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EL PARQUE DEL ADIÓS


EL PARQUE DEL ADIÓS

  

Conocí a Juana en la casa de una familia andaluza, donde por coincidencia, unos días antes, yo había empezado a trabajar como chófer del dueño de la finca. Mi labor consistía en transportar al jefe hacia su oficina de trabajo y más tarde traerlo de vuelta a casa,  llevarlo y esperarlo a la puerta de las tiendas y los centros comerciales cuando iba de compras, llevarlo o recogerlo del aeropuerto cuando iba o venía de viaje, en fin eran faenas puntuales, el resto del tiempo, dentro mi horario de trabajo, estaba desocupado.

Ella, en cambio, desempeñaba labores domésticas: barría escaleras, limpiaba muebles, fregaba pisos, lavaba y planchaba ropa, cocinaba platos exclusivos para los patrones,  hacía las compras de provisiones, salía a tirar la basura y además de sacar de pasear a los perros atendía los caprichos de la señora de la casa, una doña con aires de reina de Inglaterra, que a veces insultaba a su empleada provocando que ésta se pusiera nerviosa y entre dientes maldijera a su jefa iracunda.

Yo, con el fin de animarla, le decía que tuviera paciencia y no se tomara las cosas a pecho. Mi apoyo moral contra las sandeces de la patrona que agobiaban a la joven empleada fue más allá y con una tierna sonrisa amical la invité a salir conmigo el próximo fin de semana para conversar y relajarnos un poco del trabajo. Ella aceptó de buen grado.

El domingo por la tarde tras encontrarnos en un punto de la Barcelona vieja, nos metimos en un bar y entre tazas de café  nos pusimos a charlar:

–Me siento mal– me dijo Juana, llorosa- No soporto el trato que me dan en esa casa. Mira, yo nunca he trabajado de empleada doméstica y si me aguanto es porque no tengo otra cosa. Para trabajar en oficinas te piden papeles en regla y que hables catalán. No sé, a veces tengo ganas de dejarlo todo y regresar a mi país. ¡Esto no es vida! Allá en Perú estaba mejor, trabajaba en el ministerio de comercio, ganaba bien y tenía mi casa. ¿Por qué me entraría la locura de venirme? Ah, fue porque veía a mis amigas que se venían a España donde decían que se ganaba más. Claro que se gana más pero hay que trabajar duro y soportar humillaciones…

– ¿Tienes familia aquí? ¿Dónde vives?

–A nadie. Vivo en un piso de la calle Aribau que comparto con chicas peruanas a las que casi nunca veo porque trabajan todo el día también como empleadas de hogar. Cuando vuelvo al piso, de noche, estoy sola. A veces me entran angustias y no sé qué hacer ni adonde ir. De continuo me pongo triste y lloro. Pienso que si tuviera mis papeles en regla me cambiaría de trabajo.

–Cálmate – le dije y me dispuse a brindarle mi apoyo.

Ante todo, intercedí por ella ante los jefes que no querían firmarle un contrato de trabajo porque temían que les cayese una multa del gobierno por contratar a una persona en situación ilegal. Aunque por entonces estaba en vigencia una ley que permitía la regularización de los extranjeros que habían ingresado en España antes del 15 de mayo de 1991. Y como ella había llegado en abril podía ser contratada sin ningún  problema. Esto les expliqué a los jefes, gente chapada a la antigua, que por fin lo entendieron y aceptaron contratarla con la condición de que los gastos de la gestión los cubriera la propia empleada cuyo semblante se había iluminado con diversas tonalidades.

El miércoles siguiente ambos salimos de permiso todo el día. Primero nos dirigimos al despacho de la abogada donde dejamos todos los papeles requeridos para que ella pudiera solicitar su tarjeta de residencia en España. Luego nos fuimos a comer a un restaurante chino y más tarde aprovechamos para ir de paseo al Parque Güell.

Era agradable presenciar aquellos cultivados jardines que se perdían entre bosquecitos enmarcados entre las tapias arquitectónicas modeladas por el legendario Antonio Gaudí  cuyos visitantes  subían y bajaban en el terreno buscando  los ángulos apropiados para hacerse tomas fotográficas. Por ahí había también niños que correteaban a sus anchas ahuyentando a las palomas que revoloteaban entre las ramas de los árboles que ventilaban los contorneados caminitos del concurrido parque barcelonés.

–Abajo está la ciudad –dijo Juana y  recostó los brazos en un pequeño muro para admirar el agradable paisaje.

Mientras ella estaba concentrada en su panorámica visión,  yo admiré su cuerpo  y por primera vez  sentí deseos de acariciarla. Me sentía fuertemente atraído por ella, y entonces, sin saber porqué, del corazón me salió una romántica frase:

–Me gustas mucho.

–No –dijo  ella, volviéndose con decisión. Y añadió tajante:- Seamos sólo amigos.

Trinaban los pájaros desde los ramajes yertos que por un lado se perdían entre los senderos que van hacia la mágica montaña del Tibidabo y por el otro bajaban en concierto hacia la costa mediterránea. Los gorjeos de oían sin cesar entre las flores cuyo aroma embargaba los caminos del parque extasiando mi humana sensibilidad que había sucumbido ya al encanto de mi compañera de paseo. Era una mujer muy atractiva, por donde se la mirase. Morena, de ojos grandes y bonitos, nariz perfilada, labios sensuales, y un cuerpo esbelto.

Juana había vuelto a detenerse y a hundir su mirada en lontananza. Abajo, entre las oscilantes laderas del Parque se movía gente provista de gorritos para protegerse de los rayos solares. Casi a la altura de mi rostro, el pelo de Juana ondulaba suavemente mecida por el viento de junio. Su fragancia de mujer volvió a encandilarme y no pude resistir acariciar su pelo revuelto. Ella, parada junto a mí, se volvió para decirme otra vez que no con un mohín de su fina nariz y un brillo de sus preciosos ojos.

Ya no volví a insistir en demostrarle mi amor, ni cuando bajamos del parque ni cuando fui a dejarla a su piso.

Al otro día, en el trabajo la notaba seria y huidiza. No quería hablarme y parecía estar enfadada. Pero poco tardó en volver a hablarme, sobre todo para pedirme ayuda, ya que ella sola no se abastecía a pesar de que multiplicaba sus brazos para cocinar, salir al comedor a poner la mesa, servir a los comensales, volver a recoger los platos y llevar a lavarlos al picadero. Yo, que tenía tiempo disponible, le echaba una mano en su agobiante faena. Era una cortesía que ella solía responderme con una sonrisa en los labios y que yo interpretaba como una dulce insinuación. Por eso, volvía a echarle los tejos y ella a rechazarme de plano, recordándome que solo quería que fuéramos amigos.

A pesar de sus continuos rechazos, yo no me daba por vencido. Me sentía enamorado de ella y con esta ilusión seguía cortejándola. La invitaba a la playa, al cine, a la discoteca. Íbamos y veníamos juntos de todas partes, solo como amigos. Pero la ocasión de que ella empezara a tomarme interés como hombre llegó justo el día en que la invité a conocer mi piso cuyo decorado, orden y limpieza ella admiró. En realidad era un piso que yo compartía con otro chico que por suerte no se encontraba ese día. Era domingo y después de comer puse música peruana para recordar nuestros orígenes y distraernos. Habíamos bebido un par de cervezas y estábamos reposando la comida. Entonces ella, algo tímida me preguntó donde estaba ubicado mi cuarto. Yo, extasiado, la cogí del brazo y la conduje hasta una habitación  amplia donde destacaban mi cama, mi armario y otros muebles con mis cosas personales.

Yo pensaba que ella ahora sí quería hacer el amor conmigo. Por eso, al verla tan insinuante y metida en mi aposento, la atraje hacia mi y la bese con ardor en los labios.

Ella respondió a mis caricias de una manera fría Yo le supliqué, le dije que me estaba muriendo de amor por ella.

– ¿Darías cualquier cosa por tenerme entre tus brazos? –me preguntó entonces, melosa 

– Pondría la luna a tus pies.

Y, cuando notó que yo aceptaba, de buen talante, hacerle un préstamo de cien dólares, que según dijo necesitaba con urgencia para enviárselos a su familia que vivía en Lima, se puso contenta. Bailoteó junto a mí y luego me abrazó y besó con frenesí. Esa fue la primera noche que estuvimos juntos. Después vendrían otras noches, llenas de pasión, siempre con la condición de los préstamos de dinero por delante del juego del amor.  Lo curioso era que a mí no me importaba prestar dinero a la mujer de la cual estaba perdidamente enamorado.

Pero, de un día para otro, ella, sin darme ninguna explicación, cambió de actitud hacia mí. Era como si de pronto hubiera dejado de quererme. Me dejaba plantado en la cita, o me engañaba sin ningún escrúpulo. Ya casi ni quería hablar conmigo y ponía pretextos para no vernos.

Habían pasado ya seis meses desde que la conocí. Para entonces, yo había cambiado de trabajo. Como los señores me pagaban muy poco, había renunciado a mi empleo de chófer en la casa donde trabajaba mi amada. Yo quería ganar más dinero y por eso me había empleado en un negocio del sector de la hostelería. Juana, por su parte, seguía ahí aguantando contra viento y marea, porque a pesar de los meses transcurridos, aún no obtenía su tarjeta de residencia.

Volví a llamarla para pedirle por favor que nos viéramos  para hablar de  ciertas cosas que no parecían estar claras. Y la última vez que la llamé por fin accedió y quedamos en vernos en el Parque de la Sagrada Familia.

Los tímidos rayos del sol animaban mi rostro mientras esperaba la llegada de la mujer que hasta entonces me hacía sentir dulces sensaciones. De pronto me imaginaba que estaba casándome con ella, que salía de la iglesia acariciando su rostro angelical y prometiéndole el cielo y todas las riquezas del mundo.

Dentro el parque, cerca a la banca donde me encontraba sentado, un par de turistas buscaban el ángulo preciso para su toma fotográfica, mientras un hombre de edad mediana que estaba parado junto a un matorral hacía anotaciones en una libreta y por detrás de él otra pareja de aspecto extranjero caminaba lentamente haciéndose sombra con las manos para observar arriba las recortadas silueta de las torres de la Sagrada Familia.

Distraído, centré mi mirada en aquellas torres enhiestas, algunas más elevadas que otras, con aberturas e inscripciones en su frontis. Parecía cohetes listos para despegar de la tierra. Mi atención fue interrumpida por unos niños que pasaron por delante con sus risas frescas para luego ir a perderse entre cabriolas y volteretas sobre el verde césped de un jardín próximo a la vereda donde otro grupo de turistas, con voces apagadas y movimientos lentos, se perfilaban hacia la fachada de la histórica Iglesia.

Me  impacienté de pronto por la tardanza de mi platónico amor.

El tañido de una campana volvió a distraerme. Volví a fijarme en el majestuoso Templo alrededor de cuyas capillas blancas palomas merodeaban buscando cobijo. “Excelsius hosanna”. Alcancé a leer en la frente de la torre más alta que entre las otras apuntaba hacia el cielo.

De pronto, por algún lado del Parque, como un hada escapada de un círculo infernal de ruidos entremezclados de coches, motos y peatones aglomerados de pronto en aquel  punto de la ciudad, se apareció mi Beatriz. Traía su fino pelo enmarañado y su  bello rostro denotaba cansancio.

–Estás más linda que nunca–Le dije y la saludé con efusión, a lo que ella me respondió con un frío“hola” recordándome que ella había elegido este lugar porque teníamos que hablar muy seriamente.

Yo volví a admirar el bello rostro, el pelo y las piernas de mi amada. Volví a meterme en el limbo y por eso, casi sin oírle no pudo evitar tocarle un muslo. Ella me miró con semblante enojado y me dijo que por favor prestara mucha atención a lo que iba a decirme.

–No quiero seguir engañándote más –me dijo, con augusta seriedad- Estoy casada.

Yo sentí que, de un plumazo el mundo se me venía encima. De mis ojos, de romántico enamorado, brotó la desilusión, de mi corazón la pena.

– ¡No es cierto! –le dije cogiéndola de los hombros con desesperación contenida.

–Sí. Y tengo dos hijos que viven con su padre en Lima. Los quiero mucho y pienso reagruparlos para que vivan aquí conmigo. Estoy haciendo los trámites y ya los tengo avanzados. Por eso te pedí dinero prestado. En realidad estoy muy agradecida contigo porque me has ayudado. Por el dinero no te preocupes, te lo devolveré todo, solo tienes que darme tu número de cuenta bancaria.

Tenía la sensación de que aquella mujer, a la que tanto quería y con la que varias veces había hecho el amor, me apuñalaba sin piedad.

– ¡Mentira! – volví a decirle con todo el dolor que apabullaba mi corazón. Pero, ante la mirada firme de Juana, reconocí que decía la verdad.

– Perdóname si te he utilizado –me dijo– Perdóname si te he hecho daño.

– ¿Cómo quieres que te perdone? Joder, qué ciego estaba. Pero la culpa también es mía. ¡He sido un necio!

Con mucho pesar y escondiendo mi doloroso desengaño, saqué fuerzas de no sé donde y le dije con resignación

–Vale. No pasa nada. Si quieres seguimos siendo amigos. Ya nos llamaremos. Adiós.

Sufriendo mi derrota, le di la espalda a mi ingrato amor y eché a caminar hacia el otro lado del Parque. Mientras me dirigía al Metro, envidiaba a los turistas que al pasar me miraban  sonrientes, completamente ajenos a mi despecho.