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EL PEQUEÑO MERCADER

OLLANTA

Al borde de una angosta vereda destacaba una larga fila de medianos recipientes de plástico conteniendo decenas de manijas, tapas y otras piezas accesorias de artefactos domésticos. Junto a estos recipientes, cuyas formas eran rectangulares, había otra tanda de cajas cuadradas exhibiendo series completas de cucharas, tenedores, cuchillos entre otros juegos de cubertería útiles para la mesa familiar. Al lado de estas cajas, encima de un plástico apegado al filo de la acera había además un conjunto atractivo de tazas, ollas, sartenes, cada cual puesta en oferta al mejor postor. Más abajo, ya en la calzada vehicular, se veía un mostrador de madera de gran tamaño sobre el que reposaban pequeñas cocinas eléctricas con sus hornillas rajadas, extractoras con sus mangos de dirección destrozados, planchas con sus bases triangulares quemadas, en fin, una variedad de electrodomésticos en evidente estado de restauración.

Toda esta mercancía –que estaba protegida del sol por un deforme toldo de puntas atadas a cuatro palos plantados de cualquier modo en la calle–, constituía en realidad una atractiva tienda comercial para el público que transitaba por aquel punto de la avenida del Poeta José María Eguren, uno de los perfiles exteriores del Mercado Mayorista, en la cálida ciudad de Trujillo.

“¿Son de segunda mano, no?”. Sobresalió la voz de una mujer, en medio del barullo que imperaba en el ambiente.  El dependiente de aquella tienda callejera, un joven flaco y desgarbado, que estaba de pie junto a su mesa de trabajo sumido en total concentración reparando una plancha de bordes oxidados, salió de su mutismo y respondió a la curiosa que se había detenido a observar las licuadoras en oferta:

–Sí. Pero están en perfecto estado. Revíselas si desea.La mujer se puso a examinar con atención uno de los brillosos artefactos. Mientras tanto, el vendedor recogió el cable eléctrico que mantenía a su alcance y alargándolo en el camino desapareció por la puerta de una tienda comercial vecina. Instantes después volvió a su puesto y conectó al tomacorriente el enchufe de la licuadora que había sido seleccionada por quien ahora seguía sus movimientos con signos de extrañeza en el rostro. El joven quería demostrarle a la indecisa mujer el perfecto funcionamiento del artefacto que tenía en venta. Con este fin extrajo de una bolsa llena de frutas una manzana roja y un plátano maduro, les quitó las cáscaras con la ayuda de una cuchilla y finalmente introdujo las frutas peladas y un poco de agua de botella en aquel vaso vidriado. Se dirigió a la mujer, al cabo manipulaba el botón de funcionamiento de la licuadora:

 “Verá como trabaja este aparato”. El rugido batiente que surgió de la máquina en movimiento atrajo a varias personas que hacían sus compras por el lugar.– ¡Qué regio! –exclamó la señora. Y añadió convencida–: Me llevo esta licuadora, joven. Pero hágame una rebaja–No puedo, mamita. El precio es barato, se lo aseguro. El negociante vertió el jugo del frasco en una olla vacía del muestrario y procedió a sacudir con su franela las partes componentes del artefacto pedido. Luego, mientras envolvía estas piezas en hojas de papel periódico, comunicaba a su clienta que la licuadora que estaba comprando gozaba de una permanente garantía técnica.

"Si la máquina deja de funcionar –le dijo–, la trae enseguida  para repararla”. Finalmente alcanzó a la mujer el pedido junto con una referencia del establecimiento callejero: una  pequeña tarjeta, en la que se leía: Comercial  “El Ciclón Norteño” - Propietario: Sr. Mosca VivaCompra - Venta y Reparación de aparatos electrodomésticosPuesto 2, junto a Banco CCC - Av. Eguren, Cuadra  3 (Trujillo) 

Ollanta miraba de reojo a la gente que, perseguida de cerca por los rematistas de baratijas, pasaba por delante de su puesto de trabajo. Estaba preocupado por la tardanza de su compañero de labor. “¿Por qué no vuelve Mulato? El jefe vendrá ahora y no lo encontrará”. Su temor se convirtió de pronto en angustia y miedo al ver llegar al mencionado dueño del negocio.

– ¿Dónde está Mulato? –le preguntó el patrón, al verlo solo en el quiosco.

–Se ha ido al baño –respondió con nerviosismo–. Me dijo que volvería pronto.

Pero el hombre, de cuerpo rechoncho y cabeza pelada, no parecía estar satisfecho con aquella respuesta. Quizás pensaba que su otro ayudante andaría por las inmediaciones haciendo de las suyas. Lanzó un gruñido de enfado, antes de decirle a Ollanta:"¡Voy a buscar a Mulato! ¡Si viene antes, dile que quiero hablar urgente con él!"

 Al minuto de haberse marchado don Mosca, avistó por la vereda de enfrente al compañero de faena. El muy fresco iba persiguiendo entre piropos a una agraciada colegiala. Lo llamó en voz alta, varias veces. Quería advertirle del peligro que corría si se topaba con el patrón que andaba buscándolo por las inmediaciones. Pero en vano, su amigo no le oyó y siguió de largo por detrás de la muchacha. Pensó en salir corriendo a darle alcance, pero como esto implicaba dejar el negocio a merced de los ladrones que merodeaban por el lugar, desistió de la intención, y optó por esperarlo en su puesto de trabajo.

Rato después, al verlo de vuelta en el quiosco, le explicó lo que sucedía:

–El jefe está muy enojado contigo. Aunque yo he tratado de justificar tu ausencia...

Ultimaba su informe al compañero, cuando el patrón reapareció en el quiosco con una cara de Hitler. Éste le preguntó a su auxiliar boyante por qué diablos había abandonado su puesto de trabajo. El muchacho le respondió con toda tranquilidad que había ido a dejarle su encargo a una clienta exigente que vivía a varias cuadras de allí, que por este motivo había tardado en volver. “¡Cuál encargo, carajo!”, replicó el hombre enfurecido. “¡Tú sabes que todo pedido se recibe y se entrega acá en el puesto! ¡Yo no tengo un sólo pelo de tonto!”. Le reprochó su conducta: “¡Te he visto por la otra calle besándote con una chica! ¡Y no es la primera vez que lo haces! ¡Ya estoy harto de tus pendejadas!...”

Ollanta oía al acalorado jefe sumido en un silencio glacial y una inmovilidad absoluta. El carácter vinagroso de don Mosca le intimidaba; y hasta tal punto que llegó a sentir pavor cuando éste le amonestó: “¡Y tú! ¿Por qué me engañaste diciéndome que Mulato se había ido al baño?”. El hombre, atacado por la rabia, empezó a despotricar contra sus ayudantes: “¡Son un par de mal nacidos!”. A medida que él levantaba la voz, sus gestos se volvían más ofensivos: “¡A ver, díganme! ¿Y si les hubieran robado mi mercadería? ¿Cómo iban a pagármela ustedes mequetrefes muertos de hambre?”

Ollanta hacía un esfuerzo soberano para no violentarse, a pesar de que las duras palabras del patrón pinchaban su naturaleza pacífica. Así se tragaba la reprimenda, sin rechistar, como buen empleado raso. En cambio, su embetunado compañero de labor, poseedor de otro carácter, no pudo aguantar más la humillación y respondió al jefe prepotente:

-¡Estamos así de hambrientos y pelados porque recibimos de usted un sueldo miserable!.

El hombre miraba a su empleado blandiendo los puños y le amenazaba con golpearle si no callaba de una vez. Pero, el rebelde se dispuso a reafirmar con valentía su argumentación. En voz alta le instó a que se pusiera la mano en el pecho y tomara conciencia de lo que iba a decirle:

 –Ollanta y yo abrimos su tienda a las siete en punto de la mañana y la cerramos a las ocho de la noche. Son trece horas de imparable trabajo, con sólo un alto de quince minutos al mediodía para ir a comer un menucito que todavía debemos pagarlo con dinero de nuestros bolsillos. ¿Y cuánto nos paga, señor? –le dijo, con tono irónico– ¡Tres soles diarios! ¿Cree que con esa miseria de dinero se puede vivir? ¡Perdone que se lo diga en su cara, pero nos está explotando como a negros esclavos! ¡Usted se enriquece a costa de nuestro trabajo! ¡Encima es un jefe que abusa de su autoridad y nos maltrata!…

– ¡Cállate, o te rompo la cara!– El hombre ventrudo, que tenía los nervios crispados, levantó el brazo con la intención de castigar a quien se atrevía a criticar su política de manejo del personal a su servicio. Pero, su contrincante, que era un joven alto y de cuerpo atlético, se enderezó rápidamente junto a él, poniéndose  a la defensiva.“¡Pégale zambo!”. El público, aglomerado en torno al quiosco callejero, manifestaba su favoritismo hacia el mozo envalentonado. Todos, incluyendo a dos viejas chismosas, una turba de colegiales revoltosos, varios vagabundos y una jauría de perros vagos que no cesaban de ladrar a los púgiles advenedizos, esperaban una gran bronca callejera. 

 Pero, en medio del espectáculo, el viejo y mal humorado mercader se acobardó y bajó la guardia. Ante la actitud de su rival, el joven moreno bajó también los brazos tensados y buscó a Ollanta para decirle que se marchaba de allí de inmediato.

– ¿Te quitas conmigo o vas a seguir sirviendo a este miserable? –preguntó Mulato, mirándole con curiosidad.

Ollanta se vio forzado a tomar una pronta decisión; observó un instante a su amigo y luego a don Mosca. Entonces, rascándose la cabeza y con aire resignado, respondió:

–Me quedo, hermano. Porque no tengo otro trabajo

–Eres valiente, flaco.

En la despedida, compartió un emotivo abrazo con quien además le aconsejó: “cholo, cuídate de este ogro”. De la mirada tristona de Ollanta afloraba un signo de admiración hacia Mulato que se alejaba de allí con la frente alta y silbando su orgullo. 

Al marcharse su compañero de labor, el jefe le recargó las tareas en el quiosco. Ahora él solo debía de montar y desmontar el toldo que protegía la mercadería de la intemperie, limpiar la suciedad de las piezas sueltas y los artefactos en recomposición, atender los pedidos de la clientela, además de contabilizar el dinero de las ventas y ponerlo a resguardo en caja fuerte. El pobre sudaba la gota gorda, desde el amanecer hasta el anochecer, por un jornal que apenas le servía para cubrir sus gastos de comida y transporte. Y, como tampoco podía ahorrar ningún dinero, no había cuándo pudiera comprarse el par de zapatos que necesitaba con premura.

Pero un día, creyéndolo así conveniente, optó por hablarle de su situación a don Mosca:

–Lo que me paga, señor, no me alcanza para vivir. Le ruego que sea bondadoso y me aumente el salario.

– ¡Estás loco! –le respondió–. ¿Cómo te voy a aumentar? El negocio está pésimo. Tú mismo puedes ver que la crisis económica está afectando el bolsillo de los clientes.

El patrón, haciéndose el tonto, le preguntó por el número del calzado que usaba. Ollanta se lo dio, mirándole con extrañeza. “Ahora vuelvo –le dijo Don Mosca–. Encárgate del negocio.” Le vio caminar rápidamente hacia un puesto de zapatos ubicado al otro lado de la calzada. Algo le dijo al vendedor, un colega suyo, quien, en seguida metió las manos dentro de su carreta y extrajo un paquete oscuro, el cual, a cambio de un amistoso palmoteo en los hombros, se lo entregó al mismo que después de cruzar la calle  retornó al quisco.El jefe le puso en las manos el paquete que había traído y le dijo con zalamería:

-Es un obsequio para ti. Estoy seguro que te va a gustar-

Ollanta sintió alegría y abrió su regalo con una ansiedad de niño. Pero su faz cambió de color al ver un par de botines viejos y parchados. Con gesto desabrido le dijo que sólo porque necesitaba con urgencia un par de zapatos los iba a utilizar. Le dio las gracias, de todos modos. Aunque se quedó convencido de que su superior además de vil explotador era un gran tacaño. 

Para cubrir la totalidad de sus gastos, debía de realizar otras faenas durante la noche. En franca lucha contra el cansancio, después de cerrar el quiosco de don Mosca, emprendía largos recorridos por las calles céntricas de Trujillo, apoderándose de cajas de cartón, objetos de vidrio y otros trastos que pudieran ser reciclados. Recogía los objetos usados en sacos de tela y los iba almacenando en el mismo depósito particular donde guardaban sus mercaderías los vendedores ambulantes de la zona. Luego, sobre las once de la noche, con su cuerpo reventado de cansancio y sueño, caminaba hacia el paradero para coger el ómnibus que lo dejaría cerca de su casa. Al día siguiente, antes de abrir el puesto de don Mosca, sacaba del depósito aquellas valijas inmundas y los llevaba a ofrecer a los cachineros o comerciantes de cosas usadas que proliferaban por las inmediaciones de aquel mercado. El dinero que percibía por estas ventas fugaces casi siempre equivalía al doble de su jornada habitual.  Por tal  motivo, llegó a asaltarle la idea de dedicarse enteramente al oficio de lechucero recogedor de cartones. Pero, al hacer cálculos y comprobar que en esta actividad había una creciente competencia de brazos humanos terminó por desechar la ocurrencia. Le convenía más mantener esta faena recursiva como complementaria de su trabajo diurno.

Así él iba tirando para adelante, como Dios manda, siempre procurando que no le faltase el pan cotidiano. En este tren de vida, arduo pero fructífero, era lógico que no pudiera imaginarse siquiera la posibilidad de sufrir un traspié. Sin embargo, una fría mañana de invierno, mientras sacaba la pesada mercadería del almacén cercano a su puesto de trabajo, un repentino malestar físico estropeaba la fuerza y agilidad de su joven cuerpo. Pensaba que sería por causa de la gripe, ya que en los últimos días había soportado fuertes accesos de tos. Volvió a sentirse mal, y optó entonces por no abrir el quiosco del jefe. Se sentó al borde de la acera, con los ojos vidriosos y el rostro afiebrado hundido entre los hombros encogidos. Esperaba que el propietario del negocio viniese pronto a socorrerle. Estando en esa postura, inmóvil y aletargada, no vio cuando un amigo de lo ajeno pasó por su lado llevándose una caja llena de piezas de licuadoras.

Se enteró del robo una hora más tarde, cuando don Mosca Viva llegó al quiosco y, tras una rápida revisión de su mercadería, comenzó a gritarle: “¡Pedazo de idiota! ¡¿No ves que falta un paquete de mercadería?! ¡Te lo han robado seguramente! ¿Crees que te pago para que duermas?” Una vergüenza incontenible, que desplazó de golpe a la fiebre gripal, se apoderó de su rostro. No sabía qué hacer para reparar la pérdida de dinero que por culpa suya ocasionaba a quien seguía recriminándole con aspereza. Vencido al fin por sus escrúpulos, le dijo al patrón que trabajaría para él sin cobro alguno de salario hasta cubrir el costo de la mercancía desaparecida. El tío gordiflón trocó su consecuente enfado por una sonrisa complaciente, lo que significaba la aprobación de tal propuesta.     

A partir de entonces, se afanaba trabajando para su empleador, y sin percibir por ello ni un sólo centavo de sol. Eran días difíciles para Ollanta, sobre todo por su precaria situación económica. Sin más ingreso diario que las dos o tres monedas que conseguía por las noches en sus correteos de murciélago recogedor de cartones, padecía hambre y desasosiego de ánimo. A veces, sintiéndose abatido por su suerte desgraciada, derramaba lágrimas de rabia e impotencia. Por fin harto de llorar y sufrir, una mañana, tras seis meses de esfuerzo en provecho del mezquino patrón, irguió su mirada sudorosa y le dijo a éste con acento firme:

–Creo señor que ya le he pagado con mi trabajo todo lo que le debía. Ahora búsquese a otro ayudante, porque yo me voy.

– ¡Oye, espera!...

Con mucha decisión, y haciendo oídos sordos a la protesta acalorada del obeso tendero ambulante, dio un salto con sus piernas ágiles y pasó por encima de las muestras de mercadería. Y, tal como lo había hecho Mulato, sin volver la vista atrás, con la frente alta y silbando su victorioso orgullo, se marchó de allí. 

Para salir de la desagradable condición de parado, Ollanta decidió invertir todo su dinero, que no pasaba de diez soles, en el negocio de venta al por menor de helados. Corría el mes de enero y la temporada veraniega arreciaba con  furor; por ello, preveía ganancias apreciables. Presto adquirió una caja heladera de segunda mano pero en buen estado de conservación. Se confeccionó además, con mucho ingenio y a base de restos de latas viejas, la bocina que emplearía durante el pregón de la mercadería. Se dirigió luego a una fábrica clandestina de helados que, por suerte suya, había en el distrito de su residencia. Como el dueño del negocio le conocía desde la niñez, por haber sido amigo de su padre, le vendió el producto a bajo precio; así él pudo llenar su nevera comercial portátil hasta el tope.

Con su ilusión puesta en la venta de helados, se lanzó a las calles trujillanas, desafiando al calor estival que le abrazaba con más de treinta grados. Vociferaba: “¡Helados! ¡Túrn!”. Cada tres horas hacía un alto a su caminata para aprovechar el ligero bocadillo consistente en un pedazo de pan con mantequilla que solía llevar camuflado dentro el morral adjunto a su pequeño frigorífico. A veces, a falta de mantequilla, se conformaba con un pan solitario que iba comiendo por migajas durante el día. Y, debido al desgaste físico cotidiano y a la defectuosa alimentación, su cuerpo enflaqueció rápidamente. Sus ojos dormidos se hundieron en las cavidades de su rostro huesudo. Su espalda, curvada ya por el peso de la vida azarosa, sufrió una lastimosa torcedura hacia el lado donde llevaba su mercadería. Su aspecto físico terminaba por arruinarse con las partes rotas y descosidas de su camisa, los agujeros cada vez más numerosos de su pantalón de pana y las suelas destrozadas de sus zapatos. Sin embargo, el descuido total de su persona, de ningún modo impedía que él publicara a gritos su mercadería.                                                                                                  

– ¡Helados! ¡Túrn!

Vidriado de sudor, a causa de los potentes rayos del sol, se dirigía hacia el balneario de Huanchaco. De pronto, a causa de un fortísimo tropezón con un guijarro mal acantonado en el camino, su calzado derecho quedó descuartizado junto a unos arbustos. Mientras resistía la terrible quemazón en la planta de su pie descalzo, buscaba alguna superficie plana sobre la cual sentarse. Por suerte, a la orilla de un pequeño charco de agua notó una piedra rocosa. Se acercó a ésta, descolgó del hombro su minúsculo refrigerador portátil y, justo cuando iba apoyar el cuerpo en la piedra, su rostro que estaba bañado en sudor y  además preocupado por haber perdido un zapato, se contrajo al sentir como si por la espalda alguien le hubiera dado una palmadita. Se volvió entonces, y su ser entero se transformó en una adolorida aunque risueña mueca al ver en medio del fango un atractivo zapato que según él conjeturó: “algún millonario lo ha tirado aquí creyendo que ya no sirve”. Valiéndose de una caña larga y pelada, que halló por las cercanías, extrajo de aquel fango impuro el codiciado calzado, que por suerte le permitió luego retomar su caminata hacia el norte. – ¡Helados! ¡Túrn!

Más adelante, veía a un viejo pescador que hacía girar en círculos continuos su delgado hilo de pesca. El hombre lo lanzó con toda la fuerza de su brazo hacia el mar chisposo. El anzuelo, con la blanda carnada, fue a caer lejos del rocoso muelle, en cuya plataforma se sentó el pescador en espera de la diosa fortuna. Tenía los ojos fijos en la lontananza azulada, entre tanto el viento mecía sus barbas canosas. Ollanta dio unos pasos tímidos por detrás del pescador, intentando no desconcentrarle de su trabajo. Pero, el ruido que produjo su chancleta al pisar un cacharro inmundo, hizo que el otro advirtiera su presencia. Al verse descubierto, se animó a ofrecer sus productos al pescador: “¡Helados de mango!” Pero, de pronto, éste se incorporó agitado y fijó los ojos encandilados en algún punto del mar. “¡Picó!...”, comenzó a chillar el anciano, atrayendo hacia sí su tirante caña de pesca. Ollanta, por curiosidad, oteó hacia el horizonte marino; y entonces trémulo descubrió olas gigantescas que se levantaban del mar y volvían a caer con fuerza golpeando las piedras y la arena de la playa. Retrocedió unos pasos, asustado por el furioso oleaje marino; mientras, el pescador danzaba de alegría alrededor de un pez gordo que coleaba ya dentro de su cesto.

– ¡Es una liza grande! –chillaba el viejo, eufórico–. ¡Tengo comida para varios días! ¡Eh, muchacho, me has traído suerte! Oye, dame un helado. Si es de fresa, mejor.

Ollanta alcanzó un helado de fresa a quien le sonreía con complacencia. Recibió de éste a su vez con alegría la moneda equivalente al precio del helado. Le agradeció por su compra, y además le deseó suerte. “Que logre más pesca, señor”, le dijo al anciano pescador, que, sin dejar de saborear el helado, estaba recomponiendo su caña para una nueva incursión pesquera en las aguas norteñas. Luego se alejó del lugar, vociferando: “¡Helados! ¡Ricos helados!”

El mar azulado entonaba su eterno susurro en el cálido mediodía norteño, mientras parecía ofrecer su brisa fresca a los enamorados, su mejores rutas a los marineros porteños, su inagotable variedad de peces a los pescadores que competían sobre el muelle, y a los vendedores ambulantes la esperanza de lograr mayores ventas. Ollanta, cansado de caminar, se detuvo junto a un carrusel de piedras cuya base introducida en el agua era el aposento de cangrejos, conchas negras y otros moluscos marinos. Retrocedían las aguas pacíficas para retornar luego convertidas en olas brumosas que azotaban con fuerza la arena y las piedras del litoral. Sentado en la saliente de una roca anclada a pocos metros de la playa, sin despegar sus manos de la caja heladera, pensaba: “Oh, inmenso mar, dime ¿cuál será mi destino? ¿Cuál será el porvenir para un pobre como yo?”. Implorante, alzó la mirada a lo alto y, por coincidencia sublime, dos frías gotas de agua salpicadas del océano vinieron a acompañarle en su pena.

“¡Eh! ¡Heladero!” Alguien le llamaba desde algún lado de la playa. Era una voz de mujer, que salía por debajo de un quitasol plantado cerca del malecón marítimo. Se puso de pie y echó a  correr hacia quien ahora le hacía señas con la mano. Al llegar junto a un hermoso cuerpo femenino que estaba tendido a lo largo en una sicodélica toalla, se quedó embobado. Observaba aquellos pechos abultados, aquellos muslos contorneados que se movían atrevidamente sin salirse del diminuto bikini. Ollanta hacía esfuerzos soberanos para mantener la serenidad, pero, sin saber por qué, no lo conseguía; y, temblando de nerviosismo, ofreció sus helados a la despampanante chica: “Te-tengo dedos sabores, seño-ñorita, de co-coco y fresa”

Aquella beldad lo miró con curiosidad y, quizá para darle un poco de confianza, le preguntó por qué estaba nervioso.– ¿Quién, yo-yo? No sé –respondió tímidamente–. Se-será porque usted es bella.

 –La belleza –dijo ella, con un gesto simpático en el rostro– es una perfección del cuerpo que por desgracia se va deteriorando con el tiempo. Con decirte que una tía mía que a los veinte años era una reina de belleza hoy a los cincuenta parece una momia.” Sonriéndole de un modo amistoso, la Ninfa volvió a preguntarle: “¿Cómo te llamas?”Sintiendo que el rubor incendiaba sus pálidas mejillas, le dio su nombre. Y esto fue todo lo que le dijo, pues prefirió huir antes que seguir charlando con la dueña de aquellas enormes y bien moldeadas piernas.

A cincuenta metros de allí, no obstante, se volvió para admirarla por última vez. Experimentó un nuevo sonrojo cuando la preciosa sirena le dijo adiós con la mano. Luego, se perdió playa arriba, ofreciendo sus helados a los bañistas que jugaban a la paleta, a la pelota, a la pega, y a los otros que descansaban sobre la arena con los rostros protegidos del sol por delgadas carpas multicolores. Al caer la noche, volvió sus pasos cansados hacia su morada, ubicada a las afueras del pequeño balneario de Buenos Aires, cerca a la desembocadura del río Moche y a varios kilómetros distante de la ciudad de Trujillo.

Era una casita de pobre aspecto, con paredes de barro y techo de cañabrava, que estaba afectada además por el poder corrosivo del agua; aunque él la consideraba el mejor de los palacios porque según le había contado su madre: “viniste al mundo en esta casita la noche después de que tu padre terminara de construirla para nosotros que habíamos sido desalojados de un piso de alquiler”. En esta misma casita, que nunca había tenido cocheras, ni piscinas, ni servidumbre, pero donde sí había sobrado el cariño y la comprensión de sus padres: un noble pescador y una buena señora dedicada a las tareas del hogar, había vivido los mejores años de su vida. Aquí él había sido inmensamente feliz, hasta que, a causa de la prematura muerte de sus progenitores, acaecida hace un tiempo atrás y en diferentes circunstancias, se había convertido en el más triste y ermitaño de los seres humanos, en un ser que vivía aullando de pena en este rincón apartado del mundo, sin más compañía que sus ideas de progreso y sus recuerdos de familia.

Ollanta tenía sólo diecisiete años, pero era ya una especie de curtido lobo solitario.Cuando él estaba en la cocina, preparándose su acostumbrado caldo de pan con cebollas, percibió una profunda oscuridad en el hogar y ausencia de amor en el alma. Y volvió a cenar solo, echando de menos el cariñoso sírvete materno y la mirada reflexiva de su padre preguntándole por sus avances en el colegio. Después se recostó en el jergón, a rememorar su feliz etapa de niño; como siempre lo hacía antes de caer en brazos de Morfeo; a la luz de una vela que ardía lentamente en la repisa, evocaba las vivencias de mejores tiempos pasados. Se le reveló el rostro de quien un día salió de pesca en su bolichera y nunca más nadie le vio retornar a tierra. Musitó bajito y con tristeza: “Padre mío, te perdiste para siempre en el infinito mar.” Recordó en seguida a su madre: “Oh mi abnegada viejecita, cómo madrugabas a diario para ir al mercado a vender los cangrejos y el plancton verdoso que por las tardes recogías en tu canasta de la orilla del mar mientras yo estudiaba en el colegio con los otros niños del pueblo. Aplícate en los estudios, me aconsejabas acariciando mi cabeza con tus blancas manos, edúcate para que llegues a ser un hombre con ideas más grandes que las de tus pobres padres sin educación. Estudia y además trabaja, me decías, esfuérzate por el bien tuyo y el de la familia que un día formes. Qué cosas lindas me decías madre santa Y de repente: ¡Dios mío!, te derrumbaste en la cama afectada por un malvado cáncer. Ay, pobre viejita mía, fuiste desahuciada por la ciencia médica y un día falleciste en mis propios brazos. Te fuiste al Cielo, dejándome completamente solo en este mundo.”

Se levantó del colchón, con los ojos abiertos y los puños cerrados. Mirando al techo, gritó: ¡Señor! ¿Por qué me quitaste a mis padres? ¿No veías acaso que yo los necesitaba?...Le encaraba al Hacedor por su injusto designio cuando, sintió una helada sensación en sus pies descalzos. “¡Agua!”, lanzó una interjección de sorpresa y, al comprobar que realmente era agua lo que invadía su casa, aligeró las piernas hacia la calle. Una preñada luna amarillenta parecía alentar al cierzo que azotaba con violencia los muros decrépitos de su cabaña. Notó entonces con estupor que el viento arrancaba de cuajo las esteras y las tejas que durante años habían formado parte del techo casero. Desesperado, aligeró los brazos a fin de atrapar aquellos pedazos de tablas y cartones que huían en desbande azotados por la tempestad. Pero le era sumamente difícil recuperar lo que se llevaba el viento.

A lo lejos se oía el aullido lastimero de los perros, los latigazos estrepitosos de las olas marinas contra la costanera, y aquel rumor desconocido que parecía provenir de las entrañas de la tierra. Sentía que todo se movía a su alrededor. Tuvo miedo y echó a correr como una liebre hacia el centro del poblado. En el camino empantanado por el agua, que probablemente se había rebalsado del río Moche, percibía las siluetas espectrales de algunos vecinos que buscaban con desesperación a sus familiares perdidos en la noche de terror.Mientras huía de la furia de la naturaleza, recordó que en su barraca quedaba el morral con su pequeño capital de trabajo y sus ahorros. Con desesperada energía giró los talones y se las picó en aquella dirección. Pero al llegar al lugar donde estaba erigida su choza, a pesar de la oscuridad reinante, sólo percibió un montón de escombros que sobresalían de un enorme pantano. Aún así se puso a buscar su tesoro por entre el frío y espeso fango que le cubría hasta la cintura. “Dios mío –rogaba–. Soy huérfano de padres. No me quites ahora el pan de la boca”. Al convencerse de que su búsqueda en medio de aquella laguna era completamente inútil alzó los brazos hacia el oscuro cielo norteño. Gimió desconsolado: “Señor, ¿qué mal hice yo para merecer este castigo?”

Horas después, Ollanta, que por su aspecto parecía una apática alma en pena, se juntaba con aquellos vecinos que estaban resarciéndose de los daños psicológicos y materiales ocasionados por la terrible catástrofe. Según comentaban los propios damnificados, ésta había sido causada por la Corriente del Niño, fenómeno que había recalentado las aguas del Océano Pacífico propiciando la caída de fuertes lluvias en el litoral así como el rebalse del río Moche, cuyas aguas al salirse de su cauce habían arrasado a su paso los quioscos playeros, el malecón del balneario, las parcelas cultivadas y decenas de viviendas familiares. Ante las ruinas de su choza, y con los ojos empañados por el llanto, tomó una valiente resolución. Luego, para hacérsela saber a su madre, se encaminó hacia el cementerio del distrito donde ella estaba enterrada. Pero, ahí donde antes estaba el campo santo, se veía ahora un macabro espectáculo: las calaveras de los muertos afloraban en el terreno inundado por el agua. Una pena infinita doblegó su ser y se dejó caer de rodillas junto a unos huesos informes. Lanzaba quejas mientras acariciaba un cráneo destrozado que él, en medio de su delirante sufrimiento, creía que pertenecía a su extinta progenitora. Y ya cuando tuvo algo de claridad en la mente, le habló a la calavera: “Madre, perdóname si abandono nuestra casita. He decidido irme de este pueblo, hacia otros mundos, en busca de mejor fortuna. Así acallaré también mi infinito dolor y mi tristeza. Madre, recoge mis lágrimas y dame tu bendición. Oh, cómo decirte que te quiero y que me cuesta dejarte sola en este infierno” 

Tras despedirse del alma de su madre muerta, así como de algunos vecinos de su terruño, enderezó sus pasos hacia la avenida Moche. En la mano llevaba como único equipaje visible su desarrapada indumentaria, y en el alma llevaba como único consuelo a su desdicha el grato recuerdo de sus padres. El pobre, que además de hambriento estaba sin dinero, como no podía pagarse el billete en ómnibus, se acomodó en lo alto de un camión repleto de cebollas que se dirigía a la capital del país.

Extracto de mi novela "Los Trabajadores Ambulantes"