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JULIO RAMON RIBEYRO

 

Julio Ramón Ribeyro, uno de los grandes escritores peruanos del siglo XX, nació en Lima en 1929. Empezó a escribir a los 13 años, cuando aún estaba en el colegio, pequeños cuentos e historias que le sirvieron como práctica para destacar en los cursos de Literatura. Siguió escribiendo, con más seriedad, mientras cursaba estudios de Derecho y Letras en la Universidad Católica de Perú. En 1952 aprovechó una beca de estudios y salió de Perú. Viajó por varios países de Europa y finalmente se afincó en Paris, que era centro y destino de numerosos artistas contemporáneos. Allí, junto al silencioso río Sena y entre los viejos bulevares que inundan la ciudad luz, escribió gran parte de su producción literaria.

Su obra, rica en matices estilísticos, describe la frustración, el desarraigo y marginalidad de unos seres a los que considera “héroes de su propia tragedia” de estar en el mundo. Con sagacidad e ironía psicológica, muestra a través de sus personajes esa etapa de eclosión social y política que transforma la sociedad peruana de los años 50 y 60, precisamente en un período en que la literatura peruana oscilaba entre una corriente indigenista que tenía en Ciro Alegría y José María Argüedas a sus más notables exponentes y una corriente urbana representada por escritores que extraían sus personajes de un espacio geográfico que se condensaba y volvía conflictivo como producto  de la aparición de grandes fenómenos sociales como la migración del campo a la ciudad, el comercio ambulante, la conformación de barriadas y la transformación de Lima en gran Urbe. Ribeyro, fino hurón intelectual, se nutre de estas y otras corrientes, crea su propio estilo y con excepcional talento recrea trozos de ese mundo peruano plagado de un realismo social crudo y duro.

Vivió en París, durante muchos años, dedicado a su arte por el cual, a diferencia de otros escritores como Vargas Llosa y Bryce Echenique, no obtuvo premios con anagramas planetarios. Tampoco se le reconoce como exponente del publicitado “boom” literario latinoamericano que inundó las librerías de Europa y América a finales del siglo pasado. Aunque el solitario y tímido escritor,  lejos del halago pecuniario y el aplauso de los alcanzados por la fama, sentía satisfacción en sus adentros cuando alguien lo reconocía por la calle, a su modo disfrutaba quizás por su venidera gloria, como Vallejo y otros grandes escritores que vivieron casi en la sombra.

Ribeyro estuvo presente en algunos eventos literarios internacionales. En 1964, en Alemania, asistió al Congreso por la Libertad de la Cultura, junto a otros consagrados escritores como Miguel Angel Asturias, Augusto Roa Bastos, Ciro Alegría, Jorge Luis Borges. Allí analizaron las corrientes literarias de la época y se cuestionaron en abierto diálogo sobre si la literatura debía ser libre basándose en la pura estética o bien comprometida es decir cumplir una función  política  dentro el devenir de la realidad de los pueblos latinoamericanos. Ribeyro estuvo entre ambos grupos, aunque reconoció que: “Toda obra literaria es política en una forma explícita o implícita, desde el momento en que se expresa una visión del mundo y, dentro de la visión del mundo, el futuro de la sociedad y sus componentes”. Por otro lado, sus actitudes y acciones se decantaban siempre en favor de los proletarios, de los marginados, de los que no tienen voz en la historia.

Ribeyro es el más preclaro exponente de la narrativa peruana de finales del último siglo. En sus cuentos y novelas muestra personajes de diversas esferas sociales. Entre sus obras destacan: “Los Gallinazos sin Plumas” (1955). En 1958 aparecieron los “Cuentos de Circunstancias”, y en 1964 se publicaron los libros “Tres Historias sublevantes” y “Las Botellas y los Hombres”. Entre sus novelas se cuentan “Crónica de San Gabriel” y “Geniecillos dominicales”. En 1972 publicó “La Palabra del mudo” donde recopila toda su producción cuentística. Y en 1977 publicó su último libro: “Silvio en el rosedal”

En 1993 Ribeyro volvió al Perú después de muchos años y esta vez sí llamó la atención de los círculos literarios y obtuvo algún tardío reconocimiento. En 1994 se le concedió el premio Juan Rulfo, pero a los pocos meses, el 14 de diciembre de ese año falleció a causa de una penosa enfermedad.  Este escritor nos ha legado un interesante fresco narrativo que además asombra por su alta perfección técnica que nos lleva a considerarlo el renovador del cuento y la novela con temática urbana en el Perú.

 

Breve sinopsis de algunos cuentos de Ribeyro:

 

En 1954 escribió “Al pie del Acantilado”, una historia que refleja una dramática social de actualidad: el desalojo. Leandro, un hombre modesto, acompañado de sus dos hijos varones busca la higuerilla, que considera un reflejo de su propia familia que migra a causa de los continuos desalojos sufridos en la ciudad por culpa de escribanos y policías. La familia encuentra una de estas plantas, saliendo de la ciudad, en el fondo de un barranco junto a la playa. Leandro decide construir allí  su casa y con la ayuda de sus hijos Toribio y Pepe consigue su cometido. No fue tarea fácil levantar una vivienda en un lugar donde el agua se filtra por todas partes y cuya superficie se va derrumbando cada cierto tiempo. Pero lo consiguen a costa de arduo trabajo. Luego, un día, llega Samuel, un hombre extraño pero hacendoso que faena para ellos a cambio de una simple troncha de pescado. Samuel levanta su finca en un terraplén próximo convirtiéndose así en vecino de la familia. La etapa de bonanza y tranquilidad familiar, se rompe cuando Pepe, obstinado en limpiar la playa a fin de obtener dinero cobrando a los bañistas que la utilicen, se ahoga entre los restos de una barcaza hundida en el mar. La búsqueda del cuerpo de Pepe es desesperada. Leandro, Toribio y Samuel, con la ayuda de pescadores sondean la caleta pero en vano. Horas más tarde aparece por fin el cuerpo de Pepe a la orilla de una playa próxima tras haber sido empujado por la corriente marina. Leandro, con mucho pesar, quiere enterrar a su hijo en la playa, pero finalmente el cuerpo es enterrado en el cementerio de Surquillo. Tras la muerte de su hijo, Leandro se hunde en la nostalgia y la soledad aunque en medio de su abstracción percibe la llegada de gente nueva al terraplén que pronto se convierten en sus vecinos. Aunque su hijo Toribio, con quien ha discutido, porque no quiere trabajar, lo abandona y se va a la ciudad. Pero el hijo pródigo pronto vuelve, ya que anda en amores  con Delia la hija de un sastre vecino. El drama vuelve a hacerse presente en la historia de esta familia, cuando una cuadrilla de obreros y policías por orden de un juez limeño empiezan a desalojar a todos los vecinos del lugar. Leandro, se resiste al desalojo ordenado por la municipalidad con el fin de construir nuevos establecimientos de baños para la gente que venía a la playa. A Samuel no lo desalojan pero se lo llevan en un patrullero policial acusado de haber matado a una mujer con una dosis de formón de carpintero. Leandro discute  con los obreros armados de barretas que vienen a destruir su casa. Y, se siente humillado por ellos que se ríen de su envalentonada actitud. Pero lo piensa mejor y finalmente decide marcharse. No quería ver lo que iba a pasar con esa finca que era el fruto del esfuerzo de varios años de trabajo. Llevándose todo lo que puede llevar, seguido por sus perros, se va andando por la playa, en nueva búsqueda de un cobijo. Su hijo Toribio le da alcance y luego se marcha para traer a Delia que está embarazada. Los tres caminan por la playa, hasta que encuentran una nueva higuerilla, planta salvaje que brota en las brechas más inhóspitas y que para ellos sirve como un referente puntual para levantar junto a ella su nueva morada.

 

En 1955 publicó “Los Gallinazos sin Plumas” donde se sumerge con gran sutileza psicológica y filosófica, en las oscuras sendas de la marginalidad social y nos muestra unos personajes trastocados por la pobreza. Efraín y Enrique, dos muchachos de extramuros, inducidos por su abuelo, un viejo ruin e insensible, deben zambullirse en los muladares anexos a su chabola, en busca de sobras de comida que servirán para alimentar al cerdo que cría su abuelo, al que no le importa las indisposiciones físicas de sus nietos y los castiga física y moralmente. Esta actitud perversa, colmada con la muerte de Pedro, el fiel perro casero, ocasiona la rebeldía de Enrique, que rechaza a su abuelo y lo empuja hacia el charco donde mora Pascual, el hambriento cerdo, que acaba cebándose con el viejo Dos Santos. Efraín y Enrique, aprovechan el instante para huir de la chabola, se van  hacia los muladares, donde, convertidos en gallinazos humanos, esperan encontrar comida y la libertad anhelada.