en la empresa.

 -¡Por lo tanto, tú validas y tú reasignas! ¡Y punto! -le dijo con ceño fruncido aquel señorón de traje y corbata antes de alejarse del lugar.

Janel optó por sumergirse en su trabajo, con la vista fija en el ordenador; sus dedos ágiles, como los de un pianista, recorrían el teclado; y tenía su atención puesta en los tipos de anuncios que debía validar; siempre respetando las normas de validación, para no cometer errores. De un momento a otro, sin embargo, varias teleoperadoras se arremolinaron en torno suyo. Una le pedía con insistencia que le buscara un contrato de páginas blancas porque se había olvidado de ponerle su código de vendedor, otra la pedía con urgencia que hiciera una anulación porque la cliente no quería el anuncio e iba a sustituirlo por otro, mientras otra le apuraba para que validase unos módulos de variación correspondientes a anuncios de diseño libre. A este grupo se sumaban una supervisora de oficina que exigía ser atendida antes que las otras.

Mientras Janel multiplicaba sus manos para atender a las exigentes mujeres, el coordinador del grupo de administrativos, pasó por detrás del corro de gente diciendo con voz altisonante que ya estaba harto de que todo el mundo hiciera lo que le diera la gana, que no respetaran las normas de la empresa. Parecía molesto y con ganas de pelearse con alguien. Y, cosa curiosa, una supervisora de oficina comercial, también con los nervios crispados vino por detrás del susodicho hombre y le dijo que era un mal compañero, que lo había hecho quedar mal ante el jefe de ventas. Pero el otro le respondió con desparpajo que a él le gustaban las cosas claras, no los chanchullos y las tonterías; y sentenció: “O trabajamos bien, o nos vamos todos a la puta calle”.

Muchos oyeron la discusión en la Plataforma, pero no le dieron importancia. Ya estaban acostumbrados a las contradicciones verbales entre los responsables de grupos que trabajaban en aquella especie de mercado, donde los teleoperadores que en su mayoría eran mujeres vendían anuncios publicitarios en las llamadas Páginas Amarillas, Páginas Blancas, Páginas Habladas y On-line. A través del teléfono, ellas contactaban con sus clientes, muchos de ellos distantes a miles de kilómetros de allí, y los convencían para la renovación de los contratos firmados el año anterior o para que pusieran su primer anuncio en las guías abiertas.

El teléfono y el ordenador eran las herramientas básicas para este cometido. Cada puesto de trabajo consistía en una mesa de un metro cuadrado sobre la cual había un ordenador con algunos años de uso, un pequeño teléfono con auriculares, un par de bandejas portapapeles, y junto a la mesa una silla graduable. Cada mesa de trabajo estaba separada de otras por un delgado tabique de menos de un metro y medio de alto. Cuando el operador se ponía de pie, podía ver a distancia a los que se encontraban también de pie en sus secciones de trabajo.

En la plataforma había unos ciento veinte trabajadores, agrupados por oficinas comerciales compuestas a su vez por veinte o treinta operadores, cada uno de los cuales tenía un código o número de identificación en la lista. Este código, junto al nombre del vendedor debía estar colocado, por obligatoriedad, en un lugar visible del puesto de trabajo. Los operadores, solían colocarlo en el tabique, dando frente a ellos, aunque algunos, por descuido, los habían tapado con recortes de revistas, fotos de familia u otros recuerdos que pegaban con remaches o agujetas.

Era un mercado cerrado, donde se oía con nitidez las voces, los gritos, las risotadas, los bostezos y otras manifestaciones humanas, a las que se sumaban el olor a sudor, a medicamentos, a perfumes y al olor a comida proveniente de un restaurante ubicado en la planta baja del edificio próximo a la Plaza de Les Glories que se filtraba a través de las ranuras de los cerrados ventanales.

En su puesto de trabajo, Janel continuaba rodeado de operadoras. Ya no eran aquellas del primer corro, sino que eran otras que solicitaban sus servicios para que le buscara una ficha positiva que le había sido entregada sin haber sido aún reasignada, o una ficha negativa que iba a ser recuperada por otro vendedor, sino que le hiciera el favor de reasignarle 5 listas enteras de 200 clientes cada una lo más urgente que él pudiera.

–Pareces un funcionario impasible –le dijo en broma la supervisora de la oficina comercial más próxima a su mesa. Era una mujer gruesa, de andar bamboleante y una voz tremebunda.

 –Y tú doña Rogelia –le respondió, sonriendo en el único instante de relax que tenía en aquella mañana que parecía larga y agobiante. Janel sentía el tiempo detenido en la oficina; la jornada desarrollada a un veloz ritmo de trabajo, por momentos lo extenuaba. Y, para despejarse de la rutina, cada hora y media abandonada su puesto de trabajo y se metía en la sala de descanso. Ahí se tomaba un café o comía algo mientras charlaba con algún compañero suyo. Minutos después, estaba de vuelta en el trabajo.

Manipulaba con destreza el ratón, abría programas, minimizaba ventanas, buscaba los archivos grabados de antemano. La magia de la informática, le presentaba luego un documento nuevo, donde registraba a velocidad increíble cantidad de datos desglosados en nombres de clientes, direcciones, números de teléfonos y otros de interés para la empresa. Su mirada clavada en la pantalla del monitor, sólo se volvía para atender a quien le dirigía la palabra. Tras la distracción, enderezaba la espalda sobre el asiento y volvía a sumirse de la faena. 

El día en que se cerraba una guía, la plataforma entera bullía con el retumbar agitado de aquellos corazones empecinados en alcanzar sus objetivos propuestos. La gente iba y venía, según sus conveniencias, por grupos o individualmente, de sus puestos de trabajo a la fotocopiadora, de esta al fax, a la impresora, y de aquí nuevamente a su puesto de trabajo. El rumor humano penetraba en los oídos estremeciendo a las almas sensibles.

Por aquel lado, varias operadoras rodeaban al diagramador de bocetos; algunas le rogaban que las atendiera de inmediato, otras con una sonrisa coqueta le ofrecían un café si les diseñaba de inmediato su boceto, y algunas otras le metían prisa o le lanzaban indirectas criticándole su falta de velocidad. Ante esta situación, el bocetista, un joven de unos veinte años, que recién había cumplido una semana en el puesto, se defendía alegando que le faltaba experiencia.

Por otro lado, un tropel de gente, entre los que había operadoras y administrativas, se disputaban el derecho a ser las primeras en sacar una fotocopia. Era evidente que una sola pequeña y vieja máquina de fotocopiar en toda la plataforma, no podía abastecer el pedido de más de cien personas. Los nervios traicionaban a algunas supervisoras que lanzaban todo tipo de interjecciones y lamentos mezclados con frases soeces. En medio del caos reinante por doquier, un técnico enfadado le mostró los puños al coordinador de administrativos, una operadora le faltó el respeto a su jefa de grupo, y un vigilante de seguridad persiguió a gritos a un mensajero que exigía que el jefe mayor de la plataforma en persona le sellara y firmara su parte de entrega.

En un instante, una joven operadora, sin fuerzas ya para soportar el clima de tensión, se desvaneció en su asiento. Sus compañeras corrieron a sostenerla en su silla para que no cayese al piso, mientras le abanicaban el rostro con unas hojas arrancadas de una guía telefónica; pero, como ella no reaccionaba, se la llevaron en brazos a la sala de descanso. De ahí salió luego, transportada en camilla por dos enfermeros de una clínica particular; al verla todos la aplaudieron demostrándole simpatía y deseándole su pronta mejoría. Y cuando la desmayada y sus auxiliares abandonaron la plataforma, la tensión humana recobró su nivel.

Se oían gritos placeros, refunfuños y maldiciones, mezclados con agudos timbrazos de teléfonos, ruidos de hojas arrugadas y despedazadas con violencia, golpes de manos contra las mesas y otros producidos por cosas cayendo en las cajas de cartón improvisadas para recoger la producción del día. Al oír un llanto humano forzado por alguien inconforme, una administrativa le comentó a otra que le parecía que toda la gente ahí se había vuelto loca.

A la siete menos cuarto de la tarde, la tensión llegó a su clímax. El coordinador de administrativos exigía en alta voz a los de su grupo que le entregasen la producción del día, por que decía que en ese mismo instante quería cuadrar los objetivos alcanzados por los operadores en varios meses de trabajo y además que ya mismo quería calcular las comisiones de cada operador correspondientes a la guía que habían trabajado y que se cerraba hoy a las siete de la tarde.

“Está loco”, dijo una administrativa, en voz baja. Entre tanto, el jefe de ventas, sin mirar a nadie y con su móvil pegado a la oreja, andaba por los pasillos de la central; hablaba en voz alta con alguien distante. Cerca de él, una operadora le suplicaba a una administrativa que por el amor de Dios le proporcionase un poco de clips para sujetar los contratos que debía entregar a producción, mientras por detrás de ella una formadora protestaba por que se había caído el servidor de programas informáticos y ello le acarrearía una acumulación de trabajo. 

De pronto, la naturaleza exterior, que parecía haberse contagiado de la tensión en la sala, comenzó a tronar con estrépito; y luego, por las ventanas se notaba la lluvia cayendo a cántaros. Entre tanto, Janel, el validador, desarrollaba su trabajo, a veces a partir de unos datos que parecían jeroglíficos; había que adivinar el significado de una letra mal escrita, el valor de un número incompleto, lo que representaba un dibujo borroneado en el módulo.

Con frecuencia debía abandonar su puesto y buscar a la operadora responsable del contrato generado para que le aclarase sus dudas y confusiones respecto a éste. Pero no siempre se podía hablar con alguien cuya principal atención consistía en mantener contacto telefónico con sus clientes. Entonces, Janel, dubitativo y confuso, daba media vuelta hacia sus puesto. Dejaba a un lado de su mesa el contrato con datos ininteligibles, y cogía otro del montón que debía terminar de validar.

Por la tarde, a última hora y antes de marcharse del trabajo, las operadoras volvían a sorprenderle trayendo una cantidad increíble de contratos, muchos de los cuales ellas habían mantenido guardados por algún motivo. Y él, responsable de validación, sentía malestar por esto, ya que debía quedarse hasta once o doce de la noche a fin de terminar de validarlos todos. El permanecer ahí hasta tarde y sin recibir una sola peseta por la hora extra trabajada le hacía renegar en su interior. Pero luego se daba fuerza, al pensar que le pediría a su jefa la compensación de las horas trabajadas fuera del horario normal. Comprendía que su trabajo era duro y debía de aguantar con valentía y sin perder la esperanza de un mejoramiento económico en el futuro. 

Llevaba ya dos años trabajando para la empresa. A principio había desempeñado  labor de administrativo de apoyo comercial, en la plataforma ubicada en Vall d´Hebron. En realidad, era el único administrativo en toda la sala, y por tal motivo debía de multiplicar sus manos y agilizar sus piernas para cumplir con los encargos de la jefa de grupo, las solicitudes del personal operador y desarrollar su propio trabajo. El se encargaba de contar y distribuir por oficinas comerciales las fichas a tocar por los operadores. En plena campaña, debía asistir a los operadores sacándoles fotocopias, enviándoles faxes, o pasándoles las llamadas por teléfono de sus clientes. Debía recibir las guías enviadas por la Central, que generalmente venían envueltas en cajas de cartón, las cuales, con la ayuda de sillas –ya que no había carretilla de mano en la empresa– transportaba a un cuarto anexo a la plataforma improvisado como almacén.

Debía también ordenar los contratos a papel elaborados por los operadores, y meterlos en sobres junto con el informe de producción diaria de las responsables de grupo para su posterior envío a la Central. En cuanto a las fichas negativas, las metía en las cajas donde venían las guías, y las almacenaba en otro cuarto próximo a la sala. En realidad esta parecía un aula de escuela, no apropiada para el trabajo de las operadoras, las cuales se sentaban en sillas pegadas unas con otras para no quedarse sin sitio en la mesa cuadrada en la cual se juntaban. Sus instrumentos de trabajo más empleados eran el pequeño teléfono particular, las fichas de clientes con la correspondiente guía telefónica a la que pertenecían las mismas, las hojas o módulos para elaborar un contrato y el bolígrafo. No había un sólo ordenador en toda la sala, las bandejas, las grapadoras y los clips sujetapapeles escaseaban. No había impresoras, tampoco. A lo más había una fotocopiadora y un viejo fax que utilizaban los trabajadores a las ganadas o haciendo filas indias.

En aquella especie de corral, las operadoras generaban contratos de diversos importes para las diversas guías trabajadas. Esto les permitía ganarse una comisión, además de su sueldo base, que por ese año 1999 no superaba las 85,000 pesetas. La comisión era pequeña en realidad y no la recibían sino varios meses después de cerrada la guía. Las nóminas, elaboradas en la Central de Madrid, no eran más que hojas salariales saturadas de sorpresa, por lo que se constituían en motivo de reclamo ante los jefes por la diversidad de descuentos, retenciones, y otros porcentajes en contra que nadie entendía. Estas nóminas volvían a ser remitidas por valija a la Central de Barcelona, de donde previa anotación del reclamo por parte de la encargada, volvían a Madrid, siguiendo una larga ruta burocrática, y cuyo mísero reintegro podía verse con suerte dos o tres meses después de iniciado el trámite formando parte de otra nómina.

En esta plataforma, las ventas alcanzadas por las operadoras eran notorias por lo que el gerente de ventas se plantó una tarde en el pasillo, hizo reunir a todos en torno suyo, y con voz ronca dio las gracias a todos por el esfuerzo que hacían para lograr sus objetivos de ventas, que esto redundaba en beneficio para la empresa que ahora se había convertido en una entidad multinacional. Añadió que a partir de la fecha las acciones de la empresa entraban en la Bolsa de Valores, y cualquiera de los allí presentes podía adquirir una acción mínima de 200,000 pesetas. A nadie se le ocurrió interrumpir al jefe para decirle que con el sueldo que allí ganaban apenas tenían para sus gastos de subsistencia. El jefe, siempre elegante en su vestir, anunció que la empresa había invertido 2,000 millones de pesetas en publicidad, que pronto todos podrían ver por la televisión, oír por la radio o a través de Internet.  Cuando él terminó de hablar, todos le aplaudieron con respeto, y en seguida volvieron a sus puestos de trabajo. 

Janel había trabajado durante 6 meses en la plataforma de Vall d´Hebron. Después de las vacaciones de verano, sus jefes lo habían trasladado a la Central de Glorias; allí había empezado, en la sección de Archivo. La faena allí era agobiante; debía de ordenar por guías y números correlativos, los centenares de contratos enviados por los responsables de Producción y Validación. Concentrado en la tarea, con la yema de los dedos levantaba los bordes de las hojas engrapadas y pronto separaba estas de las que pertenecían a otros contratos. A propósito formaba varios montones de contratos –algunos de estos compuestos por diez o doce hojas– y los sostenía con una delgada goma de pollo; aunque a veces las gomas se rompían y los papeles se dispersaban sobre la mesa. Entonces, resignado volvía a ponerlos como él quería que estuvieran. Utilizaba esos papelitos amarillos llamados pósit para escribir las referencias y poder diferenciar unas de otras aquellas pilas de contratos, muchos de los cuales parecían salir por las ventanas del pequeño almacén.

Como administrativo archivista de contratos, debía armar con las manos unos fibros de cartón simple, en cuyo interior limitado no entraban más de 150 contratos correctamente ordenados, aunque él, para ahorrarse el material, a veces los apretujaba dentro del fibro hasta un máximo de 200 contratos. Debido a la presión, se rompían los bordes rectangulares del fibro o la lengua de la tapa superior al desajustarse de su sitio salía hacia el exterior de modo tal que sulfuraba los ánimos del Coordinador de administrativos. Esta persona carecía de paciencia y solía ponerse furioso cuando algo le parecía mal o no le obedecían en seguida. En el diminuto almacén, donde se apretujaban más de mil fibros con contratos pertenecientes  a campañas anteriores, también se guardaba el material de trabajo para el personal de la sala: módulos para elaboración de contratos, guías telefónicas, papel blanco y reciclado, tóners, e incluso sillas estropeadas, ganchos de ropa, papeles rotos y un sin fin de polvo. Estaba prohibido que las encargadas de limpieza entrasen en el almacén sin previo permiso de los jefes. Janel tosía a causa del polvo y, por eso, continuamente salía de ahí a respirar el poco de aire que corría por la plataforma. Un día, estuvo a punto de responderle al Coordinador que le dijo que debía de permanecer dentro del Archivo las 8 horas de trabajo seguidas, no salir de ahí más que para ir al baño; pero se contuvo y le pidió a Dios que le diese paciencia. En el departamento de Archivo, sin embargo, Janel permaneció tres meses, hasta el cierre de campaña. Entonces, la empresa le dio su finiquito y se quedó sin trabajo. Eran días difíciles, para él que pretendía casarse con su novia, también nacida en Perú. Sobrellevó el paro gracias a un préstamo bancario y algunos trabajos eventuales para una empresa de Trabajo Temporal. Este tipo de empresas no le motivaban en absoluto, pues ya había trabajado para una que suele publicar anuncios en los medios de comunicación vanagloriándose de ser líder en su sector y la de mayor facturación en el país; durante dos años consecutivos había sentido la explotación, el hecho de trabajar de noche, arduas jornadas en fábrica, y para ganar un sueldo de 70, 000 pesetas al mes. Esperó con impaciencia a que lo llamasen de la empresa de telecomunicaciones; creía que sus jefes no podían olvidarse de él, siempre diligente en el trabajo, con buena conducta y preparado para realizar otro tipo de tareas. Tenía estudios de empresariales, nociones de inglés e informática.

Y, tal como se lo esperaba, tres meses después, la empresa, a través del Coordinador  lo llamó a casa para pedirle que se presentara cuanto antes al departamento de personal para  firmar contrato y trabajar en la presente campaña. En la nueva campaña, Janel fue destacado al departamento de validación. Se encargaba de recibir los contratos de los operadores, revisarlos que estuviesen bien cumplimentados, separar aquellos con anuncios considerados “no normalizados o diseño libre” de los otros normalizados o de inserción. Con estos no tenía problemas, pues presentaban recuadros pequeños y la normativa no los especificaba complejos, pero con los otros sí tenía trabajo: debía integrarlos en un listado, acompañados de sus correspondientes logotipos y el diskette donde estaban los anuncios completos tal y como quería el cliente que salieran publicados en la guía. Y, como muchos operadores, por la prisa ante el cierre, le entregaban los contratos con anuncios incompletos o sin logotipo ni diskette, dejaba su puesto e iba a pedirlos, pues cuanto antes debía de enviar su listado al departamento de Cierre de Validación ubicado en Madrid.

Había otros anuncios denominados “telemáticos”, que consistían en anuncios On Line en Internet, y en Paginas Habladas. De estos, igualmente elaborada un listado y adjunto a la copia del módulo donde figuraba el nombre del anuncio y acompañados de su hoja de información, los remitía por valija al departamento de Producción Telemática, en la capital de España. El trabajo en esta sección era manual y el ritmo lo marcaban la cantidad de contratos entregados por los operadores; los días de cierre eran cuantiosos y entonces Janel parecía un autómata de la cintura para arriba.Le parecía una injusticia que quisieran despedir a Carmen, una compañera de trabajo. Ella tenía dos hijas y estaba separada de su marido, por lo tanto el pequeño ingreso que le proporcionaba su trabajo era vital para su familia. Nunca hubiera imaginado que los jefes de la empresa la llamaran un día a la dirección para conminarle a que firmase su baja voluntaria, a lo cual ella accedió pero con la condición de que dieran un día. Los jefes la citaron para dos días después. Al salir de la oficina principal, Carmen estaba llorando; probablemente pensaba en sus hijas. ¿Cómo iba a sostenerlas ahora? Ella decía que su esposo no le pasaba ninguna pensión para ellas. Llegó a su sitio con una cara de deprimida. Le dijo a Janel que necesitaba fuerza anímica para soportar la estocada brutal que pretendían propinarle sus empleadores. Alguien le aconsejó que buscara a algún sindicalista para exponerle su caso. Oyendo el consejo, se encaminó al despacho de CCOO donde una dirigente le puso al corriente de sus derechos y le aconsejó que no firmase ningún papel de los jefes ya que su despido no procedía.  No podrían echarla de ningún modo. El día señalado por los jefes para que firmase su propio despido aunque su voluntad fuera reacia a ello, llegó a la oficina acompañada por la sindicalista, que por cierto supo manejar bien sus cartas sindicales ante los jefes y salió airosa del careo. Carmen se quedó en la empresa.Peor fue lo que sucedió con Oscar, el administrativo que había sucedido a Janel en el Archivo. Los jefes le hicieron llamar para entregarle una carta donde se le daba a entender que su contrato “por obra o servicio determinado” se extinguía en quince días, por lo tanto estaba con un pie en la calle. La jefa de equipo, que era la mujer del Gerente de Ventas de Telefónica, quizá por compasión al verle preocupado, le propuso que hiciera un cursillo de formación, que empezaba enseguida, con la posibilidad de que se le cogiera como teleoperador en otro departamento.  Oscar le dijo que sí, de principio aunque luego lo consultó con sus padres quienes, al parecer le dijeron que no aceptara la propuesta por que parecía una jugada para deshacerse de él lo más rápido posible. La empresa quería que redujera su jornada de trabajo a la mitad de horas, es decir que, en la práctica sólo le pagaría por las cuatro horas de trabajo y el resto se lo pagaría el Gobierno con el  dinero destinado a la subvención de cursillos. Oscar, de veintisiete años, cambió de parecer, con la influencia de sus progenitores, y así se lo dijo a todo el mundo. Pero, su error fue quizá no comunicárselo a la jefa, que ya había movido sus influencias para que él empezara el cursillo un día después de su notificación de despido. Sucedió al día siguiente, cuando ella al verle en la plataforma, sin ninguna discreción ni pizca de educación, comenzó a gritarle delante de todos, haciéndole quedar mal ante los demás. ¿Acaso pretendía meter miedo al resto? ¿Todos los jefes eran iguales de puteadores? “¡Vaya panorama!”, suspiró una teleoperadora “¿qué ejemplo para los trabajadores?”. La jefa parecía una placera diciendo cosas simplonas, aunque dando a entender que ella ponía las manos en el fuego por los demás y encima le pagaban mal. “Parece que estamos en un manicomio.” Dijo alguien, tapándose los oídos para no seguir oyendo la tira de palabrotas que la jefa le lanzaba a su subalterno. Oscar, el pobre injuriado estaba asustado; nunca se imaginó la reprimenda.

La hipocresía, la falsedad  y la mala leche discurrían por todos  los pasillos de la empresa.