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LOCURA QUE HICE POR TI

 

LOCURA QUE HICE POR TI

– ¡Todos al suelo o disparo! – gritó dentro la oficina bancaria un tipo vestido de negro, alto y enmascarado, mientras con su arma apuntaba a la cabeza de una joven y atractiva empleada de la entidad.

Todos se agazaparon o se tiraron al suelo, asustados. La empleada, a una orden del asaltante, sustrajo rápidamente el dinero de las cajas y lo depositó en un saco oscuro. Tras cumplir su cometido, la chica, sumamente nerviosa, le mostró el botín al ladrón que se entretuvo unos segundos mirándola a los ojos. Luego volvió a intimidarla con su arma y se la llevó como rehén hacia la salida del local.

Ya en la calle, el ladrón se quitó la máscara para no despertar sospechas, aunque la empleada del Banco al reconocerlo se quedó pasmada. “Disimula Pochita” le dijo él y la conminó a seguir caminado hasta un vehículo estacionado a pocos metros del Banco. El vehículo arrancó justo por detrás de un coche patrulla que alertado por alguien había llegado al lugar.

Pronto, se originó un inesperado diálogo entre los ocupantes del vehículo perseguido.

– ¡Cómo se te ocurre venir a robar el Banco donde trabajo!  – Le increpaba la mujer a su captor–: ¿Por qué? ¡Mírame cuándo te hablo! ¿Por qué lo has hecho? ¿Estás loco?

– ¡Lo hice por ti! ¡por nosotros! ¡Para tener dinero y poder casarnos!

– ¡No a este precio!.. ¡Me has dado un susto de muerte con esa pistola!

- Es de juguete ¿No te has fijado?

-¡No!  ¡Eres un cabrón!...

Con el vehículo haciendo cabriolas para no chocar con los demás que circulaban por la vía, el ladrón fugitivo le dijo a su bella cómplice:

–Perdóname por obligarte a hacer esto, mi cielo.

–Ahora soy tu rehén, ¿vale? Y no te queda otra que tratarme como tal. ¿No ves que nos sigue la policía? ¡Joder!

–Sí, cariño. ¡Escucha tengo una idea! Haré como que me deshago de ti, como que te empujo hacia afuera. Tú abres la puerta y te dejas caer.

–Bueno. Pero hazlo rápido.

El hombre quitó el pie del acelerador del vehículo y, en un instante, la chica  que iba a su lado abrió la puerta y cuidando de no hacerse daño se dejó caer en la vía.

El coche patrulla frenó su marcha al ver rodar sobre el pavimento a la mujer descrita como rehén. Y uno de los policías, que había ya alertado a otros colegas de la ubicación donde se encontraban, se bajó del vehículo  y corrió a ayudarla.

La chica no mostraba más que una raspadura en un brazo, pero se quejaba de fuerte dolor en el cuerpo. Y para asistirla, los gendarmes tuvieron que llamar urgente a una ambulancia.

El coche policial se retrasó en la persecución y cuando reemprendió la marcha, ya el objetivo había desaparecido en la carretera.

El atracador huía con dirección Norte. Ya no llevaba antifaz, solo oscuras gafas. Era un tipo joven y con buen porte físico. Tenía unos brazos musculosos y un pecho prominente. Parecía un tipo fuerte, indoblegable, por dentro y fuera. Pero, de un momento a otro, el fortachón se dejó llevar por sus escrúpulos. “¿Por qué lo hice?, ¡Dios mío!” Sentía malestar, más por pensar que su novia no se lo perdonaría que por pasarse años metido en la cárcel.

Se arrepintió de lo que había hecho. Todo por conseguir el maldito dinero que le faltaba para poder casarse con ella. No había tenido otra opción , ya que estaba afrontando una  espantosa crisis económica. Sin un duro en el bolsillo, sin trabajo y con la prestación por desempleo agotada hacía tres meses. ¡Odioso Dinero! Lo necesitaba para realizar su sueño dorado: llevar al altar a su adorada novia. Por ella haría cualquier cosa, incluso coger el bien ajeno. ¡Asqueroso Dinero! Para conseguirlo había planeado de antemano el atraco al Banco. Todo lo había previsto, menos su arrepentimiento.

Maldiciendo su suerte, frenó el vehículo y lo estacionó junto a un parque. Lloroso y resignado, llamó a la policía para indicarle el punto donde se encontraba el vehículo con el dinero sustraído del Banco. Luego, desapareció del lugar.

 

El atracador se dirigió a la casa de sus padres, con quienes vivía desde que nació, hace treinta años. Tampoco había tenido la oportunidad de emanciparse y aún percibía la ayuda familiar. Estaba tranquilo, no decía nada a nadie, hasta que recibió la llamada telefónica de su novia  y entonces sí se puso nervioso.

-¡Lo hice por ti, por llevarte al altar!.... ¡Sí, me eché para atrás!

-¡Devuélvelo todo y vete a la mierda Pepe! –Le dijo ella–: ¡Lo nuestro se acabó!

-¡Perdóname, por favor!

Sus familiares le oían hablar. A veces decía disparates y no le daban importancia, además era el hermano mayor y nadie se metía en su vida. Pero se llevaron una sorpresa mayúscula cuando vieron llegar a la policía, que tras haber rastreado los pasos del maleante lo había ubicado.

El fugitivo dijo a sus familiares que no se preocuparan, los gendarmes eran amigos suyos de la mili y habían venido a buscarle para irse a tomar algo. Pero, nadie se lo creyó, por la forma en que los polis le miraban y luego cuando cabizbajo y sin ofrecer resistencia se dejó detener por ellos.

En el camino, el prisionero de semblante triste, se preguntaba si ella le perdonaría algún día por haber cometido semejante delito. Y, para darse valor y no pensar en los años que le caerían encima a pesar de haber devuelto el dinero, murmuró: “Lo hice por ti, mi vida, para poder casarnos y formar un hogar. Lo hice por ti...”