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EL SEÑOR DE LOS MILAGROS

El Señor de los Milagros

Cada año, en el mes de Octubre, se celebra en Lima, la capital de Perú, la Procesión del Señor de los Milagros. El culto a esta figura del Cristo Crucificado, tiene su origen en los remotos tiempos de la Colonia. Hacia mediados del siglo XVII, en algunos barrios de la ciudad, existían cofradías de negros esclavos venidos de África que se reunían luego de la dura jornada de trabajo para aprender y practicar los preceptos católicos que les impartían los curas y frailes doctrineros de las iglesias cercanas.

Precisamente, en uno de los barrios más pobres de Lima, Pachacamilla, llamado así porque entre sus habitantes se contaban numerosos indios llegados de la localidad de Pachacámac, un esclavo angoleño cuyo nombre la historia no alcanzó a registrar, perteneciente a la cofradía del barrio, pintó (entre los años de 1650 y 1651) en la pared del galpón donde solían reunirse los asociados la imagen de Jesucristo muerto en la cruz. Esta impresionante figura religiosa, pronto fue causa de devoción entre los  negros lugareños que la adoptaron como el patrono de su cofradía.

Poco a poco, la población de Pachacamilla fue conociendo la pintura mural y no faltó gente que conmovida por la sagrada representación del Hijo de Dios en un sencillo muro de adobes dejara al pie de éste algunas flores como ofrenda y se detuviera a rezar unas plegarias. Mas fue un violento fenómeno natural, el terremoto del año 1655 que sacudió la hoy provincia del Callao y la mayor parte de Lima, el que contribuyó al crecimiento y consolidación del culto al también llamado Cristo Morado.

Cuenta la tradición popular que a causa del terremoto se desplomaron cientos de casas y edificios, entre éstos la iglesia de San Francisco y la iglesia del Colegio del Callao. Pero, a pesar del sismo devastador, el muro donde se encontraba grabada la imagen del Cristo Crucificado no había sufrido daño alguno. Tal acontecimiento, en una ciudad como la Lima de entonces, no podía pasar desapercibida. La población, siempre con la fe puesta en la gracia divina, comenzó a visitar Pachacamilla para conocer y venerar a la figura de Cristo cuyo milagro consistía en haber soportado un terrible cataclismo.

Pero el fervor surgido de la primera impresión milagrosa del Cristo Crucificado, se fue adormeciendo con el correr de los días. Y la causa principal de que la creencia cayera en el olvido fue la necesidad de la gente que al ver destruídas sus casas decidieron desplazarse a otro lugar. Por algo más de diez años, nadie se ocupó de la modesta pintura, que fue prácticamente abandonada hasta por sus propios cofrades.  

Hasta que en 1670, Antonio León, un vecino limeño, que mantenía una gran devoción hacia el Cristo de los Pobres se encargó de limpiar el lugar, retirando todos los desechos de los alrededores. Luego construyó un rústico cobertizo para proteger la pintura y una mesa de adobe donde las personas caritativas dejarían cabos de velas de sebo y flores. Y gracias a los cuidados de este señor, mucha gente volvió sus ojos y oraciones a la sublime figura de Cristo ahí plasmada.

El pueblo de Pachacamilla empezó a revivir con esta manifestación de fe. Durante meses, los habitantes de esta zona y de otros lugares de Lima, convertidos  en fieles, acompañaban a la Sagrada Imagen, unos rezando, otros cantando salmos y otros más expresivos bailando al compás del arpa y del cajón. El renacido fervor hacia el Cristo Crucificado, por supuesto, no fue del agrado del cura mayor de la parroquia de San Marcelo. Don José Laureano Mena, que además había observado una disminución de componentes de su feligresía, solicitó la inmediata intervención de la autoridad eclesiástica y civil, con el argumento de que en ese lugar los negros realizaban actos reñidos con la ortodoxia católica.

El pedido del cura de San Marcelo fue atendido por el Virrey y por el Provisor y Vicario General don Esteban de Ibarra quien expidió un auto indicando que “por justas causas del servicio de Dios se excusaran las juntas y congregaciones que los devotos solían hacer en el corral de Pachacamilla, por la indecencia con que parece se procedía en ella” se borrara la imagen y demoliera la mesa de adobe construída como altar.  

El día 5 de Setiembre del año 1,671 aquel religioso obtuvo de sus superiores la orden para destruir aquel muro no reconocido por la Iglesia pero que atraía a la gente con increíble facilidad. A fin de ejecutar la orden, la comitiva formada por el susodicho sacerdote y por un notario y un fiscal eclesiásticos, acompañados por el capitán de la guardia del Virrey, dos escuadras de soldados y un pintor contratado por los encargados, se apersonaron al lugar. El promotor fiscal del Juzgado eclesiástico don José de Lara, ordenó al pintor que procediera a borrar la efigie. Sin embargo, cuando éste intentaba cumplir con su trabajo sufrió un desmayo y estuvo a punto de caerse de la escalera. Al reponerse, volvió a intentarlo, pero de súbito, se quedó quieto, mirando con ojos maravillados el rostro de Jesucristo. Entonces, bajó de la escalera y se excusó ante las autoridades porque no era capaz de borrar tan sublime imagen. La comitiva buscó y contrató de inmediato a otro pintor, quien al intentar cumplir con su misión sufrió un repentino ataque de miedo, se quedó como paralizado y le embargaba el profundo temor de padecer el castigo de Dios. Lo mismo sucedió con un tercer y hasta cuarto pintor, nadie se atrevía a borrar la venerada imagen.

Dice la tradición oral que cuando los eclesiásticos buscaban el modo de echar abajo el Cristo de los Milagros, comenzó a soplar un fuerte viento, el cielo se nubló y comenzó a llover copiosamente llenando de barro y lodo el lugar, lo cual fue interpretado como una reacción negativa de Dios ante los intentos de los encargados de la Iglesia. La comitiva, decepcionada, abandonó Pachacamilla dejando al Cristo rodeado por sus fieles, que a pesar del temporal seguían adorándole. Este hecho llegó a oídos del Virrey que de inmediato suspendió la orden de destruir el mural.

El rumor del suceso, considerado un milagro por los devotos  del Cristo Crucificado, se extendió por toda Lima. Y pronto, de los cuatro puntos de la ciudad empezaron a llegar hombres, mujeres y niños para orar ante la santa efigie. El propio Virrey Conde de Lemos, asombrado por el singular acontecimiento, visitó a la milagrosa imagen y, ante la sorpresa de la población devota, dispuso su cuidado a un primer mayordomo: don Juan Quevedo y Zárate, quien se encargó de edificar una capilla, de asegurar el precario muro de adobes y mandó ubicarlo en el mismo lugar que hoy ocupa en su iglesia. Por esta época se agregaron a la pintura del Cristo las imágenes de la Virgen María, del Padre y el Espíritu Santo.

Y por fin el día 14 de setiembre de 1671 los devotos de Pachacamilla realizaron la primera misa ante la venerada imagen. Por entonces, como existía el peligro inminente de que el bendito Muro se desplomara, el Virrey ordenó al maestro mayor de alarifes don  Fray Diego Marato, y al mejor arquitecto de la ciudad Manuel de Escobas, para proteger y asegurar el Santuario. Sin embargo, en el año 1687 una serie de terremotos asolaron la capital del país. El primero de ellos se dejó sentir el 28 de Enero, luego durante cuatro días seguidos del mes de Abril, volvieron a sentirse con la misma intensidad.

Pero fue el 20 de Octubre, cuando tuvo lugar uno de los sismos más violentos que, hasta entonces, haya padecido la entonces Ciudad de los Reyes. El tremendo movimiento de tierra destruyó la mayor parte de Lima y el Callao. Mas, a pesar de los fortísimos sacudones, el muro donde se encontraba el Cristo Crucificado seguía intacto en su sitio, como si estuviera protegido de las tempestades de la naturaleza.  Entonces, en una demostración de fe, el  cuarto mayordomo, Sebastián de Antuñaño, encargado de cuidar la imagen, dispuso sacar en procesión por las derruídas calles de la  ciudad, una réplica del milagroso Cristo Crucificado. Sobre unas rústicas andas de madera, fue seguida por los fieles que imploraban con rezos y cánticos la piedad divina.

La procesión recorrió calles y plazuelas, atrayendo a multitud de gente atemorizada por los implacables terremotos. A partir de esta fecha, se inició la tradición de pasear la imagen del Cristo Crucificado todos los  20 de Octubre por las calles de Lima. Tanta fue la importancia y la devoción al Santo Cristo de los Milagros -así lo llamaban entonces- que su manto protector se extendió por toda la ciudad. De ahí que el 21 de setiembre de 1715 el Cabildo de Lima, en vista de “los muchos milagros que ha ejecutado”, lo declaró “Patrono y Defensor de la Ciudad”. Por su parte, el Instituto Nazareno, realizó varias peticiones al rey de España, para conseguir autorización y convertirse en monasterio de clausura al culto de Jesucristo.

Por fin el 20 de febrero de 1720 -tras recibir informes del arzobispado, y de las autoridades del Cabildo limeño- el rey accedió al pedido para la fundación del monasterio de Las Nazarenas.  El 27 de agosto de 1727 el Papa Benedicto XIII, expidió una bula autorizando la institución del monasterio con el nombre de Religiosas Nazarenas Carmelitas Descalzas del Señor San Joaquín. Este debería congregar a treinta y tres monjas, las cuales vestirían el hábito morado y seguirían todos los usos y costumbres instituidos por su fundadora Madre Antonia del Espíritu Santo.

Así el 18 de marzo de 1730 , en una solemne ceremonia religiosa a la cual asistieron el Virrey marqués de Castelfuerte, autoridades del clero y personalidades de la nobleza, fue inaugurado el monasterio de Las Nazarenas. Desde entonces, las beatas nazarenas se encargaron de difundir, consolidar y cuidar del culto al Cristo de Pachacamilla. La pequeña iglesia de este Patrón jurado de la ciudad, no tendría mayores cambios hasta el año 1766, cuando el Virrey Amat, emprendió la cruzada para edificar una nueva iglesia.  Amat apeló al sentimiento católico y a la gran devoción por el Cristo de Pachacamilla, para recaudar el dinero necesario para la construcción del templo. La población entregó dinero,  alhajas y objetos de oro y plata para este fin.

Y el 20 de enero de 1771, en el marco de una ceremonia con el pueblo limeño, autoridades eclesiásticas y virreinales, la iglesia de las Nazarenas fue inaugurada, pasando a convertirse en un lugar de peregrinación, visitada diariamente por miles de devotos para rezar, pedir o agradecer un favor concedido.

Hoy, después de 346 años, la devoción al Señor de Los Milagros permanece con fuerza. La procesión, con sus cuadrillas típicas, sus bandas musicales, sus cantoras, sahumadoras, vivanderas, penitentes y turroneras, seguida de una multitud de fieles recorre las principales calles de Lima. Esta costumbre devota incluso ha traspasado las  fronteras del Perú.