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PERDIDOS EN NUEVA YORK

PERDIDOS EN NUEVA YORK

 

Apenas obtuve mi pasaporte español, reservé un billete de avión para irme a los Estados Unidos. Mi ilusión era vivir en Nueva York, la nueva capital del mundo, donde confluían los más ricos hombres de negocios, los mejores deportistas y artistas en general. Ahí habría oportunidades para mí, estaba seguro. Ahí me haría de dinero y conseguiría las cosas a las que aspiraba en la vida.

Así pues, le comuniqué mi decisión a Rafo, compatriota mío, con quien desde hace algún tiempo venía compartiendo alquiler y gastos de piso en Barcelona. A principio él no entendió mi afán de cambiar de aires, pero luego respetó mi postura. “Si es lo que quieres hacer, cholito, hazlo.”, me dijo animoso. Le comenté que iba a desocupar mi cuarto para que lo alquilara a otra persona, aunque le dejaría encargado algunas cositas mías. Sonrió y me dijo que no me preocupara, que las guardaría hasta mi regreso.

Yo no sabía si iba a volver. De todos modos agradecí el amable gesto de mi compañero que, con un abrazo, me deseó suerte en mi viaje.

Y, una tarde de marzo, casi a finales del siglo XX, en un pequeño avión de una compañía holandesa partí hacia mi destino. En Amsterdam  tuve que hacer trasbordo a otro avión mucho más grande y sofisticado. Durante el vuelo me entretenía leyendo revistas o mirando las películas que proyectaban unas recortadas pantallas instaladas en las partes altas de la nave. Cada cuatro o cinco  horas algunas esbeltas y atractivas azafatas me complacían con bebidas refrescantes y ligeras comidas. Era un viaje placentero, por la atención y la buena vista, aunque a ratos sintiera aburrimiento por la cantidad de horas que permanecía sentado en mi asiento.

Tras un refrigerio, una azafata me alcanzó un cartoncillo impreso  que cumplimenté con un bolígrafo prestado de otro pasajero. Era un documento que debía presentar en la Aduana. Y, por fin, tras largas horas de trayecto, una voz que hablaba en varios idiomas anunció por los parlantes que en pocos minutos el avión aterrizaría en Nueva York.

A las seis de la tarde, hora local, el avión proveniente de Europa, se estacionó junto a una de las puertas interiores del aeropuerto John F. Kennedy. Tan pronto abandoné el avión, avancé de prisa entre la gente por largos y quebrados pasillos hasta llegar a la sala de Control de Inmigración.

Hice mi cola frente a una garita, con mi maleta de mano y mi pasaporte del que sobresalía aquel cartoncito cumplimentado. A mi turno, el guardia, un rubio carantón, me preguntó en inglés a qué venía a este país y por cuánto tiempo.

–I come here for holidays –le respondí, con mi inglés españolado– I come here for ninety days.

– ¿Ninety days? ¡It’s a long time! –me dijo el otro abriendo expresivamente los ojos. Y, todavía sorprendido, me preguntó dónde me iba a hospedar y si tenía familiares aquí.

–¡I am going to stay in a hotel en New York! –gesticulé, tratando de pensar en ingles –¡No, mister. I don’t have any family here!

El agente rubio, que me miraba constreñido de pies a cabeza, sin levantarse de su asiento y meneando la cabeza de un lado a otro, como diciéndose este inmigrante se me quiere colar llamó a otro guardia y entre los dos chequearon varias veces mi pasaporte con escudo de la Comunidad Europea. Como no veían en el documento nada anormal, a pesar de que lo rasguñaron y lo revoltearon por la tapa y las hojas impresas, el segundo agente me llamó a un lado y me ordenó abrir mi maleta de mano.

Tampoco había nada fuera de lo común en mi pequeña valija: utensilios de limpieza personal, ropa interior, un par de chancletas, dos libros. El agente que inspeccionó mis pertenencias le hizo un gesto indicativo a su compañero que pronto pegó un sonoro sello a mi pasaporte y  me lo entregó de un modo brusco. Me indicó con la mano y sin mirarme que siguiera adelante.

Respiré aliviado, y guiándome por las flechas rotuladas del aeropuerto me dirigí hacia el salón donde los viajeros esperan la salida de sus equipajes provenientes de las bodegas del avión. Al ver aparecer mi maleta grande me acerqué a la máquina giratoria que la traía y me la llevé conmigo hasta un carrito que había reservado para transportar mis pertenencias. Mientras avanzaba a la salida, en medio de gente bulliciosa, hice un alto junto a una caseta de información y cogí un pequeño mapa de Nueva York para poder guiarme en el camino.

Al salir del aeropuerto era ya de noche y no sabía a donde ir. Era la primera vez que pisaba tierra norteamericana y estaba despistado. Por todos lados veía gente de color preguntándome si quería un taxi para trasladarme a mi destino. Les respondía que no, con movimientos de cabeza. Para ubicarme, saqué aquel mapita y busqué con ojos y dedos anhelantes un punto que indicara Manhattan. Lo encontré, medio oculto, entre una maraña de líneas de varios colores. Estaba lejos de ahí.  Para salir del  apuro, pedí ayuda, en mi inglés chapucero, a una chica rubia que andaba por el lugar, y ella sonriéndose, no sé por qué, me respondió en castellano y me indicó el paradero de un autobús con destino al centro de la ciudad.

Tras corta espera, subí con mis cosas a un bus grande, conducido por una mujer negra y gruesa. Me acomodé en un asiento próximo al pasillo donde estaban recostadas mis maletas. Me sentía cansado y con ganas de beberme un vaso de leche y echarme a dormir. Pero aún no podía relajarme, así que en el trayecto estudié el modo de llegar al hotel cuya dirección me la dio una amiga mía antes de salir de Barcelona. Volví al mapita, y otra vez el laberinto de líneas quebradas. Al notar que el mapa estaba al revés le di la vuelta y como todas las palabras estaban en inglés, tampoco entendía mucho. Para resolver el impase se lo pregunté a un pasajero del autobús, un chino reilón que, por suerte mía, también iba hacia Chinatown.

Cerca de las diez de la noche, tras bajar del autobús con mis maletas arrastrándolas de la mano, y andar por calles, sucias y destartaladas, que me hacían recordar las calles de la Lima vieja, llegaba ante una fachada añeja, casi a punto de caerse, con puertas y ventanas apolilladas. En la entrada tampoco había ascensor, así que a pesar de mi fatiga no tuve más remedio que subir, por una empinada escalera de madera hasta la oficina de recepción del bendito hotel.

Era una posada de mala muerte, me di cuenta. La recepción era un mostrador destartalado que sobresalía por delante de una mujer vieja, de ojos rasgados, que apenas me vio empezó a hablarme, creo que en chino, porque no la entendía nada.

–I want a room for tonight –hilvané algunas palabras con mi inglés rudimentario–. ¿How much does it cost?

–Oh, Yes. We have a room for you. It cost tuenty dollars.

Creo que la china tampoco hablaba bien el inglés, aunque terminamos por entendernos. La dejé anotar en su registro mis datos que figuraban en mi pasaporte y le pagué el costo de la habitación. A cambio me dio un recibo y la llave de mi aposento, que según me indicó estaba ubicado dos pisos más arriba de recepción. Retomé mi camino por aquellas desaliñadas escaleras, con mi equipaje a remolque. Cuando llegué a mi cuarto de alquiler, no tuve más acción que dejarlo todo amontonado en un rincón y echarme a descansar.

Esa noche dormí más de lo debido por la extenuación del viaje y por el cambio de horario que aletargó mi cuerpo. Al despertar, la luz del nuevo día entraba en forma de haces por la ventana entreabierta  de mi habitación. A mi frente, una decena de ganchos para colgar ropa destacaba dentro un pequeño ropero vacío y con las puertas abiertas. Junto al armario, una mesita cuadrada conteniendo un florero de adorno, un platillo para cenizas de cigarrillos y un volumen de pastas amarrillas que desde el punto donde me encontraba acostado me parecía un grueso libro de texto. ¿O era una guía telefónica? Esto, en una ciudad donde uno no conoce a nadie podría servir de mucho. Salté de la cama, como impulsado por un rayo, y cogí la guía. La revisé con anhelo buscando nombres, direcciones, algo relacionado con peruanos o españoles. Y entonces, me fijé en la dirección del Consulado de Perú en Nueva York. Presto arranqué de la guía la hoja con aquel interesante dato y sonriéndome de satisfacción la guardé entre mis documentos.

Tras el aseo y arreglo personal, cogí la llave del cuarto, el mapa de la ciudad, mi pasaporte y mi billetera donde guardaba los 700 dólares que había traído de Barcelona y salí a la calle. Guiándome por el mapa, eché a andar por calles pobladas envueltas por un helado vaho que cada vez se hacía más intenso. Sentí frío, y enfundé las manos en mi chaqueta. La temperatura marcaba 3 grados y la gente en las aceras, en las calzadas en los portales era opacada por el manto de niebla que caía del cielo. Casi tropezándome, llegué a una de las bocas del Metro o Subway. Ahí dentro, todo lo contrario de afuera; mientras caminaba por los túneles se me pegaba en el cuerpo una calor cada vez más insoportable Y cuando llegué a ese horno que se llama andén, estaba sudando y tenía la chaqueta en la mano. Noté que los rótulos y flechas pintadas en la parte alta del andén, solo indicaban las direcciones finales más no las paradas intermedias que cubrían la ruta de los trenes

Sofocado y ofuscado, como estaba, me subí en el primer tren que se detuvo delante mío y que iba en la dirección adecuada para mí. Y pagué la novatada de abordar un tren que se iba de largo, sin detenerse en el punto donde debía bajarme. Y luego, tuve que bajarme del Expreso y coger, en sentido contrario, un tren con una letra colorada en la frente que por suerte sí se detenía en cada estación. Por fin, tras media hora de deambular dentro el engorroso Metro neoyorquino, salí por una de las bocas que dan a la avenida Lexhington.

 

El Consulado era uno de esos viejos pisos ambientados para oficina con pequeñas casetas de atención al público y una sala con cuatro filas de sillas próximas entre sí. En las paredes había paneles con símbolos patrios y otros anuncios de interés para los visitantes, que en su mayoría estaban de espalda a la propaganda, esperando turno con sus tickets en la mano.

Me fijé en un tipo con gorrita, de agradable aspecto, que estaba sentado junto a otro de pelo negro y erizado. Mientras ellos hablaban, desde sus sillas miraban a través de los cristales a las empleadas del Consulado que atendían a la gente impaciente que se apretujaba en las ventanillas. Me acerqué a él con decisión y le saludé educadamente. El hombre correspondió a mi saludo con un: “Hola, ¿qué hay, paisano?”. Al ver su gesto accesible, le comenté que acababa de llegar a Nueva York y estaba buscando una habitación libre para alquilar.

–Ah, ¿Buscas cuarto? Espérate.

El hombre intercambió algunas palabras con el que estaba a su lado. Luego se dirigió a mí:

–Ya está, compadre. Tenemos lo que necesitas. Espéranos y te vienes con nosotros.

– ¡Oye, pero no nos hemos presentado! –dijo el otro–. Soy Ever y él es Roger

-Mucho gusto...

 Nos pusimos a hablar de diversas cosas, y luego les esperé hasta que concluyeran la tramitación de sus documentos personales. Uno de ellos obtuvo el duplicado de su pasaporte y el otro el de su libreta electoral.

 

Charlando amenamente salimos del local consular y tras despedirnos de algunos compatriotas que en la puerta del edificio repartían propaganda o vendían tamales, avanzamos por calles rectas y numeradas. Mis amigos eran más bajitos que yo pero andaban sacando pecho, con el gracioso meneo de la gente latina Los tres formábamos un grupo de compadres con ganas de comerse el mundo. Roger, el de la gorrita, tenía mirada firme y razonamientos filosóficos aunque se partía de risa por cualquier motivo. Ever, el del pelo trinche, era todo lo contrario, tenía mirada huidiza, y pensamientos vulgares. Y yo estaba entre los dos, lanzando risitas de felicidad, porque ya tenía amigos en New York. Tras escabullimos por una de las bocas del Metro, cogimos la línea azul para salir de Manhatan y luego hicimos cambio a la línea verde en una estación de enlace. En este último trayecto yo observaba a los viajeros, en su mayoría de piel oscura, aunque había también gringos y latinos. Los negros jóvenes eran inquietos; en grupos de tres o cuatro iban y venían por los pasillos meneando el cuerpo al ritmo de la música rappera proveniente de las radios que portaban al hombro. A ratos hacían cabriolas o se colgaban de los postes y asideros interiores del tren ofreciendo espectáculo.

La gente de aspecto sudamericano íbamos más tranquilos en el Metro; algunos dormitaban en sus asientos mientras otros, como nosotros,  cuchicheábamos

–Los  negritos –dijo Roger, con ironía– ahora son los reyes de Norteamérica.

–Los latinos –dijo Ever- nunca nos metemos con ellos, ni con los gringos. Están en su país y saben que somos de fuera.

Al llegar a Nassau, el paradero indicado por Roger, salimos del tren tropezándonos con la gente y envueltos por un calor infernal. Mientras subíamos a pie por una desaliñada escalera, Roger me dio un consejo: “Ten cuidado al meterte en el Metro a partir de las 10 de la noche. Hace unos días aquí mismo apuñalaron a un chico latino”

Sentí un escalofrío en el cuerpo aunque no le hice comentarios a mi compañero. Al salir del Metro volví a sentir el frío invernal y enfundé las manos en mi chaqueta. Arriba, densas nubes planeaban entre sí opacando la claridad del mediodía.

Me sorprendí al ver pasar por la acera a grupos de gente de piel blanca hablando un inglés mezclado con otro idioma.

–Estamos en el barrio de los polacos –me  dijo Roger–. Son buena gente, trabajadora.

Las calles por las que transitábamos eran grises, con una hilera de viejos y escarchados edificios que hacia ambos lados acompañaban veredas astrosas que desembocaban en calzadas con numerosos baches y poca señalización vehicular.

Tras bordear una bocacalle por la avenida Manhattan, en Brooklyn, hicimos  alto en el camino y por invitación de Roger nos metimos en un restaurante cuyo dueño era un tipo alto de tez clara, al que Roger saludó con efusión. Ever saludó también al hombre, pero fríamente y con rostro serio. Roger le dijo al dueño del local que yo era un amigo suyo que acababa de llegar de Barcelona.

– ¡Mama mía! ¡¿Catalano?! –dijo el otro mostrándome unos ojazos.

–Soy peruano –le dije, con modestia–. Pero he vivido seis años en Cataluña

–Éste es Paolo –me dijo Roger–, un buen amigo italiano.

Luego de las presentaciones de cortesía, nos acomodamos en una mesa y Roger pidió tres tacos mexicanos con ensalada e igual número de cervezas. Y cuando las coronitas llegaron, Roger, que en todo momento expresaba, de manera cordial, sus emociones, alzó su botella y me dijo:

–Un pequeño agasajo por tu llegada. Propongo un brindis.

– ¡Gracias…y Salud!..

– Por el chaval de España –dijo Ever, ocurrente.

Yo estaba encantado, por la compañía. Me parecía un sueño encontrarme en Nueva York, con personas casi desconocidas brindando conmigo por mi llegada.

El dueño del local se sumó al grupo, y, también intervino en la conversación, con su mezclado acento ítalo castellano. Era un tipo que manifestaba sus ocurrencias, con altisonantes voces y gestos que nos movían a reír. Y, de pronto yo, en medio de la alegre reunión, me dirigí al italiano, que se reponía de una larga risotada, y me salió del alma  decirle:

– ¡Míster, si necesita un camarero o un ayudante en su restaurante, avíseme!

–Este hombre se queda a vivir en Nueva York –dijo Roger refiriéndose a mí–, y vamos a ayudarle a buscar trabajo–. Y luego, dirigiéndose al italiano–: ¿Nos avisarás verdad Paolo?

El divertido italiano asintió con la cabeza, sin dejar de reír y beber su cerveza.

  Y más tarde, cuando las refrescantes cervezas se acabaron, Roger pidió otra ronda de la misma marca y luego Ever y el italiano se mandaron con dos más cada uno y yo, por cortesía, puse otra ronda para seguir animando mi propio agasajo.

Tres horas después, ya embriagados por el licor ingerido salimos del restaurante del italiano. Al caminar, el trío de peruanitos picados nos empujábamos uno al otro estorbándonos el paso y el de la gente que transitaba por la acera. De pronto, por una esquina callejera, dos muchachos de aspecto sudamericano, se plantaron frente a nosotros mirándonos con seriedad. Yo pensé que estos tíos buscaban bronca y por instinto retrocedí un paso por detrás de mis compañeros. Pero ellos cambiaron la expresión de su rostro y levantaron los brazos para saludar con afectividad sobre todo a Roger que pronto se volvió hacia mí para presentarme a sus amigos.

–Este bueycito –me dijo, señalándome a uno de ellos– es manager en un restaurante de Manhattan, gana buena plata pero nunca se acuerda de los pobres.

–Para el domingo, seguro, pinche – le dijo el otro –Pondré una caja de coronitas.

Mientras los mexicanos se despedían de nosotros, dos enormes morenas, muy orondas y dándose de palmoteos en las nalgas y besuqueos pasaron por la acera. Otros dos chicos rubios, que lucían sus pelos levantados en punta cruzaron por delante nuestro gritándole groserías a un anciano de rasgos achinados. Y luego, un hombre de aspecto fiero, vestido como Rambo, me miraba de lejos amenazándome con un palo de escoba que tenía en la mano.

Estaba sorprendido por la cantidad de gente alocada que había en este barrio adonde me traían mis compatriotas. Pensaba que si yo quería adaptarme a este medio debía alocarme también, debía hablar y actuar con desfachatez. Porque me encontraba en América y aquí de nada me iban a servir la suavidad y la cortesía traídas del mundo hispano. Y, entonces, me puse a reír con todas las ganas que me producía el licor antes ingerido. Mi carcajada excitó a un mendigo ropavejero que dejando a un lado sus trastos se acercó a mí con mala intención. Le esquivé el manotazo y eché a correr por detrás de mis compañeros que ya ganaban la bocacalle.

Cruzamos varias esquinas más antes de llegar ante un viejo edificio ubicado en la avenida Driggs. Roger abrió la puerta del inmueble con sus llaves y avanzamos por un largo pasillo. Volvimos a detenernos junto a la puerta de un departamento cuyo timbre Roger tocó con insistencia. Salió a recibirnos un tipo de mediana edad, alto y corpulento.

–Oskitar –le dijo Roger– Este muchacho busca piso para compartir. Ponte de acuerdo con él

El anfitrión que andaba de prisa dentro de su cubil, no le respondía. Volvió a entrar y a salir de una pieza que parecía ser la cocina.

–Anda pues Oskitar, él viene de España y quiere quedarse a vivir en Estados Unidos.

El hombre, como era lógico desconfiaba de un extraño como yo. Noté que me inspeccionaba disimuladamente con la mirada. Luego, por fin, le respondió a Roger:

–Bueno, pero esta noche tendrá que dormir en la sala, no tengo cama preparada.

Y dirigiéndose a mí, dijo: “Ya mañana hablaremos.”

Esa noche dormí en un colchón pajoso que Oscar tendió en la sala y que a pesar de todo sirvió para dar descanso a mi cuerpo.

A la mañana siguiente, temprano, Oscar me despertó y me dijo con seriedad:

–Flaco, son doscientos dólares al mes. Puedes usar todos los servicios, la cocina, el teléfono. Los días lunes se hace la compra de víveres, y la limpieza la hace cada uno cuando tenga tiempo. ¿okey?

–Si, y gracias. Por la tarde te daré el dinero.

Yo estaba aún recostado en aquel colchón astroso, cuando le vi salir en picada hacia el trabajo.

 

Hacia  las nueve de la mañana llamó Roger por teléfono ofreciéndome que fuéramos en su carro a recoger mis maletas del hotel. Ok, le dije, y fui a buscarle a su departamento ubicado una planta más arriba del piso donde yo me hospedaba. Roger me invitó el desayuno, café con leche y una pasta, y luego nos subimos en su camioneta y partimos en dirección oeste. “Daremos un paseo”, me dijo Roger mientras cruzábamos el puente de Brooklyn. Luego nos adentrarnos en la gran manzana neoyorquina.

Era domingo y las calles de Manhattan parecían gozar de un día de fiesta. La gente fluía por las numerosas avenidas que van de Central Park a Little Italy, Wall Street, o Battery Park o hacia Manhattan alto por el otro lado entre cientos de comerciantes que habían montado sus paradas en doble fila en la calles para vender sus productos

En la esquina de la octava avenida con la 41 th street, un muchacho peruano vendía tamales calientes a dos dólares cada uno. Cerca de allí, junto al paradero de enlace de las líneas G y L del Subway, otra compatriota exhibía ceviche fresco en un balde blanco, Y por las veredas de Broadway avenue también vi peruanos ofreciendo paquetitos de maní confitado, pan con jamón, polos unisex, y libros usados. Convertidos, por la  fuerza de la necesidad, en vendedores ambulantes, se esforzaban para ganarse algún dinero para comer.

Aprovechando algunas paradas que hacia Roger mientras conducía su camioneta, adquirí un polo con la Estatua de la Libertad pero made in Honduras, y una camisa floreada made in Guatemala. Luego comimos tamales, ceviche y aguadito de pollo preparados por manos peruanas inmigrantes por los quioscos callejeros de New York.

Por las calles neoyorquinas, apreciaba todo tipo de gente. Por una vereda próxima a Fulton avenue, un grupo de rubios con traza de granjeros, habían invadido la vía protestando por no sé que cosas. Montaron follón y la policía tuvo que intervenir porque los tipos fornidos y con signos de irritación en el rostro colapsaban el tránsito de peatones. Cerca a Canal St., un grupo de morenos bailoteaba en plena calle; lanzaban al aire sus pequeños transistores y tras darse una vuelta entera volvían a cogerlos y a ponerlos en el hombro, y venga a seguir danzando, la música pop de moda, mientras los conductores de coches protestaban por el embotellamiento ocasionado por los bailarines callejeros y la gente que los rodeaba.

En Time Square, núcleo central de Manhattan, junto a los altos edificios llenos de pantallas coloridas, un grupo de personas protestaban contra los últimos ataques del ejército norteamericano al pueblo de Irak. “¡Stop War!”, rezaba uno de los carteles que portaban los manifestantes frente a un piquete de policías que estaban listos para entrar en acción de caso de revuelta callejera.

Cerca de allí, un hombre semidesnudo, alto y musculoso, que lucía pistola al cinto, sombrero, botas tejanas y una guitarra cuyas cuerdas raspaba sin cesar con los dedos, era uno de los atractivos turísticos de la ciudad. A su lado otro tipo, vestido a lo Elvis Presley, estiraba las manos para recibir los dólares de las mujeres sobre todo jóvenes que emocionadas pugnaban por hacerse una foto con el atractivo vaquero.

–En esta ciudad todo pueda pasar –suspiró Roger–Mira esa bronca.

En un punto de la plaza, un  taxista airado empujaba hacia adelante su vehículo  intentando atropellar a un agente que mientras retrocedía le pitaba sin cesar y le mostraba la papeleta por haber infringido la norma de tránsito. El taxista que lanzaba palabrotas por fin se bajó del vehículo y encaró al policía que le obstaculizaba el paso. Quiso pegarle pero otro policía que llegó a la carrera al lugar se lo impidió.

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El límpido cielo azul se tornó gris de pronto y densas nubarrones se perfilaron sobre el corazón de la ciudad. El viento empezó a soplar de norte a sur haciendo remecer las livianas mercaderías de los comerciantes. De pronto una lluvia incesante caía inundando las calles de la ciudad. Los comerciantes corrían, portando sus mercancías, a guarecerse bajo las salientes de las tiendas comerciales.

Dejando atrás aquel laberinto humano, salimos de la atorada plaza del reloj y avanzamos con dirección al Barrio Chino.

Era un caos transitar por las calles de este barrio. La gente pululaba por las veredas entre una fila de vendedores ambulantes que ofrecían todo tipo de artículos. Hasta en la calzada había tenderetes obstaculizando el pase de los vehículos. Ante tan agobiante panorama, le dije a Roger que me esperase por ahí donde nos encontrábamos, que yo iría andando las otras dos cuadras que me separaban del hotel. Me bajé del vehículo y a la carrera avancé por aquella selva de cemento aplanado, entre una maleza de gente desconocida, edificios bajos y tiendas con dragones chinos y un río de vehículos serpenteando del cielo a la tierra en abrupta apoteosis.

Cuando volví a la recepción del hotel, la china graciosa de la noche antepasada había sido reemplazada por un chino serio. Le cancelé mi deuda por un día más de estancia, a pesar de no haber dormido ahí la última noche. Luego de bajar mis cosas del cuarto que yo había ocupado, le entregué la llave al encargado y  presto abandoné aquel hotelcito en cuyo frontis rotulaban signos orientales en vez de estrellas.

Ante mi sorpresa, Roger ya me esperaba en la puerta. Le pregunté cómo había hecho para superar aquella selva enrevesada. Me comentó, en broma, que les había pasado el coche  por encima a todos los chinos. Me acomodé en su camioneta con todas mis cosas, y luego partimos con dirección a nuestro barrio.

 

De vuelta en mi hospedaje, abrí mis maletas y acomodé mis pertenencias en un armario adjunto al cuarto de baño. Tenía pocas cosas, las esenciales para poder desplazarme con facilidad y rapidez por los caminos mundanos. Yo era un pequeño trotamundos. Había vivido un tiempo en Roma, otro en Paris y otro, el más largo en España. Desde mi salida del Perú, hacía diez años, siempre me movía de un lugar a otro en busca de mi destino. Y hasta ahora no lo encontraba por ninguna parte. En fin, terminé de acomodar mis gastados mocasines  junto a una canasta de ropa sucia porque no había más sitio en el armario y decidí ir a la cocina a prepararme algo de comer.

Cuando andaba por la sala, irrumpieron en el piso Roger, Ever y otras tres personas. Traían cajas de cerveza y bocaditos embolsados. Ever me presentó a dos hermanos suyos y a un amigo más que estaba en el grupo Yo, en medio de tanta gente bullanguera ya no fui a la cocina. Me senté en la sala, a jugar a las cartas, y a beber cerveza con ellos.

–Este es el rinconcito de Fidel –dijo Ever refiriéndose al ambiente familiar que reinaba en la casa.

-O el matadero de Oscar –dijo el hermano mayor de Ever.

Lucho era un tipo bromista. Hizo de Oscar un festejado punto de risa, luego se las agarró con Roger que como ya lo conocía le hizo callar con frases precisas. Paco el otro hermano de Ever era igual de cachaciento que Lucho. Entre ambos se entendían de memoria y se partían de risa ante sus propias ocurrencias. Y por último el amigo de Ever, un tipo con cara de pendejo que era ya el colmo de la grosería. Mentaba la madre a todo el mundo y a todas horas, con una tonada burlona.

Roger, Oscar y yo éramos más tranquilos, charlábamos de una manera moderada, menos jocosa.  Oscar me contó que cuando él llegó a Estados Unidos, hace unos veinte años, había en el mercado norteamericano excelentes oportunidades de trabajo para los peruanos emigrados. Muchos habían conseguido establecerse aquí con sus familias porque las leyes federales eran menos discriminatorias que hoy.

–Con la nueva ley de inmigración firmada por Clinton –recalcó- habrán impedimentos severos para obtener la tarjeta de residencia. Y a los inmigrantes ilegales que excedan los plazos de regularización se les aplicará la ley que entra en vigor el primero de abril y entonces tendrán que esperar de tres a diez años fuera del país para obtener la residencia permanente a través del matrimonio.

–Es una ley dura –intervino Roger–, que afectará incluso a los residentes legales que están afiliados a la seguridad social.

Oscar me contó luego que él al principio había trabajado en una fábrica de artículos de fierro pero que lo dejó  porque ya no podía más, estuvo a punto de enfermarse por el exceso de trabajo.  Luego consiguió un trabajo, más suave, como guardián de una escuela. Ahí se encargaba de la limpieza de todo el local y la vigilancia para que los rateros no se zamparan a las aulas. Era un trabajo por contrato y se lo renovaban cada año.

–Yo vivía contento con mi trabajo –suspiró Oscar, rememorando el pasado–, no me causaba agobio y además me daba libertad y tiempo para ir al locutorio a llamar por teléfono a mi mujer  y dos hijos que están en Lima. Pero al cuarto año los jefes no me renovaron el contrato según dijeron porque un grupo de madres de familia se habían quejado a ellos diciendo que yo enamoraba a sus hijas en edad escolar. ¡Cómo pues hermano, yo un hombre serio no voy a estar enamorando a chibolitas! En mi defensa, les dije a los jefes que eran calumnias de gente empeñada en sacarme de mi puesto de trabajo, incluso les supliqué que me creyeran pero al final no me hicieron caso, me dejaron en la calle. Fue una experiencia desagradable.

–Ahora Oskitar trabaja de cocinero –dijo Roger–, en el restaurante de un italiano, ahí donde estuvimos esta mañana.

–Hoy día no me vieron trabajando ahí porque tuve fiesta –dijo Oskar

 

Como quería ponerme a trabajar pronto en algo que me diera ingresos, le pedí a Oscar que me prestara su carnet de la seguridad social (Social Security) y su tarjeta de residencia (Alien), y él aceptó de buena gente. Me dio también otros datos como dirección postal, teléfono fijo, y hasta el número de celular suyo, por si acaso los interesados en contratarme me lo pudiesen para comunicarse conmigo. Así pues, dispuesto a conseguir un empleo, portando en mi chaqueta los documentos  de mi amigo, para hacerme pasar por él, ya que yo carecía de papeles legales en este país, salí de mi hospedaje y eché a andar por vías desconocidas para mí. Aún así, orientándome por las bocacalles de las grandes avenidas, toqué puertas de fábricas, restaurantes y tiendas comerciales con mi tonadilla de: “I’am looking for a job”. Pero nadie me hacía caso. Y ya estaba cansado de ir y venir por las calles del barrio, cuando desde la puerta de una bodega ubicada al otro lado de la acera, noté a un hombre alto de piel embetunada que me llamaba amigablemente con la mano. Yo pensaba que era el encargado de aquel negocio y que iba a atender mi solicitud, que me daría una ficha para poner mis datos y experiencia laboral y que luego si me calificase positivamente, me llamaría para trabajar allí en esa tienda que conforme yo avanzaba hacia ella ya no parecía tal sino una cueva de ratones. De pronto vi a otra persona, salida de no sé dónde, que se acercaba a mí lentamente por detrás. Tuve un mal presentimiento y frené en seco, di media vuelta y a la carrera salí de esa calle dejando atrás a aquellos tipos de actitudes sospechosas.

Tras el susto, volví a mi posada, y con una cerveza heladita en la mano me senté a ver la televisión.

   

Dos timbrazos seguidos en la puerta me hicieron despegar el cuerpo de la televisión. Salí a recibir al visitante. Era Roger con su sonrisa de fraile.

–Hola, ¿qué haces?

–Aquí, viendo una película de acción, en versión traducida al español

–Ah, ésta se la regalé yo a Oscar. Es una comedia más que una película de acción–.Y añadió: ¿Te ha salido alguna chamba?

–Nada –suspiré, con aire resignado–. Hoy he recorrido todo Brooklyn y la mayoría de encargados de fábricas y tiendas comerciales no me contestan, será porque no me entienden o se hacen los locos cuando les hablo. Y encima me he pegado un susto con dos negrotes que pensé que me iban a robar.

–Escucha, compadre. Tengo algo para ti. Dime, ¿que tal manejas el taladro?, ¿y los alicates?... Yo necesito un ayudante.

–Bien, creo. Ya, cuenta conmigo – le  dije con el rostro iluminado.

–Pues esta noche empezamos. Prepárate.

Hacia la medianoche, Roger me llamó para irnos al trabajo. Enfundados en abrigos, para contrarrestar el frío todavía invernal, y portando en manos cajas con herramientas indispensables para nuestro cometido, salimos a la calle casi desierta a esa hora. Abordamos su vieja camioneta, y partimos con dirección a Manhatann.  En el trayecto él me iba explicando en qué consistía el trabajo que íbamos a realizar.

–Vamos a reparar averías dentro de los restaurantes, vamos a desatascar tubos de agua, instalar cables de luz, arreglar pisos de cocina y baños.

–Vale, ya me irás explicando lo que tengo que hacer.

Mientras cruzábamos el interminable Puente de Brooklyn, notaba la silueta de los enormes edificios posicionados en el corazón de la ciudad. No había luna o estaba oculta entre las gigantescas sombras de la torres gemelas.

 

Roger era un tipo estupendo. Durante los días que le acompañaba al trabajo, en calidad de ayudante, empecé a conocerle mejor. Él, a pesar del esfuerzo desplegado no perdía su sentido del humor. Y era además muy comprensivo.  A veces, cuando me oía regañar o quejarme de las ampollas que empezaban a rajar mis manos, me hablaba de corazón como si yo fuese su hermano menor. Decía que entendía mi pesar, pero me aconsejaba que no desmayara, no me acobardara ante el trabajo que estábamos realizando.

–Sé que es duro, pero tus manos se acostumbrarán, te saldrán callos, tus brazos adquirirán más fuerza, y tu mente será menos subjetiva. Serás menos egoísta

– ¿Crees que soy egoísta? -le pregunté sorprendido

–Lo percibo en ti, por la forma como te comportas. Mi amigo, tienes que destruir tu ego tonto, ser un hombre más sociable y humano. Si quieres transformarte de verdad, en un tipo más real, más práctico, más objetivo, debes dejar de lado ese yo mismo soy que ata tu cerebro y tus nervios y te imposibilita a actuar como quisieras.

–Respeto tus ideas filosóficas –le dije, dándome mi lugar– pero no sé si aciertas conmigo. Yo me considero un tipo pragmático, materialista.

–Te equivocas contigo mismo –repuso– Tú no eres de los tipos que buscan la felicidad en el mundo tangible. Eres introvertido, y tus propias manos rechazan a palpar la realidad exterior. Sé que sabes que tu felicidad está dentro de ti mismo.

–Tienes razón –le dije, casi convencido de lo que decía– pero soy un tipo sugestionable y como toda la gente de estos tiempos relaciono la felicidad con el dinero y a tener esto si que aspiramos todos.

–Vivimos embaucados. El dinero es un medio, la felicidad un fin. Tú puedes ser feliz con o sin dinero. Depende de tus sentimientos...

Roger era capaz de ponerse a discutir de filosofía con cualquiera y desarmarlo. Sus conocimientos los había adquirido de la vida misma, de su incansable lucha por sobrevivir en un mundo materializado que detestaba. Yo le entendía a medias, porque no detestaba el mundo materializado, al contrario quería seguir moviéndome dentro de él hasta triunfar. Mi ambición era formar mi empresa, en cualquier lugar del mundo, quería ganar mi propio dinero y así no tener que estar estirando la mano para recibir un sueldo o jornal de un patrón explotador.  

Pero la realidad era dura, y más para los que afrontábamos la vida como inmigrantes en otro país, donde nuestras lenguas nativas y costumbres sirven de poco. Había que  tratar de adaptarse al nuevo medio y, sobre todo, había que currar para sobrevivir. Con Roger empecé a llevar un ritmo de trabajo imparable, con gran despliegue de energías. Nos amanecíamos reparando las vejucas conexiones eléctricas, los oxidados grifos de agua, los rajadas paredes de cocinas y baños por los diversos bares, cafeterías y restaurantes de la Gran Manzana.

Nuestra faena era de tipo manual e implicaba resistencia física. A mí no me gustaba en realidad pero debía realizarlo a toda costa para ganarme el pan. Como ayudante de un tío paleta, que era a la vez carpintero aficionado y pintor de brocha gorda, aprendí a soldar tuberías, recomponer mesas y pintar estanterías. Y, a la par que iba ganando destreza en la faena me esmeraba por aprender cada día más cosas de mi maestro, que era un tipo capaz de reconstruir él solo un piso entero o desatascar un enorme reservorio de agua. El manitas, iba siempre fresco, con su polo negro y su gorrita. Parecía estar hecho para este trabajo. En cambio yo, cuando me sentía agotado, pedía la paciencia y me enfadaba conmigo mismo y regañaba.

En toda la noche, sólo hacíamos un descanso de media hora para comer bocadillos, aunque a veces, en algunos restaurantes, previo consentimiento del encargado, apurábamos los bistecs con papas fritas, plato preferido de Roger que nos servía el personal  nocturno del negocio, en su mayoría latinos como nosotros. Era una suerte comer carne sentado aunque fuera en las peores sillas de los mejores restaurantes de Manhattan. Nosotros disfrutábamos ese instante, aunque estuviéramos sucios y vestidos como obreros, hasta retirar la vista de nuestros platos vacíos y volver a lo nuestro, hasta las cuatro o cinco de la mañana.

Nuestro trabajo era más bien un cachueleo, ya que nadie nos hacía contrato ni nos pagaba la seguridad social. Éramos los grandes desconocidos dentro un Sistema, donde los amos eran los gigantescas agencias de compra y venta de bonos, de fondos de pensiones y de alto riesgo, los banqueros e inversionistas financieros, los especuladores del mercado mundial que condicionaban el precio del dinero de acuerdo a sus intereses y rentabilidades, que movían sus hilos desde ese fortín acristalado que se erigía como centro financiero internacional: Walt Stret, en el interior de este fortín, sabían de antemano cuándo los agentes del gobierno norteamericano iban a emitir miles de millones de dólares para financiar guerras creadas por ellos mismos, sabían cuándo se iban a disparar los mercados, el del petróleo, del oro, la plata, el cobre, las divisas, los pagarés y certificados bancarios, sabían cuándo iban a subir las acciones del mundo empresarial en la bolsa de valores cuándo las firmas iban a crear ofertas y demandas de bienes financieros, y lo aprovechaban, sabiendo que en la especulación estriba la ganancia.

Éramos los perdidos más insignificantes en una ciudad donde la actividad humana, diurna y nocturna, era sorprendente. Una vida de cara al mundo, agitada, incansablemente vivaz. Era difícil que una persona mustia y soñadora pudiera permanecer en este estado más de un minuto andando por aquel laberinto donde la gente chillaba a sus anchas sin respetar las normas, se empujaba a las ganadas contra las puertas abiertas de las tiendas comerciales, o devoraba sin medida esas comidas llamadas basura. Era una sociedad bárbara, donde cualquier cosa, insignificante o brutal podría ocurrir. Sólo hacía falta una chispa para que la enorme ciudad del caos explotase por los aires.

Nueva York ciudad cosmopolita, donde parecían haberse improvisado las relaciones sociales, por eso los chinos que vendían wantan en Chinatown, apenas se entendían con los italianos que vendían pizzas en Litlle Ytaly, por eso los griegos que vendían carne asada en sus restaurantes de la Novena avenida recelaban de los judíos que expendían café con leche en sus cafeterías de la Octava avenida, por eso los comerciantes hispanos que rodeaban el Madison Square Garden tampoco entendían a los negociantes negros de Manhattan Alto.

Y por algún peldaño de esta Torrre de Babel, donde confluía gente con diversas lenguas de todo el mundo, una torre que tenía también sus peligros, sus antros, su bajo mundo, por ahí andábamos nosotros, pugnando por ganarnos la vida.